3.5.16

El riesgo está en otra parte


Para J.

Este semestre leí todos los libros de Bolaño. Este semestre además, mis estudiantes leyeron 2666. Cuando hablo de mis estudiantes hablo del riesgo de leer en colectivo un libro grueso durante ocho semanas y dejar que el libro y las conversaciones entabladas a partir de él tengan efecto sobre nosotros y nosotras. Cambiemos la palabra efecto por la imagen de un muchacho de veinte años sentado afuera de La Tertulia en Río Piedras releyendo Los Detectives Salvajes, a un par de días de partir para Portland, a ver qué encuentra allá. Aquí yo me lo encontré muchas veces preparando café en una librería de Guaynabo. Entonces renunció. ¿Hará mucho riesgo en Portland? Espero que sí.

Cambiemos la palabra muchacho por escritor.
Cambiemos la palabra escritor por muchedumbre.

Este semestre mis estudiantes también leyeron The Pale King de David Foster Wallace. Como la de Bolaño, se trata de una publicación póstuma. Wallace murió en el 2008, a los 46 años (suicidio). Bolaño en el 2003, a los 50 (hígado). El riesgo está en leer datos biográficos como parábolas.

Cambiemos parábolas por parapelos.

Cuando leímos a Bolaño, hablamos de ética y voluntariedad. Cuando leímos a Wallace hablamos de cosas inútiles. Como los datos biográficos. Como lo dado biográficamente a uno como uno más entre la muchedumbre. Cambiemos muchedumbre por lo que siempre ha estado allí. Ahora insertemos la frase en su cita de origen:

¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada le separaba de su escritura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Supongo que quiero decir que Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo,  lo que siempre ha estado allí. [1]

Uno, entonces, no es lo nuevo. Uno, entonces, no siempre ha estado. Uno, en cambio, va a dónde sea que el riesgo esté, a dónde sea que resida una nueva muchedumbre, donde muchos otros habrán muerto del hígado, o donde muchos otros se habrán suicidado, o donde muchos otros habrán releído los mismos libros que uno vio a otro leer antes de partir. De eso se trata, ¿no? De vaciar nuestras vidas de datos biográficos para llenarlas de cosas inútiles—libros, gestos, objetos, métodos—que son, al fin y al cabo, las mismas cosas buscadas y/o perdidas por otros.

Supongo que quiero decir que Bolaño comprendía que cualquier palabra se puede cambiar por otra, tal como cualquier dato de la biografía de una persona se puede confundir con el de alguien más. Bolaño murió en el 2008. Wallace en el 2003. Los dos tenían sendos hígados. Y amplias oportunidades para suicidarse. Más aún, ambos podrían haber sido confundidos con cualquier otro muchacho con un libro en la mano. Si uno lo piensa así, ver a alguien agarrar un libro es parapelos. ¿Será eso lo nuevo o lo que siempre ha estado allí? Cambiemos lo nuevo por el aburrimiento. Cambiemos lo que siempre ha estado allí por el dolor. Escribe Wallace:

To me, at least in retrospect, the really interesting question is why dullness proves to be such a powerful impediment to attention.  Why we recoil from the dull. Maybe it’s because dullness is intrinsically painful; maybe it’s where phrases like ‘deadly dull’ or ‘excruciatingly dull’ come from. But there might be more to it. Maybe dullness is associated with psychic pain because something that’s dull or opaque fails to provide enough stimulation to distract people from some other, deeper type of pain that is always there, if only in an ambient low-level way, and which most of us spend nearly all our time and energy trying to distract ourselves from feeling, or at least from feeling directly or with our full attention.[2]

Lo más difícil de leer 2666 es que es difícil distraerse de él. Lo más difícil de leer The Pale King es que hay partes que recuerdan a 2666 y la lectura cobra una intensidad mayor. Quiero decir que uno siente el dolor de haberse resistido a interrumpir la lectura de la novela de Bolaño en las partes en que Bolaño más parecería haberse distraído del lector o en las partes que Bolaño detalla de manera “excruciatingly dull” los pormenores de sobre cien escenas de agresión sexual y asesinatos de mujeres, así distrayéndose del lector y entrando de lleno en los pormenores del mal. El mal no figura en la novela de Wallace, pero sí los pormenores del sinfín de cosas dolorosas en que uno podría pensar de estar en extremo aburrido. Algunas de estas cosas son gestos. Otras son objetos. Algunas, incluso, son libros y métodos de lectura. O métodos fallidos de distracción cuando uno, por ejemplo, daría todo por pensar en otra cosa que no fuera esa cosa de uno que hoy duele como el mismísimo mal venido al mundo. Leer puede ser así de aburrido.

Cambiemos leer por vivir.
Cambiemos vivir por no saber a qué parte el riesgo se ha ido para salir en unos pocos días tras él. Pero antes, convendría tener veinte años, releer Los Detectives Salvajes, apostarlo todo por la particular historia de un personaje de novela. Vaciar la vida de uno para llenarla de las cosas que lo componen a él, a sabiendas de que quien lo compuso fue uno más—como tú—entre la muchedumbre. Y que tenía hígado. Y 46 años. O 50. Y que murió, luego de haber leído muchos de los mismos libros que tú.

Es imposible vaciar la vida de estas cosas. Habría que aprender a prestar atención a través del dolor, del aburrimiento, a lo que siempre ha estado allí. ¿Esto es lo nuevo? Para mí, al menos en lo que concierne al futuro, la pregunta verdaderamente interesante es por qué Portland. Por qué Los Detectives. Son preguntas que se pueden contestar de inmediato, sin verdaderamente saber la contestación correcta: Porque sí.

El sí es lo único que no se puede cambiar. Porque no es una palabra. Es una cosa, un algo, lo que sea, a partir del cual se agarra un libro, se asume un riesgo, y con suerte, se llega a una muchedumbre como un Wallace o un Bolaño de la vida.

Cambiemos muchedumbre por escritor.
Cambiemos escritor por muchacho.

Y regresemos a Río Piedras. Este semestre leí todos los libros de Bolaño, inspirado por un muchacho que se fue. Este semestre además, mis estudiantes leyeron 2666. Cuando hablo de mis estudiantes hablo de un sí. De tener 37 años en el 2016, y diariamente ver a muchachos y muchachas sacar sus libros de sus mochilas como si ya nada los separara de la literatura. ¿Qué quiero decir cuando digo que ya nada los separa de la literatura? Sinceramente, no lo sé muy bien. Pero creo que es una expresión de su voluntad a no dejar que su biografía los distraiga de la lectura, aunque ésta no los lleve a ninguna parte. Creo que significa que el riesgo lo llevan consigo donde quiera que estén. Creo que significa que Portland no es una parábola. Es más como un suicido. O como un hígado.



[1] Bolaño, Roberto (). El Gaucho Insufrible. Anagrama, 158.
[2] Foster Wallace, David (2011). The Pale King. Little, Brown and Company, 85.

No hay comentarios:

Publicar un comentario