23.4.16

Historias de chamaquitas y chamaquitos

“Esta es mi causa política”, afirma el abogado a su entrada en Sala de Investigaciones. Énfasis en el ‘mi’. Las y los imputados de delito, sin embargo, no son activistas. Son chamaquitas y chamaquitos de 18, 20, 22 años. El abogado representa una organización que aboga por la despenalización de la marihuana en Puerto Rico. “Yo soy un consumidor abierto de cannabis”. Lo que quiere decir es que consume el cannabis abiertamente en lugares, intuyo, donde no hay mucho riesgo a que lo arresten. Los y las chamaquitas, en cambio, fueron convocados a fumar pasto frente a la policía de Puerto Rico. Perdón, frente al Capitolio. Pero, resulta, que agentes encubiertos los arrestaron justo cuando estacionaban sus carros para asistir a la actividad.

Según la organización que convocó, estos arrestos fueron ajenos a la manifestación; razón por la cual el abogado llegó tarde al Tribunal y no sabía ni los nombres, ni edades, ni las circunstancias particulares de cada una de las detenidas y detenidos. Sí sabía de causas políticas y de los beneficios del cannabis y de economía, y pasó largo rato disertando sobre estos y otros temas relacionados frente a los padres y madres de los chamaquitos y chamaquitas que su organización convocó a correrse el riesgo de fumar, pero que luego se desentendió de ellos toda vez que ninguno de las y los chamaquitos—en t-shirt, y cortos o en falditas y camisas de manguillo—tenía pinta de activista. Quizá porque, para el colega, los activistas bona fide o son abogados o ya tienen abogados contratados por una organización. O las dos.

O quizás es que su causa política no son los chamaquitos y chamaquitas que pillan a diario en el país por posesión de marihuana, sino la idea de que él habite un país donde a alguien como él lo podrían pillar por posesión. Pero, claro, él no es un chamaquito de 18 años que vino desde Caguas, o Cayey, o Naguabo y llegó al Capitolio convocado por #porrosparatodos para celebrar fourtwenty y terminó dando vueltas en una perrera hasta las cinco de la mañana, para luego pasar el día en una celda con 15, 16, 17 más en espera de ser transportado al Tribunal y finalmente salir—si es que lograría salir—a las 2 de la madrugada del día siguiente.

No obstante, hay que admitir que el tipo sabe mucho de marihuana y que su organización tiene un historial de activismo a favor de la despenalización de la sustancia, de ahí que tengan pines con la matita y compartan memes y hashtags bien nítidos y convoquen a manifestaciones para crear conciencia acerca de los usos y beneficios de la sustancia y de la necesidad urgente de su despenalización. O algo así. Admito que yo no sé muchisísimo acerca de la historia y usos y beneficios del cannabis. Y a decir verdad, no fue mucho lo que aprendí sobre la marihuana en el Tribunal, en compañía de los y las chamaquitas que arrestaron por posesión de droga.

Aprendí que son de Caguas o de Cayey o de Naguabo y que tienen 18 o 20 o 22 años, y que de la nada, justo cuando estacionaban el carro se les pegaron unos tipos como para asaltarlos, y que esos tipos resultaron ser agentes de la policía y que los arrestaron y que estuvieron bien lejos de Caguas y de Cayey y de Naguabo, pillados en una celda con otros tantos chamaquitos y chamaquitas, y que no tenían abogados ni abogadas, porque resulta que ninguno era activista, al menos no como el abogado que los convocó a fumar a nombre de una organización  y que por ende, los puso en riesgo de perder su libertad, de ser maltratadas por la policía, de tener hambre y frío, o hambre y calor, de no poder conseguir a sus viejos por teléfono, de faltar al trabajo o la uni, de no saber si podrían perder el trabajo o la uni por estar ahí, pillados, en un cuartel.

Ésta, como la inmensa mayoría de las historias que toman lugar en los cuarteles y tribunales del país, es una historia de chamaquitos y chamaquitas. Es también, en menor medida, la historia de un compañero abogado que durmió frente al cuartel de Río Piedras; de otro que llegó sin medias al Tribunal; de compañeras abogadas que respondieron temprano en el día a la noticia de que había cinco chamaquitas detenidas en el cuartel de Monte Hatillo sin representación legal; de gente solidaria que fue a la manifestación y que le siguió la pista a todos los cuerpos que o bien no llegaron a la manifestación o que desaparecieron de ella de forma sospechosa y que regaron la voz acerca de la situación de esos cuerpos y no los olvidaron y los esperaron a la salida, treinta horas más tarde.  Ésta no es la historia de una causa, ni de sus portavoces. Es la historia de la gente que la policía pilla injustificadamente y de la gente que se mueve para sacarla.


Esa matita, sola, fuera de contexto, no significa nada—un sticker, un meme, un pin. Llamarse “activista”, ser “abogado”, tener “causas” fuera de contexto no abona a nada. Háblame de otra cosa, licenciado. Dígame algo acerca de las y los chamaquitos. ¿Dónde los tenían pillaos? ¿Qué hizo usted para sacarlos? ¿Dónde rayos estabas tú? Y no, no se trata de estrategias para adelantar una “lucha”, para mover un proyecto de ley. Se trata de tener 18 años y una t-shirt y cortos o una falda y camisita de manguillos y no tener títulos ni contactos ni agendas mayores, y estar en pleno riesgo sin saberlo y caer en manos de un teniente que dice que renunciaste a la representación legal. ¿Qué dices tú? Pon eso en un meme, o en un pin. A ver si aprendes.

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