9.4.15

El hielo de la nevera [en Diálogo]

El correo de mi amiga lee así: “La semana que viene voy a visitar a un hombre que lleva desde los 16 años preso… no sé cuántos años tendrá hoy día, pero creo que tu edad. Escribe poesía y me contactó… Quiero aprovechar la oportunidad y llevarle fotocopias de algunos poemas imprescindibles… dame la lista pa fotocopiarlos y entregárselos…”
La lista incluye poemas de Roberto Fernández Retamar y Sylvia Figueroa y Manuel Ramos Otero. Incluye uno cortito de Roque Dalton sobre buscarse líos. Uno de Che Melendes sobre el hielo de la nevera. Él escribe nevera con b, hielo sin h. De seguro escribe cárcel con s. Pero el poema no tiene nada que ver con el encarcelamiento. Se titula “fe de ausencias”. A mi edad leo poemas como abro la nevera: con ganas de que algo nuevo aparezca.
Mi amiga va a visitar a un hombre que no conoce. El hombre escribe poesía. Lleva desde los 16 años preso. ¿Sobre qué escribirá? ¿Con b? ¿Sin h? El poema de Dalton es sobre asistir a reuniones de comunistas. El de Fernández Retamar sobre construir una escuela. El de Ramos Otero termina “de nuevo nos sorprende que tanto amor exista”. Pero antes de eso es más o menos triste. En mi lista de poemas la mayoría de los finales son más o menos felices. Ninguno hace mención de muros o paredes, creo.
Mi amiga pidió diez. De los “imprescindibles”. Un poema es imprescindible cuando una mujer carga con él camino a prisión para obsequiárselo a un hombre que no conoce. El hombre lleva 20 años más o menos sin conocer el hielo de su nevera. Aun así escribe. Existe.
El correo de mi amiga termina así: “¡ya te contaré!” Es un final feliz. Yo quise responder preguntándole si acaso una ausencia cuenta como algo nuevo que aparece. En eso pensaba mientras escogía los poemas para la lista. En eso y en un hombre preso desde los dieciséis años. Su ausencia ahora es conocida por mí. Conozco otras cosas, pero siento que puedo prescindir de ellas.

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