6.2.15

Apuntes en torno a Polémicas de Carlos Pabón Ortega: Presentación de Libro


En un articulo publicado en octubre pasado en la revista digital 80 grados y titulado “Queridos Blanquitos: el Racismo escondido de Nuestra América”[1] el profesor Ed Morales lanza una especie de reto a la comunidad académica-activista en la isla: “No se quién se atreva a documentar las micro agresiones raciales en Puerto Rico”. El contexto para el reto es harto conocido por todos y todas aquí: la falta de un discurso público, crítico acerca del racismo en Puerto Rico que arroje alguna luz sobre las múltiples maneras en que operan sistemas de exclusión y privilegio en nuestras comunidades. Este reto de Morales obtiene resonancia en dos artículos posteriores de Juan Otero Garabís y Jossianna Arroyo Martínez, quienes en atención a las protestas acontecidas en diversos estados de la nación americana a raíz de los asesinatos de muchachos y hombres negros por policías blancos (los casos de Michael Brown, Eric Gardner), intentaron abordar inteligente y valientemente la conexión entre el andamiaje racial americano y el puertorriqueño. Juan Otero, quien estructuró su articulo en forma de una carta abierta al Presidente Obama, escribe lo siguiente: “es mi deseo como puertorriqueño residente en el territorio colonial, sumarme a las voces que por calles a lo largo del territorio continental estadounidense con las manos en alto corean “I can’t breathe” como un rotundo clamor a Dios”.[2] Uno, por supuesto, quisiera hacerse eco de las palabras de Otero. La pregunta es cómo. Es decir, cómo las y los puertorriqueños residentes de la isla lograremos en efecto sumarnos a esas voces de forma sincera, contundente y más importante aún, intervenir en el quehacer anti-racista de forma tal que nuestras interpretaciones en torno a lo que acontece allá nos permitan entender lo que acontece acá. Después de todo, como señala Arroyo: “¿Por qué es importante hablar de Ferguson y hablar de Puerto Rico? Porque la violencia que se vive en Puerto Rico todos los días lleva la cara de la pobreza y esa pobreza tiene un rostro racializado que se criminaliza, se ataca, se insulta y se vulnera en los medios, en la oficina del médico, y en la cárcel”.[3] ¿Quiénes entonces nos atreveremos a documentarla?

Podríamos decir que Carlos Pabón ya se atrevió. En su articulo “una guerra social (in)visible” publicado en 80 grados en agosto del 2013 y recogido en el libro Polémicas: Política, Intelectuales, Violencia[4] que presentamos hoy, el autor expone y analiza uno de los efectos más tenebrosos de los sistemas de exclusión por raza y clase social en Puerto Rico: La muerte violenta de miles de muchachos, hombres jóvenes, menores de 30 años durante las últimas tres décadas. Según Pabón, las cifras no son indicativas de un simple problema de seguridad ciudadana (tal como ha sido abordado por las diversas administraciones de gobierno, sin excepción) o el saldo de una industria boyante del narcotráfico, sino que se trata de “una limpieza social de sectores excluidos o desechables del país”. De chamacos, sin nombres, que en palabras del poeta José Raúl González “van a parar al río, que van a parar a los buzones, endonde aprenden a vivir como viven las cartas”. Pabón, entonces con valentía e inteligencia, decide abordar estas muertes como un problema ético-político, y da un salto critico-creativo cuando sugiere: “Valdría la pena comparar estas cifras con las muertes en combate de los soldados estadounidenses en Afganistán e Irak para tener más clara la magnitud de este fenómeno que puede caracterizarse como una guerra social que ha producido una matanza de civiles de proporciones alarmantes” (194).

Mirar, con Pabón, la violencia callejera rampante en el país no es mirar un conglomerado de incidentes fatales y situaciones de peligro para la ciudadanía, sino el brutal funcionamiento de un sistema social que rutinariamente abandona sectores particulares de la población por razón de su raza, género y clase social, en tanto las escuelas, los centros de salud y cuidado, las agencias de vivienda, y demás servicios se vuelven inoperantes o inaccesibles para ellos y ellas. El resultado es la muerte violenta, demasiado temprana y trágica pero no inesperada de jóvenes varones—mayoritariamente negros—provenientes de residenciales y barriadas. En ese sentido la respuesta de Pabón precede a la pregunta o reto que nos lanzara Ed Morales. Y añadiríamos, que su respuesta corrige un error de juicio en la pregunta, pues si algo queda claro al leer el ensayo de Pabón es que en lo que concierne el funcionamiento y las consecuencias del racismo en Puerto Rico y con el fin de articular un discurso publico, critico, de corte anti-racista, es necesario documentar no tanto las micro-agresiones (comentarios desafortunados, desagradables que comunican severos prejuicios en torno a raza), sino ensayar el boceto de estructuras de exclusión y privilegio operantes en este país, que responden a una ideología de supremacía blanca (para nada distante de aquella en EU) y que mata jóvenes diariamente, con impunidad. En este sentido podríamos decir que Pabón hace en este escrito, lo que Rancière sugiere se haga en textos que suponen responder a las circunstancias del momento. Esto es:  “seek to increase the visibility of the ruptures that egalitarian interventions work into the fabric of domination.”[5] En este caso la intervención igualitaria que realiza Pabón es decir que estas vidas perdidas valen, importan, merecen nuestra atención en el contexto de discusiones y debates en torno a cómo debemos organizar nuestra vida en comunidad, y no a qué tipo de sistema de vigilancia debemos instalar. Y al menos, yo, como lector, agradezco al autor por esto.

Ahora bien, no es casual que recurramos a Rancière para mejor leer el libro de Pabón. El autor mismo en su introducción nos invita a leer Polémicas en clave ranceriana. Y en palabras del filósofo francés diríamos que los escritos aquí reunidos son “artículos que responden a las exigencias de su tiempo; que arrojan luz sobre los mecanismos de poder y los sistemas de interpretación que nos gobiernan”.[6] Para Rancière este tipo de escrito supone identificar las particularidades de un momento político y debe también trazar el mapa del presente que ese momento defina. En el caso de “una guerra social (in)visible”, Pabón cumple con esta promesa de forma excepcional. Lo mismo podríamos decir de la defensa que hace el autor del pensamiento, del tiempo y los espacios necesarios para pensar con detenimiento los eventos que componen la inmediatez de nuestro día a día—a escala mayor y menor. Tarea, que desde la óptica de Pabón, se vuelve no solo ardua sino que riesgosa en un contexto socio-político isleño dominado por el imperativo del consenso, donde el diálogo abierto, serio es casi imposible, y donde se solicita y se premia  la costumbre de atender los asuntos públicos a partir de una lógica de mercado, de tomar decisiones con respecto al retiro de maestros y maestras, por ejemplo o a la universidad pública—ambos temas abordados en este libro—con la mirada fija en análisis de costo-beneficio, con el fin único de cuadrar el presupuesto o pagar la deuda, abstraídos de toda noción de justicia social y sin posibilitar la participación de los grupos e individuos que componen ese sector tan vulnerable, vulnerado y en última instancia tan central para una democracia verdadera, radical: los afectados y afectadas. De ahí, que un artículo como “Después de la elecciones: ¿alianzas para qué? ¿entre quiénes?” resulte nada menos que esperanzador. Aquí, Pabón, en atención al dilema de los partidos emergentes luego de las elecciones generales del 2012—entiéndase los llamados a aunar fuerzas, a unirse todos y todas bajo una sombrilla de izquierda—propone, valiente e inteligentemente: “Pienso que para hacer alianzas, no se puede partir de la premisa de que estamos de acuerdo porque todos somos de izquierda, y que solo se trata de conjurar voluntades para echar a andar alianzas o acuerdos. Habría que comenzar por explorar…cuáles son las diferencias que existen entre diversos grupos e individuos…” (78)

Por mi parte, pienso que el comentario de Pabón trasciende esta discusión particular y, aquí interviniendo con la cita de Rancière, diríamos que el mismo sirve para identificar las posibilidades de este momento político particular y a su vez traza el mapa del presente deseado que este momento podría muy bien definir. El presente posible, por ejemplo, de resistirse a y rechazar todo acercamiento del estado a convergir; a formar parte de diálogos disque abiertos en torno a la educación con perspectiva de género en la escuelas, toda vez que la palabra perspectiva es transformada forzosamente en equidad; de participar en discusiones en torno a las reformas del código penal, cuando los delitos de aborto, de adulterio resultan intocables. El presente posible, digamos, de no aplaudir, no celebrar los gestos vacíos de gobernantes que acuden a visitar al preso político de mayor antigüedad en nuestra historia para a su regreso amenazar a los padres de estudiantes de escuela pública con sanciones penales de estos no asistir al recogido de notas. De esta forma podríamos pensar este libro como una especie de guarida y de plataforma: Guarida, porque como todo buen libro, provee a sus lectores  y lectoras la ocasión para pensar y pensarse en relación a lo plasmado en sus paginas, con/sin/y a pesar de lo que esté sucediendo en el espacio afuera del texto. Y plataforma porque, como todo buen libro, sobre él podemos articular propuestas, retos, desafíos, tanto a los fragmentos del mundo que ahora el libro nos posibilita ver, como a aquel mundo que quizá paso desapercibido por su autor o autora. Yo personalmente he encontrado una guarida en Polémicas donde puedo aferrarme a la posibilidad de pensar el país con seriedad y aprovecho la plataforma que me ha brindado el autor para, de la mano de Rancière, lanzarle un reto.

Dice Rancière: “There is no clear divide between theory and its practical application, any more than between transforming the world and interpreting it. All transformation interprets and all interpretation transforms…Texts, practices, interpretations and bodies of knowledge intertwine and together define the polemical field within which the political constructs its possible worlds”. El mundo creado por Polémicas, sin embargo, curiosamente parece querer afirmar esta supuesta división entre la labor de interpretar al mundo y la de transformarlo. El autor se refiere a sí mismo como “intelectual intérprete” y de forma expresa limita su labor y su responsabilidad para con los otros y otras a la tarea de pensar el problema, interpretarlo e intervenir en la diversidad de foros para sumar su voz al debate y la discusión pública alrededor de la diversidad de asuntos.  El libro en gran medida lee como un manifiesto y defensa de las y los intelectuales-intérpretes como grupo. El reto que lanzo entonces es a cuestionar la necesidad misma de hacer semejante distinción, es decir, de afirmar la existencia de una clase de intelectuales cuyo trabajo crítico-creativo y ético-político sea pensar, pues como bien señala Rancière: “The very idea of a class in society whose specific role is to think is preposterous and can be conceived only because we live under a preposterous social order” (xiii). Habría en cambio que reconocer, apostar a [y provocar la condiciones sociales necesarias para] que cualquier persona, en cualquier momento, arroje alguna luz sobre los asuntos del mundo. Documentar, junto con ellos y ellas, las agresiones que conforman nuestra realidad como afectados y afectadas. Interpretes. Transformadores todos. Todas.

Universidad del Este
5 de febrero de 2015


[4] Carlos Pabón Ortega, Polémicas: política, intelectuales, violencia (Ediciones Callejón, 2014)
[5] Jacques Rancière Moments Politiques: Interventions 1977-2009, xii (Seven Stories Press, 2014)
[6] MP, vii

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