12.9.14

Acerca de Poetry is Silly (Kenneth Cumba)



Estoy leyendo el último poemario de Rebollo. El que es gratis, “para los amigos”, el que dice que la poesía es tonta, que es cómica. Que es casi lo mismo que decir que la poesía es un juego, silly. No difiero mucho. He llegado a saber, a medida que he ido leyendo sus libros, que a Rebollo le gusta mucho Lima, y para Lima, intuyo, si juzgamos por sus caracolas y por la naturaleza de algunos versos, aunque la poesía era y es cosa seria, nunca dejó de ser un juego. Como para Borges los cuentos. Yo tengo un tatuaje de José María Lima. Pero no conozco a Rebollo. Lo más cerca que he estado de conocerlo fue en un certamen reciente de poesía joven, en que los dos fungimos como jueces. Naturalmente, bajo la sombra de los catedrádicos, Rebollo y yo teníamos muy poco que opinar. Rebollo estaba en Colombia, me dijeron. Yo estaba en casa leyendo y pensando lo menos posible en el certamen. Los conocía a todos, o a casi todos, que es lo mismo que decir que podía inferir los otros. A Lima no lo conocí, pero lo conozco. Y he ido conociendo periódicamente, y en diferente medida, a algunos de sus familiares (algunos amigos se reirían). “¿Ya se agotó el último poemario de Rebollo?”, le pregunto a Rafah en una de las pocas ocasiones en que le hablo, a pesar de que lo veo siempre en La Tertulia. “¿El que es gratis?”, me responde. No sabía que era gratis. Me lo regala. “No sé cómo él lo hace, de veras”, me dice Rafah antes de regresar a su mesa. Siempre he tenido la impresión de que Rebollo publica demasiado. Me enteré que este año sale otro poemario. Ya son 4 en lo que va de año.      Me da con pensar que cada vez que escribe se rasca la cabeza. O viceversa. Descabellado. Lo primero que leo, en la solapa: “Éste es un libro-obsequio. De mis manos pasó a las de mis amigos. Gracias a ellos y a ellas, llegó a ti. Hay amigos en todas partes”. Yo sabía desde antes que la poesía era un regalo. Pero no sabía que era un obsequio. La experiencia me ha enseñado que nada nunca es tan de gratis. Vuelvo y leo: “Me recuerdo, aburrido, dibujando laberintos/durante clase [...] Mi plan número uno era hacerme/muy pequeñito y andar por el laberinto/hasta la hora de salida”. Estoy releyendo a Borges, y me hace pensar, intuyo (con los buenos escritores uno no logra más que intuir) que su concepción de laberinto nunca supo estar desligada de su concepción de espejo (que la biblioteca de Babel no era más que un primer piso). Lo que me hace pensar que Rebollo no sabía hacer otra cosa que mirarse al espejo durante clase. Tengo un amigo al que le gusta mucho Rebollo. Éste es el tercer libro que me regala Rafah, lo que me hace pensar que podría ser su amigo. Me regaló también su último poemario, el más reciente (y yo pensando que había dejado de ser poeta). Me gustó mucho. Pero casi no hablamos. Rafah es mi amigo, y Rebollo (que no lo es) dice en su último poemario, el que es para los amigos, el que es de gratis, dice que Rafah es de los mejores. Me reuní hace poco con mi amigo, el que ganó el certamen (con éste sí que hablo). Me gustó mucho su poemario, el poemario de mi amigo, el ganador, que para mí no era el mejor pero sí de los mejores. Estoy releyendo el último poemario de Rebollo. En la casa de mi amigo hay un cuadro de Borges. También hay un plato con la cara de Marilyn trastocada por Warhol. “Voy a coger una clase con Rebollo este semestre”, le anuncio a mi amigo. “Me voy a hacer su amigo”, le advierto. La perplejidad de su cara precede su pregunta, que ya preveo: “¿Y por qué exactamente es que quieres ser su amigo?” Mi amigo también tiene una harmónica vieja, que sabe a madera cuando la tocas. Improviso torpemente la canción Love me do de los Beatles mientras pienso en una respuesta. Además, es la única canción que todavía recuerdo tocar. Rebollo no suena bien con los Beatles. Leo: “De eso consiste el arte, supongo –de diminutos actos de solidaridad, seguidos de algo hermoso”. “Bueno, somos casi igual de velludos”, pienso. Y yo también soy dramático. Respondo: “Porque yo tampoco sé cómo lo hace”.      

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