19.8.14

Teorizar la Borradura: Algunos Apuntes sobre Raza y Racismo en Puerto Rico

I. Introducción
En años recientes, numerosos académicos e intelectuales[1] se han enfocado en diversos aspectos del problema de raza y racismo en Puerto Rico, dándole así mayor visibilidad. Muchos de estos trabajos, sin embargo, son sintomáticos de distintas vertientes de un mismo pensar tradicional, anquilosado, que en gran medida ha impedido una discusión crítica sobre el tema. Lo cierto es que en términos generales la teorización sobre sistemas de opresión por raza en Puerto Rico, ha carecido de un enfoque certero en lo que concierne los matices raciales de las relaciones de poder (material/cultural/simbólico), la distribución de recursos y la regulación de acceso a determinados espacios (geográficos/sociales) de la sociedad isleña. Esto, debido en gran medida a una falta de estudios etnográficos sobre el tema e información confiable. Más aún, algunos trabajos, han fallado en no ofrecer marcos conceptuales, metáforas y/o esquemas teóricos nuevos, así recayendo en el uso de imágenes anticuadas, provenientes del refraneo y el saber popular que resultan poco efectivas a la hora de promover argumentos éticos/teóricos sobre la necesidad de atender la discriminación racial.[2]
Estas fallas se agravan cuando consideramos la renuencia de diversos sectores dentro de la academia y en la sociedad mayor a tratar el tema de una manera crítica y sincera. De ahí que Ríos González, con razón, dictamine: “La característica básica de la ideología racial en Puerto Rico es el factor de negación.”[3] Se rehusa atender la dinámica racista en el País en tanto bien no existe como problema social de urgencia o bien,  dedicarle atención al mismo implica desviar la mirada de dinámicas sociales de mayor envergadura. Dicha renuencia permite que tanto incidentes particulares de discrimen por raza, como procesos, tendencias y prácticas históricas, de carácter estructural, continúen trastocando los derechos, las oportunidades y la calidad de vida de personas y comunidades, sin que las mismas sean identificadas, entendidas y afrentadas como tales. Por otro lado, no todo acercamiento al problema, de por sí implica una contribución a su más efectiva conceptualización y entendimiento. Frecuentemente, el análisis sobre dinámicas racistas en el País, contiene, responde y/o contribuye a la visión del racismo en Puerto Rico como un problema marginal (i.e. de los y las afectadas solamente), o asunto del pasado, o como un dilema personal, privado que no tiene por qué trascender al espacio público.
En atención a ello, el presente trabajo, atiende la opresión por raza en Puerto Rico como un problema social importante, pero carente de un discurso público rico y de enfoques teóricos nuevos que fomenten mayor discusión y entendimiento. A estos efectos, proponemos abordar el racismo en el País con un enfoque particular en la construcción social del sujeto blanco en Puerto Rico y los privilegios que tiene a su haber. Se ofrecen aquí, a continuación, unas pistas para su cabal teorización y análisis.
Pero, primero procede repasar someramente algunas de las corrientes típicas del pensar sobre  raza y racismo en Puerto Rico.
II. Corrientes y Deslices Principales

Racismo como Prejuicio
            Desde la publicación del primer tratado sobre raza en el País, El Prejuicio Racial en Puerto Rico[4] de Tomás Blanco, ha existido una tendencia en la literatura a abordar la discriminación racial como un fenómeno puramente interpersonal; ajeno a procesos de estratificación. Desde este punto de vista, el racismo se limita a qué pueden o no sentir determinados individuos respecto a personas de otro color y de qué manera estos sentimientos pueden afectar su comportamiento. Entre los problemas crasos que sin duda presenta dicha postura, sobresale el hecho de que la misma no es capaz de explicar, por ejemplo, la falta de visibilidad de puertorriqueños y puertorriqueñas negras en los medios o en las altas esferas del sector público y privado[5]; como tampoco explica, digamos, la devaluación institucional de la cultura afro-boricua, limitada a breves aspectos del folclor[6]; ni mucho menos puede ampliar el entendimiento de cómo un fenómeno puramente interpersonal puede tener ramificaciones a lo largo de la Isla al momento en que la inmensa mayoría de la ciudadanía se identifica racialmente como blanca para propósitos del Censo[7]. Tanto la ausencia de afro-puertorriqueños y afro-puertorriqueñas de reconocidas posiciones de poder, como la folclorización de su cultura, como la identificación masiva del País con lo blanco apuntan a un fenómeno que sobrepasa los límites del sentir individual. En efecto, vuela por encima de las cabezas de individuos para hacerse espacio en el ordenamiento mismo de la sociedad.

El Problema de Raza es un Conflicto de Clase
            El mito fundacional del mestizaje continua siendo la piedra de toque para cualquier acercamiento al tema de raza en Puerto Rico. Para muchos dentro y fuera de la academia hablar de raza es hablar de la mezcla y hablar de la mezcla supone ser una conversación sobre la armonía y la igualdad racial que supuestamente ha caracterizado la historia de la sociedad puertorriqueña. La referencia al mito del mestizaje representa un giro discursivo hacia ese espacio difuso pero seguro, donde TODOS los puertorriqueños encuentran su lugar en el mundo y ese lugar a su vez sirve de espacio conciliador para limar asperezas, o resolver conflictos que se puedan suscitar en momentos determinados. Pero, como bien arguye Eduardo Bonilla-Silva, al abordar el uso del mestizaje como mito fundacional de las naciones latinoamericanas: “…rather than showing Latin american racial flexibility, racial mixing oriented by the goal of whiteness shows the effectiveness of the logic of white supremacy.”[8] Y continúa: “Nationalist statements such as ‘we are Puerto Ricans” are not evidence of non racialism but the direct manifestation of the racial stratification peculiar to Latin America.”[9]
            Este enfoque puede explicar como tanto para el censo del 2000 como para el del 2010, una de las sugerencias más comunes, difundidas por los medios, a cómo contestar la pregunta de raza, era identificarse como “boricua” o “puertorriqueño/a.” Claro, esta postura puede ser vista como una útil y quizás hasta audaz estrategia de resistencia ante las categorías de raza impuestas por el poder imperial. Lo cierto es que los procesos de racialización y estructuración pasados y presentes en los Estados Unidos son marcadamente distintos a la situación histórica en Puerto Rico.[10] Sin embargo, procede considerar también como el énfasis en lo nacional y la correspondiente renuencia a “fracturar” la visión de una cultura o una nación puertorriqueña homogénea sirve para invisibilizar ciertas dinámicas intra-nacionales importantes en la vida de los puertorriqueños y puertorriqueñas, como puede ser la clasificación y discriminación por raza.
            Hay que cuestionar, por ejemplo, qué motiva la renuencia a fracturar la nación por raza, por un lado, con la relativa apertura con que se atiende el efecto de las clasificaciones socio-económicas.  Se podría argumentar que esta discrepancia estriba del hecho que las diferencias de clase, aunque problemáticas para efectos de la calidad de vida general en Puerto Rico, no problematizan la nación. La gente, al ser 'más o menos pobre' o 'más o menos rica', digamos, no es más o menos puertorriqueña. Por tanto la brecha entre sectores económicamente desfavorecidos y sectores afluyentes se puede explicar en términos de recursos y acceso— áreas que pueden ser atendidas a nivel comunal, y/o mediante legislación especial. 'Los negros,' sin embargo y según parecería dictar el saber popular en Puerto Rico, 'son negros' y el entramado de prejuicios y mitos asociados con ellos y ellas, no desaparece por medio de enseñanza o acceso[11]. Por tanto, es mejor hacer como si el racismo realmente no existiera; al menos no como un problema social.

Comparaciones con Estados Unidos
            Desde El Prejuicio Racial en Puerto Rico el referente principal para cualquier acercamiento al tema de raza y racismo ha sido Estados Unidos. Esto de por sí no es un problema. Después de todo, somos “parte” de la nación americana, a la cual “entramos” (incluso sin salir de la Isla) como sujetos racializados[12] (por color, ascendencia, geografía, cultura, lenguaje etc.) y por ende, la ideología imperante allá ha sido ampliamente diseminada aquí (mediante sistemas de educación, entretenimiento, mercadeo etc.). Además, la historia de Estados Unidos en lo que se refiere a raza y racismo es una compleja, conflictiva y central para la formación de esa nación, sobretodo en la evolución del sujeto nacional americano[13]  , por lo que su estudio sosegado sería de mucha utilidad al momento de considerar seriamente la situación isleña.
                  El problema en el texto de Blanco y su progenie recae no en la comparación sino en el carácter de la misma. La mirada a la historia de raza y racismo en Estados Unidos es una mirada auto-complaciente en tanto lo que busca es evidenciar como la esclavitud allá fue más terrible, o como allá se instituyó un sistema de segregación racial legal, o como allá mataban (y matan) a negros y negras con impunidad, o como en la sociedad allá los negros y los blancos verdaderamente se conciben como personas irremediablemente distintas sin posibilidad de hallar puntos en común. La mirada se posa sobre esa realidad ajena (que es innegable) y luego mira hacia la Isla y simplemente no encuentra una problemática racial tan grave ni tan larga ni tan fundamental, ni ayer ni hoy. Después de todo, según ciertos sectores, Puerto Rico siempre fue una colonia pobre y el sistema esclavista no fue la institución fundacional que fue allá, ni hubo mecanismos de segregación formales, ni se puede hablar de campañas de matanza racialmente motivadas entre la ciudadanía isleña, y la verdad es que aquí eso de “blanco” y “negro” no es tan intenso porque la gente no se deja llevar mucho por “esas cosas”, y al fin y al cabo TODOS somos puertorriqueños.[14]
            Este tipo de análisis más que fomentar conversaciones serias sobre el tema, clausura el debate de ideas sin este siquiera haber comenzado. De acuerdo a Rivero:
Protests against racism were read as imported ideological constructs that could destabalize the ethnic (island-territorial-based) family. The scripted, theatrical, and frozen-in-time scenarios wherein Puerto Rico was depicted as mestiza and racially equal and the U.S. was represented as segregationist and racist were fundamental discursive elements in the creation of meaning.[15]

En su lugar, conviene una mirada a los patrones y tendencias sociales que aparentan tener un determinado carácter racial parecido al que se percibe en Estados Unidos y considerar posibles explicaciones para los mismos, que atiendan la manera en que el racismo puede estar operando. Se podría considerar, por ejemplo, como en Puerto Rico al igual que en Estados Unidos se percibe una división racial en el sistema escolar con estudiantes mayormente blancos en colegios privados y estudiantes negros en escuelas públicas[16]. O cómo en los sistemas de corrección se han registrado diferencias en el trato de personas negras y personas blancas en manos de oficiales[17]; fenómeno documentado en muchos estados. De igual forma, se podría pasar revista sobre el nivel de diversidad racial en los medios, al igual que en las altas esferas del sector público y privado, y comparar con la situación en Estados Unidos.
            En fin, un mejor esquema de comparación miraría los efectos comunes de raza aquí y allá, y cuestionaría exactamente cómo en países con historiales tan distintos de raza y racismo, se pueden dar resultados tan semejantes.[18]

La Trampa de los Esquemas de Clasificación
            Otro punto donde falla el saber sobre raza en Puerto Rico (mayormente popular, en este caso) concierne la apreciación que se tiende a hacer con respecto a los esquemas de clasificación racial en el País. Frecuentemente, la abundancia de términos para denotar raza[19] (o más precisamente, para denotar a un persona no-blanca) es interpretada como indicativa de una sociedad más fluida, donde la raza de una persona no resulta atada a categorías raciales estrictas dónde una gota de sangre negra o un ancestro negro te hacen negro. Partiendo de esta premisa, los patrones de vida en la sociedad isleña estarían menos influenciados o determinados por clasificaciones raciales, permitiéndole así a las personas inter-relacionarse a través de raza (en el trabajo, el vecindario, el hogar) sin miedo alguno a reproche o penalidad formal o informal.
            Lo que se pierde bajo esta interpretación, sin embargo es que al considerar esa gama de términos para raza, resulta fácil constatar el carácter anti-negro de los mismos.[20] Se percibe aquí cómo la inmensa mayoría de los términos demarcan grados de negrura hasta llegar a “negro-carbón” o “negro violeta,” mientras que la blancura para los efectos permanece intacta, sólida. Dicho patrón presenta la posibilidad no sólo de una sobre-valoración de lo blanco[21] en tanto ésta, al mantenerse sólida e intacta, se mantiene “pura,” sino de unas gradaciones de negrura que le ofrecen al interlocutor blanco un sin fin de epítetos para llamar su conciudadanos y conciudadanas negras (o al menos no-blancos), sin dar la impresión de que está haciendo una distinción verdaderamente “racial.” Es decir, esta variedad de términos para llamar al sujeto no-blanco en un contexto social donde lo no-blanco (o al menos, lo negro) está expuesto a una serie desventajas reales en lo que concierne acceso, recursos y calidad de vida, le permite al hablante inscribir dichas desventajas en el otro por medio del llamamiento pero sin tener que recurrir a llamarlo negro; lo cual lo protege. “Lo protege” en tanto el hablante se puede dirigir a esa persona y actuar en torno a ella, basado en esa diferencia racial e incluso decirlo públicamente, pero al no tener que utilizar términos formalmente “raciales,” dicho comportamiento hacia esa persona no es visto por los demás como uno racialmente motivado. Se puede entonces hablar de raza y hablar sobre y hacia personas marcadas diferencialmente por raza, sin (formalmente) hacerlo.

El Empuje Integracionista
            Finalmente, queda considerar lo que he llamado “el empuje integracionista” mediante el cual se busca resaltar contribuciones importantes de afro-boricuas a la cultura y/o la sociedad puertorriqueña; o retomar ciertas prácticas y eventos históricos para resaltar el desenvolvimiento de personas negras en los mismos.[22] Esto, sin duda, es una importante labor y necesaria para cualquier proyecto anti-racista que busque reconfigurar la ideología racial imperante con miras a provocar una sociedad más justa. El detalle es que dicho “empuje” no puede estar divorciado de ese proyecto anti-racista que busque cambiar la ideología imperante y por tanto, no puede ser uno de carácter integracionista. Tiene que ser uno transformativo. No se trata de conciliar la historia oficial y sus correspondientes mitos con ciertos momentos destacados en la vida de afro-puertorriqueños/as, sino de resaltar dichos momentos, estudiarlos, aprender de ellos, y utilizarlos para retar esa versión oficial de la historia y desbancar sus mitos.[23]
            Además, el empuje integracionista indirectamente promulga la visión del tema de raza y racismo como un tema de afro-boricuas únicamente, que no requiere la atención de la sociedad puertorriqueña en su totalidad. Esto es particularmente problemático cuando consideramos la falta de identificación con la cultura negra que existe en el país. Dicha asociación hace del tema de discriminación racial, un tema de interés para un grupo minoritario sin los recursos y la visibilidad necesaria para atraer atención al mismo. Esto, a su vez, tiene el efecto de solidificar ideológicamente una masa homogénea de puertorriqueños “punto,” que no tienen por qué pensar en raza, porque no son negros pero tampoco sienten la necesidad de identificarse colectivamente como blancos. La nación los cobija. El resultado es que toda una serie de prácticas, costumbres y creencias que bien pueden tener bases o connotaciones raciales, pasan por “puertorriqueñas” o “nacionales” o “de aquí” o sencillamente, humanas y universales, y sus efectos y consecuencias en la vida de puertorriqueños y puertorriqueñas negras no son reconocidos y por ende, no pueden ser atendidos a nivel formal o informal
El reto para la crítica en lo que concierne este aspecto de la vida social isleña es uno considerable: ¿cómo armar un “discurso interruptor”[24] y efectivo sobre sistemas de opresión y privilegio en Puerto Rico que logre identificar tanto prácticas y costumbres a nivel interpersonal al igual que patrones mayores de estratificación como fenómenos racistas en un contexto donde el racismo “realmente existente” no supone existir? En otras palabras, ¿cómo hacer visible un supuesto imposible sobretodo cuando la “imposibilidad” del fenómeno da pie a que se relaje con él[25], se minimice, se reduzca a comentarios o actitudes sin ningún significado mayor que el carácter antipático o acomplejado de dos o tres individuos aislados? En fin, ¿cómo intervenir con aquellos registros de contenido ideológico que pasan por sentido común en cuanto al tema de raza, para a su vez evaluar esos registros por medio de un lente racial?


III. El Sujeto Blanco en Puerto Rico
Proponemos que la clave para estudiar el tema de raza y racismo en Puerto Rico y potenciar una sociedad más justa es una mirada crítica al sujeto blanco puertorriqueño que pasa desapercibido como sujeto racial porque ha quedado inscrito en los registros de la identidad y cultura nacional sin necesidad de otra etiqueta que ser de aquí, y  cuyo sitial en el imaginario ideológico imperante lo coloca como el “default setting” o el grado cero de la puertorriqueñidad, sin más. Sin embargo, dicho sujeto está imbricado en una compleja red de privilegios y beneficios que le permiten acumular capital simbólico, social y material, adquiridos por conductos informales, altamente influenciados por prejuicios y patrones de discriminación por raza. Pero cuyo carácter informal dentro de un imaginario nacional protagonizado por el mito fundacional del mestizaje, le permite participar del intercambio de dichos privilegios sin el inconveniente de tener que explicarse o justificar los mismos dentro de un esquema de desigualdad por raza.
Pero, nuevamente, cómo precisar aquellos “efectos de raza” en un sujeto cuyos espacios de acción no están demarcados por raza; al menos no expresamente. Una alternativa es enfocarnos en aquellos sectores de la población que ya de por sí ocupan un lugar sospechoso en el imaginario nacional debido a la segregación espacial y simbólica a la que se someten, la cual es intensamente patrullada y mantenida por métodos formales e informales de exclusión.
En años recientes, periodistas, escritores, académicos y comentaristas culturales se han dado a la tarea de identificar los rasgos ideológicos principales y los patrones de conducta de semejante sector, ofreciendo un abordaje crítico-teórico al saber popular ya acumulado sobre el mismo.[26] El binomio “blanquito[27]/guaynabito” se refiere a los miembros de las esferas de poder más altas de la sociedad isleña y constituye, sin duda, una de las figuras más antagónicas en el país precisamente por su supuesta renuencia  a identificarse y/o buscar cualquier tipo de contacto con el “pueblo.” De hecho, se podría argumentar que la característica fundamental de esta figura es la distancia que busca establecer este sujeto entre su manera de ser/su estilo de vida/sus gustos/ valores/visión de mundo/ sus cosas y aquellos relacionados con la mayoría anónima de los puertorriqueños o simplemente de las masas. Esta distancia está basada en un complejo entramado de hábitos y costumbres cuidadosamente escogidos y resguardados que juntos suponen distinguir[28] al blanquito/guaynabito ante la posible mirada del poder imperial y situarlo como el elegido para cualquier proyecto de asimilación real[29].
El blanquito/guaynabito entonces está marcado por la exclusividad de los espacios en que se mueve (urbanizaciones privadas, clubes sociales, resorts), por su formación académica (colegios privados, universidades en el extranjero), por las redes familiares y sociales a las que pertenece (nociones de abolengo, conexiones, “palas”), sus hábitos de consumo (ropa de diseñador, vehículos importados), sus giros lingüísticos (el uso frecuente de frases insignes de la clase media alta estadounidense), sus profesiones (el estribillo clásico: abogados, doctores, ingenieros), su geografía particular (Guaynabo City) y por su alegada ingenuidad ante cómo verdaderamente es la vida combinada con su rápido y fácil acceso a los principales centros de poder y su influencia en el devenir socio-político del país[30] que hacen de él un ente risible y hasta absurdo por un lado; pero por otro, un sujeto de cuidado.
Cabe señalar que la mayoría de los acercamientos a esta figura—a pesar de la precisión y perspicacia de su crítica—tienden a tratarla de una manera más bien irónica, jocosa y condescendiente. El consenso parece ser que el blanquito es blanco fácil para mofa. Además, el giro que se le da a este sujeto de cierta forma busca naturalizar los aspectos más claves de su formación social. El comentarista Fiquito Yunqué, por ejemplo, habla del “blanquitísmo terminal”[31]:
blanquitísmo terminal - enfermedad que padecen los caucásicos boricuas de más de $75 mil al año en ingreso familiar. Se caracteriza por: consumo exagerado de estiércol, poca interacción con seres humanos de dos o más tonalidades de piel más oscuras que la propia, total desconocimiento de la geografía boricua más allá de un radio de 5 millas alrededor de su propia casa, fobia al español, inhabilidad de hacer trabajos manuales tediosos (tales como cambiar neumáticos) sin usar el dinero, admiración por símbolos culturales trasnacionales como MTV y similares, obsesión con sus "networks", y habilidad de estar conectados con otros de su especie de forma suficientemente estrecha como para obtener guisos y contratos gubernamentales por medios familiares o genéticos.

El problema con este tipo de caracterización (¿caricaturización?) es que encierra al sujeto en una burbuja discursiva muy parecida a la burbuja social que el comentarista entiende encapsula al blanquito. De entrada, Yunqué identifica el fenómeno como un factor de clase (“más de $75 mil al año”) y de raza (“caucásicos boricuas”), provocado quizás por la segregación social (“poca interacción con seres humanos de dos o más tonalidades de piel más oscuras que la propia”). Sin embargo, lo social—en el sentido de cuál es la consecuencia de esta “condición” más allá de la burbuja—no aparece en esta definición. El blanquitísmo, entendido como dinámica de opresión y privilegio a base de raza y clase, ocurre dentro de esta burbuja entre los miembros de un grupo exclusivo y se manifiesta en ellos al punto de alienarlos de la sociedad afuera, pero aparentemente sin incidir sobre la vida en ese afuera. Incluso, podría parecer aquí, que este sujeto opera sin noción alguna sobre la posible existencia de una sociedad mayor[32]; que las nociones de superioridad que Yunqué le adscribe simplemente le brotan de su ser así porque sí. Sin embargo, el patrullaje intenso de las fronteras geográficas, sociales y simbólicas a nivel formal e informal requerido para poder mantener esta distinción entre los blanquitos y el “pueblo” da fe de una hiper-conciencia de ese afuera y de la amenaza que representa.
Es esta dinámica “adentro-afuera” la que debemos atender para lograr un mayor entendimiento de la importante función ideológica que cumple la figura del blanquito/guaynabito dentro del imaginario racial puertorriqueño. Procede, por tanto,  indagar en la relación de la figura del blanquito/guaynabito con la figura del cafre. Esta última está estrechamente ligada a nociones de raza y clase; específicamente a lo más pobre, o feo, o negro u oscuro y por ende indeseable y molestoso. La figura del cafre y el blanquito se encuentran por tanto en total contraposición. Esta distancia, lejos de ser simplemente asumida, requiere una reafirmación recurrente a través de distintos espacios y contextos. Precisamente porque no operan en Puerto Rico a nivel formal las delimitaciones claras entre grupos raciales, como es el caso en Estados Unidos, las y los puertorriqueños que interesan asumir una identidad blanca y/o el surtido de privilegios y beneficios que la misma implica, tienen que hacer por no caer en “la cafrería” en todas sus posibles modalidades. Es decir, la legitimidad para recibir los privilegios de la blancura siempre puede ponerse en duda.
Para ilustrar este fenómeno sería útil considerar una lista aparecida en Facebook en septiembre del 2009, publicada por el grupo cibernético “Dile No a la Cafrería,” el cual para la fecha de publicación de la lista estaba compuesto en su mayoría por exalumnos y exalumnas de un puñado de colegios privados católicos del país.  El listado, titulado “Reglas Básicas para Eliminar la Cafrería: Por Ana Santiestaban…Desde mi Tumba Fría”[33] enumera 29 dictámenes donde se le advierte al lector de el mal gusto inherente en una gama de actividades rutinarias—la mayoría relacionadas a la pronunciación y el manejo general del idioma, mientras que otras detallan conductas inapropiadas en sitios públicos, prácticas de consumo y vestimenta. Los siguientes ítems conforman una muestra representativa de la lista:
9. Otras redundancias incluyen frases como; Métete pa' dentro, Súbete pa'rriba, Se le salio pa' afuera, Bájate pa' bajo. Estas ampliamente resaltan su nivel de cafrería.
11. No entre al baño con una taza de café y el periódico. Si quiere leer, está bien, pero comer en el baño no compagina excepto para el cafre.
13. Quítese el duby (o los rolos) y las chancletas antes de ir de compras.
14. No ponga al perro en el techo de la casa y menos aún, cerque el techo con "cyclone fence" para hacer un área de juegos para los niños u otras actividades. Colocar tendederos (cordeles de ropa) en el techo también es cafre.
26.           Las "Tiendas 123" no son el lugar apropiado para comprar perfumes, ni "Todo a Peso" para sus regalos de Navidad, Día de las Madres, Día los Padres, o cumpleaños.....


Con todo y la jocosidad que supone matizar la lista, queda plasmada aquí la conciencia del mundo que existe afuera de los círculos cerrados de la clase media alta del país, a quienes se puede presumir que están dirigidas las advertencias tomando en cuenta la composición del grupo que las publicó. Pero más que una conciencia, se puede entrever aquí una aparente preocupación a que miembros de estos grupos “caigan” en la cafería insospechadamente; posibilidad que genera a su vez la necesidad de que cada sujeto cuide su comportamiento y/o lo corrija. Esta necesidad de patrullaje adquiere una dimensiones inusitadas cuando consideramos que los comportamientos y acciones que quedan vedados por esta lista no involucran contacto directo, real con personas de una esfera social distinta a los receptores del mensaje. Se trata más bien de la carga simbólica que poseen dichos actos, surjan estos en la privacidad del hogar de cada cual o en lugares públicos a la vista de sus pares. Esto es importante puesto que denota la necesidad de monitoreo y censura de las conductas de ese “otro” oscuro y problemático en espacios en que el otro no está presente ni está amenazando con infiltrar. Es en esencia una fiscalización intra-grupo del performance de raza y clase al que los miembros del grupo se someten por miedo quizás a perder su estatus, y en efecto caer en esa mayoría anónima y cafre; ser parte indistinguible del “pueblo.”
            La lista, en resumidas cuentas, opera bajo una lógica de que el mal gusto, la cafería (y por ende, la negrura) se pegan, incluso cuando no hay interacción alguna con “seres humanos con tonalidades dos o más veces oscuras que la propia.”  Se podría decir entonces que el mismo sujeto blanco es de sospecha. Encarna la posibilidad de traicionarse a sí; dejando entrever su cafrería genética o familiar. El punto trece tiende la advertencia (¿la trampa?): “Quítese el duby (o los rolos)…” Es en efecto un mandato doble. Por un lado, el punto hace eco de un saber básico entre la “gente de bien”: una mujer decente se arregla antes de salir de la casa.  Por otro, está aquí latente una de las referencias clásicas al mito y los desvaríos del mestizaje: la raíz africana en forma del pelo delator que se asoma para decir que el sujeto blanco “no es tan blanco na’.” Lo cual implica, contrario a la propuesta del “blanquitísmo terminal” de Yunqué, que no sólo existe una noción bien clara de los riesgos que representa el afuera para aquellos adentro de la burbuja del blanquitísmo; sino que la misma es interpretada como una amenaza severa debido a que la manera más atroz en que puede incidir el afuera en su vida es como una traición desde adentro de la burbuja.       
Conclusión
Una mirada crítica a los hábitos, costumbres y normas de comportamiento imperantes en estos bolsillos de poder revela el alto valor social que se le asigna a la blancura en Puerto Rico, como un bien digno de protección. Cabe preguntarse entonces qué otras manifestaciones tiene dicha ideología; de qué manera afecta la calidad de vida de múltiples individuos y comunidades, bien en lo relacionado a los espacios de la cultura y la identidad, como en el plano social, económico y político. Sostenemos que debido a la gran incredulidad asociada al tema del racismo en Puerto Rico, señalar aquellas manifestaciones más burdas del fenómeno puede dar paso a indagaciones sobre otras áreas donde la discriminación racial opera. Sin embargo, dicho énfasis también corre el riesgo de presentar estos bolsillos de poder y privilegio como la excepción. Peor aún, la figura del blanquito/ guaynabito a menudo aparece como un caricatura dentro del imaginario social, y como caricatura puede ser fácilmente interpretada como un sujeto inocuo del “new age” folclórico sin ninguna relevancia o repercusión real más allá de caer pesado o antipático ante el resto de la población.
Lo crucial aquí es precisar exactamente qué relación guarda semejante sujeto como paradigma de la exclusión de raza y clase con las posibles maneras en que ese “resto de la población” es marcado por raza y clase, y así fracturar mediante análisis la idea de ese colectivo amorfo y armonioso que supone ser la nación puertorriqueña. La movida aquí entonces no puede reflejar los mismos patrones de segregación social que utilizan los miembros de la clase dirigente en su vida real, así provocando un mayor aislamiento discursivo del blanquito/guaynabito. Al contrario, el movimiento crítico necesario debe ser hacía la “repatriación” de esa figura para utilizarla como lente desde donde mirar la sociedad isleña.







                                                       






[1]           Véase Aixa Falú Merino, Raza, Género y Clase Social: El Discrimen Contra Las Mujeres Afro-Puertorriqueñas (Oficina de la Procuradora de la Mujer, 2004); Arcadio Díaz Quiñones, El Arte de Bregar: Ensayos (Ediciones Callejón, 2000); Frances Negrón-Muntaner, Boricua Pop: Puerto Ricans and the Latinization of American Culture (New York University Press, 2004); Yeidy Rivero, Tuning Out Blackness: Race and Nation in the History of Puerto Rican Television (Duke University Press, 2005); Luís Rafael Sánchez, Devórame Otra Vez (Ediciones Callejón, 2004); Mayra Santos-Febres, Sobre Piel y Papel (Ediciones Callejón, 2005); Elaine Suárez-Findlay, Imposing Decency: The Politics of Sexuality and Race in Puerto Rico, 1870-1920 (Duke University Press, 1999).
[2]           María I. Reinat Pumarejo, por ejemplo en “Conquistas que matan: Imposición racial en Puerto Rico” al argumentar a favor de iniciar un diálogo público acerca de construcciones raciales en Puerto Rico y sus implicaciones dentro de un contexto de dominación colonial, recae en el uso de la abuela, la dinga y la mandinga para presentar el racismo como un problema nacional, que nos concierne a todos y todas. Plaza Crítica volumen 2 num. 1 2005-2006. De igual forma, su campaña de concientización racial operaba bajo la rúbrica de recordar/recuperar/descubrir la abuela negra perdida que “todos tenemos.” http://aehuprrp.wordpress.com/2010/03/13/campana-contra-el-racismo/
[3]           Palmira Ríos González,  Majestad Negra?: Raza, Género y Desigualdad Social en Puerto Rico en  Idsa E. Alegría Ortega y Palmira Ríos González (eds.) Contrapunto de Género y Raza en Puerto Rico (Centro de Investigaciones Sociales, 2005) en la pág 158
[4]           Tomás Blanco, El Prejuicio Racial en Puerto Rico (Ediciones Huracán, 1985 [1933])
[5]           Véase Aixa Falú Merino, Supra.
[6]           Yeidy Rivero, Supra; Mayra Santos-Febres, Supra.
[7]           Luís Rafael Sánchez, Supra.
[8]           Eduardo Bonilla-Silva Racism without Racists (Rowman & Littlefield, 2003) en la pág. 182
[9]           Bonilla-Silva, supra en la pág. 183
[10]          Véase Jorge Duany, Neither White nor Black: The Representation of Racial Identity Among Puerto Ricans on the Island and in the U.S. Mainland, en Anani Dzidzienyo & Suzanne Oboler (eds.) Neither Enemies nor Friends: Latinos, Blacks, Afro-Latinos (Palgrave 2005).
[11]          Véase Joe Feagin, Systemic Racism: A Theory of Oppression (Routledge, 2006).
[12]          Véase Ramón Grosfoguel, Colonial Subjects: Puerto Ricans in a Global Perspective (University of California Press, 2003).
[13]          Véase Joe Feagin, Racist America: Roots, Current Realities and Future reparations (Routledge, 2000); Eduardo Bonilla-Silva, Racism without Racists: Color-Blind Racism and the Persistence of Racial Inequality in the U.S. (Rowman and Littlefield, 2003).
[14]          “Ahora, tomando un poco de seriedad, la pregunta de raza denota que el documento no fue hecho en Puerto Rico y que la pregunta es totalmente irrelevante para nuestra cultura y nación. Lo que hace el boricua, "boricua" es una sola cosa... que se sienta boricua. Aquí todos somos una mezcla de razas, y la única "raza original" fue exterminada hace siglos. La pregunta de raza no aporta en nada a nuestro sentido de nación ni a los problemas sociales. ¡Más aún cuando la mayoría de las opciones son asiáticas! El Censo tiene un propósito importante en los Estados Unidos debido a su rol en el federalismo y distritos legislativos. Dicha importancia no se comparte aquí. Por otro lado, el tema de la raza es mucho más complejo que las "cajitas del Censo" pretenden que sea, y a su vez, más simple de lo que muchos boricuas acomplejaos piensan que son.” El Censo Boricua y Tu Abuela, !Donde Está! De Jean Vidal http://laacera.com/posts/jean/2010/03/el-censo-boricua-y-tu-abuela-%C2%A1donde-esta
[15]          Rivero, Supra en la pág. 189
[16]          Véase Aixa Falú Merino, Supra;
[17]          Véase I. Muñoz & I. Alegría, Discrimen por Razón de Raza en los Sistemas de Seguridad y Justicia en Puerto Rico (Comisión de Derechos Civiles, 1999).
[18]          Véase Palmira Rios González, Supra
[19]          Términos como “quemaíto,” “café con leche,” “jabao,” “trigueño,” “piel canela,” “indio” etc.
[20]          Véase “No, yo no soy negro” de Keila López Alicea (END) 12 de marzo de 2010, donde ante el dilema de qué poner en el Censo: "No, yo no soy negro. Negro es la gente que casi ni se ve. Víctor Santos es negro, yo soy trigueño oscuro", expresó Santos, antes de pasar a clasificar a sus compañeros en la partida de dominó en diversos tonos que variaban entre trigueño oscuro, trigueño claro, blanco y moreno.”
[21]          Véase Jorge Duany, Supra
[22]          Daniel Nina, por ejemplo, ha argumentado a favor de incluir días festivos oficiales relacionados a la cultural negra inter-nacional como el nacimiento de Nelson Mandela: “Latente el estigma del prejuicio racial. Nuevo día, Cynthia Lopez Cabán. 22 de marzo 2005
[23]          Richard Delgado y Jean Stefanic Critical Race Theory: An Introduction (NYU Press, 2001)
[24]          Véase Juan Duchesne, Comunismo Literario y Teorías Deseantes: Inscripciones Latinoamericanas (University of Pittsburg/Plural Editores, 2009).
[25]          En Puerto Rico, y si le creemos al Burro del Censo amerigringo, el 78% de la población alega ser “blanca”. Por “blanca” pretenden decir “caucásica”, no importando la raja de negro que potencialmente todos los oriundos de Puerto Rico de más de dos generaciones llevamos en la sangre. Yo personalmente, si me lo permiten, pretendo cualificar como uno, dada la necesidad que tiene mi novia de ponerse gafas cuando me quito la camisa en la playa, así como (ejem) la escasez crónica de asentaderas que tengo. Yo si no me agarro de los brazos de una silla me resbalo y caigo en el piso. Tendré mi raja, seguramente, pero esta chumbera no me la despinta nadie. Perdonen lo cafre, por favor. De: Fiquito Yunqué, El Diccionario de Fiquito, v3.0 (19 de abril 2009), http://www.memudoalaesquizofrenia.info/2009/04/el-diccionario-de-fiquito-v30.html.
[26]          Juan Duchesne (“El Síndrome Guaynabo City”), Fiquito Yunqué (“Blanquitismo Terminal”), Fernando Picó (“La Universidad Sin entorno”), Edgardo Rodríguez Juliá (“Blue Experts”)
[27]          Frances Negrón-Muntaner, en Boricua Pop, Supra,  primero resalta la ambigüedad inherente en el uso del término: “An ambivalent slur, blanquito ('little white') may simoultaneously refer to the subjects's wealth, lineage and contemptous attitude toward less fortunate others.” (pág. 247). Luego, propone su propia definición: “middle-class Island whites for whome mainstream wester culture, fluency in spanish and English, and economic ambitions are constituitive values.” (pág. 248).
[28]          Véase Pierre Bourdieu, Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste (Harvard University Press, 1984).
[29]          Véase Luís Rafael Sánchez, Supra.
[30]          Véase Edgardo Rodríguez Juliá “Blue Experts” file:///Users/guillermorebollo-gil/Documents/Teorizar%20la%20Borradura/80grados.net%20%C2%BB%20Blue%20Experts.html 13 de mayo 2011 80 grados
[31]          Véase Fiquito Yunqué, El Diccionario de Fiquito, v3.0 (19 de abril 2009), http://www.memudoalaesquizofrenia.info/2009/04/el-diccionario-de-fiquito-v30.html.
[32]          Pero con eso no basta. Los susodichos “hijos d’algo” son producto de una crianza enrarecida, que a veces peca por antiséptica. Más en el Puerto Rico de hoy, donde la violencia, la bravuconería y el comportamiento antisocial están a tres por chavo. Ellos ni se enteran, porque solamente ven cable televisión y viven detrás de acceso controlado. Es más, no sé si lo han notado, ahora los crían los padres hablándoles en inglés en todas partes (si vieran lo ridículos que suenan en el supermercado, oyendo a papi o mami masticando El Difícil –y bastante mata’o, por cierto- dándoles órdenes). De: Fiquito Yunqué, Supra.
[33]          Véase http://www.facebook.com/topic.php?uid=2492557237&topic=5207. También disponible aquí: http://www.pulsorock.com/foro/showthread.php?t=93197 bajo el título “Reglas Básicas para Eliminar la Cafrería.”

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