22.8.14

Libros como espadas

En el salón, una estudiante toma la palabra para decir que ansía leer una literatura que la inspire e incite a la acción política colectiva.

En Facebook, un amigo de un amigo comenta que el racismo en Puerto Rico es una ficción literaria—puro producto de la imaginación de profesores del patio buscando hacer carrera en el exilio.

En la novela, el personaje cruza medio continente en busca de la pureza.

La estudiante sujeta la novela como si fuera un arma. [Se trata más bien de la mitad de la novela fotocopiada. No obstante, ha hecho con los papeles un tubito que mirado de cierta forma, parece una espada].

El amigo del amigo alega que ni la negritud ni la blancura existen en Puerto Rico. Que son conceptos de allá afuera, donde matan chamacos negros como si nada. [El amigo del amigo no hizo referencia alguna a Michael Brown. De hecho, de sus comentarios se puede colegir una sospecha generalizada a la existencia del racismo en E.U. Según él, nadie podría estar a favor de “ese monstruo que llaman racismo”. Excepto la gente que escribe ficción, supongo.] Aquí también matan chamacos negros como si nada.

En la novela, sólo los hombres blancos pueden ser puros. Mientras más cercanos vivan de cómo viven las personas negras, más puros son.

La estudiante suma su voz a un coro de lectores y lectoras que históricamente han abierto libros con la esperanza de que un libro cambie la manera en que se desenvuelven en el mundo. Y que por ende cambie el mundo.

El amigo del amigo es detestable.

La novela es un clásico.

El racismo es una realidad, tanto en Puerto Rico, como en E.U., como en muchos libros. La pureza, en cambio, no existe. 


La estudiante es el mejor motivo para agarrar un libro, fotocopiarlo, hacer una espada, pasarla de mano en mano, cambiar el mundo.

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