18.8.14

Clarisa y su papá

Nos encontramos en la Calle Loíza. Yo me acababa de sacudir unas moñas de pelo ajeno de entre los dobleces de mis mahones [cortesía del Om Studio improvisado en el medio de la calle] y me quería ir. Ariadna y yo tomamos turnos abrazándola. Comentamos el calor y la fiesta y yo me aguanté las ganas de decir que ya me quería ir a pesar de que suponía haber buena música a la noche.

Le preguntamos por su papá. Dijo que estaba bien, pero que no había podido salir desde el día antes. Que había hablado con él por teléfono y que almorzó tres chinas. Que tenía guardada una granola para la cena. Conversamos brevemente acerca de nuestros planes para ir a visitarlo. Los tres cruzamos los dedos y sonreímos. Entonces nos turnamos abrazándola de nuevo y nos despedimos.

De camino al carro, Ariadna dijo apesadumbrada “tres chinas”. Yo le respondí incrédulo “una granola”. Eso comió Oscar López Rivera en el día de ayer. Según nos explicó Clarisa, la prisión estaba en “lock down” y cerraron la cocina. Esto lo dijo como dice todo, sonriendo. La suya es una sonrisa de valentía y de fe. Yo no sé si la heredó de su padre, o si la lleva practicando a lo largo de estas últimas tres décadas. Es una sonrisa digna de una fiesta en todas las calles de todos los pueblos. Las mejores fiestas son las de bienvenida.


Libertad para Oscar.

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