13.4.14

Acerca del Manual del Bestiario Doméstico, por Las Nietas de Nonó


Después de la Puma es la tercera bocacalle a la derecha, la Juan Ojeda. La casa tiene una puerta roja. La función es al frente, en la casa vacía. En el último cuarto al fondo hay una nevera y cajas de leche para sentarse. La pieza termina con el cuerpo de un hombre—interpretado por una mujer— muerto entre los y las presentes, ahora de pie. Luego nos repartimos fotos de un hombre confinado. Entre las fotos del hombre, está su foto de confinado y otras, de cuando el hombre era niño y joven y “libre.” La pieza en parte aborda la falta de libertad de las personas en tanto institucionalizadas desde el inicio, en tanto atadas las unas a otras por lazos de familia y sangre (derramada) y condición social.

El hombre en las fotos es el primo de las mujeres en la pieza. Son dos. Una acaba de abrir y entrar a la nevera. La otra mantiene la puerta cerrada. A juzgar por las caras de los y las presentes, se nos hace difícil respirar. Más adelante, a cinco de nosotros nos colocarán una venda sobre los ojos y nos harán caminar hasta otro cuarto a oscuras. Me quito la venda. En el cuarto hay una reja. Del otro lado de la reja, una silla naranja de escuela elemental. Frente a la silla una pared. Entre la pared y silla, una de las mujeres está desnuda, convulsionando. Se arroja contra la pared. Duele mirarla. Más tarde, será de ella el cuerpo del hombre muerto a nuestros pies. La otra mujer se limpia las Jordan con saliva. Gesticula con orgullo que el hombre recibió su merecido. La banda sonora es el audio de una transmisión de carreras de caballo. Se me olvida el nombre del caballo que ganó.

Antes de eso entró una llamada. Era el hermano del hombre de las fotos, llamando desde otra prisión a saludar a sus primas. Antes de eso, la mujer que gesticula contenta ante el hombre muerto en cuerpo de mujer regañaba a los estudiantes (nosotros y nosotras) en el salón de clase. Registra a un chamaco del público. Nos grita. Nos manda a hacer problemas de matemática en la pared. La pared es la pizarra donde calculamos la calidad de vida de una mujer con cuatro hijos y 20 horas de trabajo semanal en un empleo que le paga $7.25 la hora. Es una lección sobre el tráfico de drogas.

Más tarde, la maestra será una madre en fila para ver a su hijo en prisión. Antes de eso era una tía en una casa vacía, sin nadie para quien cocinar. Casi al final, es un confinado explicando por qué no quiere que su familia lo visite. El hilo conductor es el dolor. Es un cordón para colgar la sábana blanca con que cubrirán el cadáver del hombre en cuerpo de mujer. Son dos. Están atadas (¿atravesadas?) por el cordón. 

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