8.1.14

En defensa de los agitadores


Take one

El derecho a la protesta no existe en Puerto Rico. Existe un video donde el Presidente del Senado, Eduardo Bhatia, alega que sí1. ¿Será que Bhatia no conoce sus derechos? No lo culpo. Son muchos. E insuficientes. Ese es el problema de la democracia: la tenencia de unos derechos fácilmente se torna en la querencia de más. Me refiero a la expresiones que ofreció el presidente senatorial en entrevista con Noticentro al Amanecer ayer, 7 de enero. Según él, “el derecho a protestar obviamente existe en Puerto Rico y lo vamos a respetar. Y lo respetamos.” Ese es el problema de la democracia en Puerto Rico: digan lo que digan, su existencia es la menos obvia de todas o al menos, la menos respetada. Sobre todo, cuando se trata de la capacidad de la ciudadanía a incidir en los procesos gubernamentales. Ofreceré ejemplos. Pero antes, una confesión falsa:

Yo tengo un coco con Bhatia.
Tuve, más bien.
Sucede que tenía un coco entre mis manos durante la manifestación de maestras y maestros frente al capitolio el 20 de diciembre de 2013, y sentí muchas ganas de lanzarlo contra los agentes de la policía desplegados en las escalinatas. Eran muchos—suficientes como para romperle el coco a cada uno de los presentes allí. Yo interpreté el despliegue como una falta de respeto al magisterio. Y a la ciudadanía en general. Y a la integridad de los procesos legislativos. Y a mis derechos como individuo. Pero cuando intenté comunicarle mi preocupación a un agente, me miró tan mal que sentí ganas de sacudir una palma para suplirnos de municiones. Pregunto: ¿Lanzar un coco es una forma de protesta? ¿Quién me garantizaría ese derecho? Obviamente no va a ser el guardia a quien se lo quiero lanzar.

Gran parte de la discusión pública acerca de la manifestación de los maestros y maestras frente al capitolio giró en torno a un coco volador, empujones, pepper spray y destrucción de propiedad. Según Bhatia, los maestros se pasaron. Bueno, “muchos de ellos no eran maestros, dicho sea de paso. Eran personas que fueron allí a romper cosas.” Pregunto: ¿Quiénes son estas personas? ¿Hay un club? ¿Cómo me integro? Explicaré mis motivaciones. Pero antes, una confusión.

Es curioso como cada vez que nuestros representantes electos abordan el tema de la protesta, hablan de la importancia de que se escuchen las voces de todos y todas, sobre todo aquellas de la oposición. Pero cuando les toca expresarse en torno a actos específicos de protesta social, las y los manifestantes son o muy poquitos o muy violentos o totalmente ajenos a la disputa en cuestión y por ende sus actos y expresiones carecen de fuerza moral y/o razón de ser—razón por la cual siempre son atendidos por la fuerza de choque. De acuerdo a Bhatia, en el caso de la manifestación de las maestras, los sujetos que “fueron allí a romper cosas” no fueron porque apoyan al magisterio, sino porque son “solidarios con todo lo que sea el anti-gobierno.”

Yo tengo un coco con el anti-gobierno. Cada vez que surge un conflicto entre el gobierno y un sector de la población, y ese conflicto lleva a las y los afectados a manifestarse en la calle—aunque el conflicto no tenga nada que ver conmigo—yo voy a ver
qué pasa
qué puedo hacer
cómo puedo ayudar agitar

Es mi derecho. Bueno, técnicamente no. Mi derecho es a expresarme libremente sobre asuntos de interés público. En la constitución no dice nada acerca de lanzar cocos ni destrucción de propiedad. Sí habla de la dignidad del ser humano. Que de por sí implica el derecho a indignarse. En ese sentido, la indignación es constitucional. Sólo que las formas que toma a menudo trascienden los márgenes de nuestra carta de derechos. Digamos pues que es un derecho derivado que cobija

a los pocos
a los violentos
a los indignados y solidarios

con en el magisterio, por ejemplo. Aunque no sean maestros. Aunque no hayan estudiado en escuela pública. Aunque nunca hayan prestado atención en el salón. Aunque cortaran clases. Aunque lo único que tengan en común con una maestra es la indignación generalizada ante las acciones del gobierno. Aunque lo único que quieran de la vida es vivir sin ser gobernados. Aunque lanzar un coco sea su más brillante idea o su única opción.

Take two

El derecho a la protesta, entendido como “el derecho a exigir la recuperación de los demás derechos,”2 no es reconocido formalmente en Puerto Rico. Éste se construye y se destruye discursivamente, día a día, desde las bocas de la multiplicidad de hablantes en el espacio público. Entre ellos, nuestros representantes electos, quienes optan en la mayoría de los casos por restringir el mismo a los contornos del derecho a la libertad de expresión (tiempo, lugar y manera), o por “domesticar”3 actos particulares de protesta mediante la imposición de reglas de etiqueta, o por rechazarlos de plano. Ejemplo: Ayer, el gobernador, ante un paro convocado por el magisterio público, sentenció: “Puerto Rico está para propuestas y no para protestas.”4 Admito que los juegos de palabras me divierten. A ver.

Diversión
Divagación
Divergencia

Ahora bien, lo malo de escuchar tantos soundbites y consignas de boca de nuestros gobernantes es que, aunque divertidas, muchas veces sirven para desviar el tema, sustituir la verdadera causa de agravio o desacuerdo entre la población con las acciones del gobierno, por otra, impuesta desde arriba. Con esta expresión, el gobernador parecería sugerir que las y los maestros que amenazan con huelga representan un problema para el país. O que se buscarán un problema si optan por protestar. O, a lo menos, que hay un tiempo propicio para ellos protestar y que ya pasó. O que nunca lo hubo. Porque la crisis implica que ciertos derechos se tienen que poner en pausa. Inclusive aquellos que no existen. Estoy especulando, no más.

De lo que sí estoy convencido es que la relación entre protesta y democracia es una de peligro y posibilidad. Entiéndase que las protestas pueden potenciar mejores y mayores formas de gobierno democrático en la medida en que su acontecer ponga en riesgo las formas más autoritarias de nuestros gobiernos.5 En ese sentido, los maestros en huelga sin duda serán un “problema” bienvenido, necesario para nuestra democracia—una respuesta certera a la divagación rampante de nuestro primer mandatario y su brutal intolerancia hacia la divergencia.

¿Eso cuenta como una propuesta? Si no, yo protesto.






2Gargarella, R. (2005). El Derecho a la Protesta: El Primer Derecho. Ad Hoc, p. 19
5Godreau, A. (2012). “Protesta Peligrosa y Democracia en Riesgo: Disentir en el Marco de la Representatividad” Rev Jur UPR 81, 1. 

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