24.12.13

A todas con el Magisterio


Un niño, desde una esquina de la Plaza de la Democracia, intenta contar uno a uno los agentes desplegados en las escalinatas del Capitolio en la noche de ayer. Sería más fácil contar estrellas. Hay poquitas. El niño se turba y empieza de nuevo.

“¿Cuántos puelcos, tú crees?”
“Mal tasaos, doscientos.”
“¿Cuántos manifestantes?”
“Los que hayan. Que se joda.”

El niño parece ignorar toda conversación, consigna o ruido a su alrededor. En la Plaza de la Democracia existe sólo él. De frente tiene agentes de la unidad montada, de la división de arrestos especiales, de operaciones tácticas. Hay dos camarógrafos de la policía haciendo uso de su derecho a la libertad de carpetear manifestantes que apenas empiezan a comprender el desbalance brutal entre las fuerzas del Estado y la ciudadanía. El niño se turbó y tuvo que empezar de nuevo.

Miro a mi alrededor. La plaza está repleta. Y aunque no lo parezca, estamos rodeados. Sería prudente decidir hacia qué lado correr. Miro al cielo. La noche está vacía de estrellas. Hay una cámara en el tope del Capitolio. Alguien tendrá que dar fe de la ardua tarea a la que se entregó el niño. Porque, vamos, todos los agentes se parecen—sus miradas vacías como esta noche en que nuevamente dejaron de ser gente.

“Todo policía enemigo.” Una frase perfecta para escribir cien veces en la pizarra a ver si aprendemos la lección. Yo quiero ir a esa escuela. Yo hubiese querido ser compañero de clase del niño para que me enseñara a contar los males en mi vida desde temprano. El niño se turba y empieza de nuevo. Son muchos.

Miro a mi alrededor. Todos y todas aquí tenemos una maestra a la que nos debemos. Yo no recuerdo qué fue lo primero que aprendí a contar. De seguro no fueron policías. Pero estoy seguro de que conté con el amor de la missy que me ofreció la lección. De eso se trata.

“¿Cuántos manifestantes?”
“Con el niño basta. Pero somos más.”

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