30.10.13

La Secta de los Perros


i.

“¿Conoces de Manuel Abreu?” Por lo general, los emails que envía mi tío sólo contienen enlaces a artículos que, piensa, serán de mi interés. Un ejemplo: “Don't burn your books-Print is here to Stay” del Wall Street Journal. Otro: “You won't believe your eyes.” Ese nunca lo abrí. A veces me envía citas de personas famosas— ex-presidentes americanos, for the most part. Subject: “A notable quote.” O chistes: “Fw: A pastor's ass.” Casi nunca contesto. Hoy es la excepción:
-¿Adorno?
-Sí.
-Seguro. ¿Por qué?
-Era de mi clase. Ignaciano.
Casi todos los hombres de mi familia estudiaron en San Ignacio. Dos tios y dos hermanos. Cinco primos. Y yo. It's like a thing with them/us. Este año son los cuarenta años de la clase de mi tío y de
-¿Adorno? ¿Ignaciano? ¿En serio?
-Yes sir.
Una cita notable de Manuel es: “dramatizaba en exceso sin comprender, sin haberme adentrado a los mecanismos secretos que regían mi propia vida.” En San Ignacio su vida, como la mía, estuvo regida por Jesuitas (y elitismo y macharranería, entre otras cosas). Murió en Paris a los 29 años. Cuando conocí este dato, yo tenía 25 y me di cuatro años más para escribir algo verdaderamente significativo. Sigo en esas.
Le pregunto a mi tío qué recuerda de él. Me lo describe físicamente a los 16, 17. No dice más. ”Era pequeño.” ”Y Grande,” respondo yo.
Me pregunta cuán importantes son sus libros.
-Rigen mi vida.
-Qué dramático.

(4/17/13)

ii.


Hace unos años un poeta joven local se copió la foto de portada de Invitación al Polvo. Hizo una “reintepretación,” me corrige un amigo en común. En la portada original aparece Manuel Ramos Otero vestido de negro toqueteando la escultura fúnebre de un ángel. “Aferrado a,” me corrige de nuevo mi amigo. En la portada del primer libro del joven poeta, aparece el poeta descamisado a punto de besar a otro ángel funerario. Le toca una “boobie” además. Confieso que “boobie” me hace reír. Ramos Otero no.
La tercera sección de Invitación al Polvo se titula “La nada de nuestros nunca cuerpos.” Es una línea del poema “La Nada” de Julia de Burgos. Julia de Burgos murió de pulmonía en un hospital en Harlem. Ramos Otero murió de Sida. Lo único feliz en Invitación al Polvo es el cuerpo de José—sus manos, dedos, brazos, hombros, labios, besos, ojos, su pelo todo en las manos del autor. Y sin embargo todo eso quedó en nunca, nada.
Cuando uno es poeta joven, uno muere por escribir como sus escritores favoritos y se encierra en el cuarto a hacer reinterpretaciones de sus trabajos. “Plagios,” dice mi amigo. “Plagas,” digo yo.
“Ábreme la puerta, que vengo bordado de alacranes, que anoche soñé.” A quién se le ocurriría tocar a una puerta de polvo. ¿José también murió? Confieso que pensarlo me hace sufrir.
Digo “boobie” y me río.

(6/7/13)

iii.


Lunes, primer día de clases en la universidad. Río Piedras está gris. El hombre se detiene frente a la sección de poesía en La Tertulia. Sorprende porque no hay novedades en la sección de poesía de La Tertulia desde que La Tertulia abrió sus puertas. Sorprende además porque el hombre lleva gafas y boina y chaqueta. Y nada combina. Pero su mala combinación es perfecta.
Pide un café y toma asiento.No se ha quitado las gafas, ni la chaqueta, ni la boina. Sorprende porque parece sacado de una novela de Francisco Velazquez. Sospecho que es escritor, pero pienso que si le pregunto caigo en la trampa que me tiende con su atuendo.
Es curioso. Ningún escritor que conozco se viste así, mas si me invitaran a una fiesta de disfraces y optara por disfrazarme de escritor, me vestiría idéntico al hombre. En La Tertulia no hacen fiestas de disfraces. A diario se reúnen escritores a tomar café. Si me los encontrara en una fiesta de disfraces, dudo que irían vestidos de ellos mismos. Bueno, hay par que sí.
El hombre termina su café, se levanta. Parece sacado de las mentes de niños de escuela cuando imaginan a un escritor, sólo que vivo. Lo sigo con mi mirada hasta que sale, y le pasa por el lado a Rafael Acevedo como si nada. Los mejores escritores pasan desapercibidos.

(8/12/13)

iv.


Acabo de moderar una charla entre un joven escritor puertorriqueño y más de una centena de estudiantes universitarios. El joven se formó como escritor en prisión. Tiene 32 años, 14 de preso. Hoy cumple 28 días en la libre comunidad. Tiene un libro publicado. Otros tres en proceso. Tiene planes de estudiar trabajo social, de escribir y criar a su nena. Tiene una lista de cosas para hacer con su vida un día a la vez. Tiene un sombrero que coloca sobre la mesa para leer sus poemas en voz alta. Tiene un poco de miedo.
En la mañana de hoy descubrí que tiene el don de hablar en un auditorio y que estudiantes universitarios lo escuchen; de leer poemas y que muchachos se prometan hacer algo con su vida—palabras del estudiante que me persiguió a mi oficina luego de la actividad para preguntarme por qué todos los demás poemas que ha tenido que leer en su vida no poseen la magia de los poemas de Aníbal. No me lo dijo así. Mi estudiante me preguntó por qué la poesía toda era una mierda, excepto la del hombre—el chamaco, dijo—que agarró el micrófono para leer en la mañana de hoy. “No es que toda la poesía sea mala—mierda, dije—menos la de Aníbal, sino que la poesía necesitaba de Aníbal para llegar a ti.” “Pero, a mí no me interesa leer a nadie que no sea él.” “Claro, es normal. Uno le quiere ser fiel al escritor que lo hizo querer leer por primera vez. Pero no le serás fiel para siempre. Ya verás. Leerás a otros. Es imposible resistirse.” (...)“Esta es la primera vez que me alegro de no haber faltado su clase.” “Yo no sé cómo tomar ese comentario, pero tu alegría me alegra, supongo.”
Esta es la primera vez que escucho la voz de mi estudiante. Se lo debo a un poema. Gracias, Aníbal.

(10/28/13)

v.

Me sentí tentado a empezar la oración al estilo de los statuses de Facebook, escritos al estilo de los viejos anuncios de Mastercard que terminaban en “no tiene precio.” Empiezo, en vez, por el final. No tiene precio conversar en la universidad con un querido profesor que saca de su tiempo para contarte acerca del tamaño de las manos de Manuel Ramos Otero, y de como era un cascarrabias querido y querible, y de como el título original de Página en Blanco y Staccato sonaba a título de tesis de maestría en creación literaria. Uno quisiera hacer un listado de preguntas, someterlas por escrito y que el querido profesor regrese al otro día con sus respuestas, pero transa por lanzar una a la carrera. La menos pertinente, y la más sincera: “¿Y mis manos, también son grandes, profe?”
“Lo importante es que no tengan precio.”

(10/10/13)

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