22.9.13

En la lucha libre


El Diabólico es un sapo tetón. Samson Walker es un chiquipipi. Chris Angel es pato. Carlito tiene perico saliéndosele hasta por los oídos. El Bronco #1 es un dominicano cabrón.

El cuarenta aniversario de la World Wrestling Council es sano entretenimiento familiar. Los niños entran a mitad de precio, comen empanadillas de pizza y toman cocacola en vasitos plásticos de cumpleaños. En la lucha libre profesional nadie bebe. Sentado entre un chorrete de machos de siete suelas, todos toman cocacola o agua. Menos uno, que por cada sorbo de cerveza, se da un shot de la Nikini. En cuatro horas, apenas se levantan para ir el baño. Una vez en el baño, los machos no se demoran mucho porque no se quieren perder el próximo combate. En el próximo combate, cuatro hombres fuera de forma conversan entre tímidos golpes y palmetazos, se agarran, descansan, fallan la movida, y hacen como si la patada en los huevos acabara de destrozar cualquier oportunidad de volver a ser papá. La mayoría de los hombres que sube al cuadrilátero ya son abuelos— machos de siete suelas y dos hipotecas, con treinta libras de sobrepeso y el don para ofrecer castigo y recibirlo por puro entretenimiento. Es patético. Pero no me lo podía perder.

“¡Diabólico jabalí!¡Cuernú!¡Estuve con tu esposa ayer!”

El que grita es el hombre más pesado en el Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón. El más bocón también y vino desde San Sebastián del Pepino con sus tres mejores amigos de la high a ver al ícono Sting luchar por primera vez en Puerto Rico. Para eso faltan tres horas con 45 minutos. El hombre y sus panas se graduaron de la high el año que yo entré a kindergarten. Poco tiempo después de graduarme de la high dejé de ver la lucha libre con regularidad. El hombre es de los fieles. Yo apenas puedo identificar el sillón atómico, la figura cuatro y el salto mortal. Del total de movidas ejecutadas en la noche de hoy, habrá un solo salto mortal con muy poca gracia y estilo. Le costará el combate en pareja a dos tipos rechonchos que se hacen llamar la artillería pesada o algo así. Uno de ellos, creo, me vendió mi celular en AT&T la semana pasada. Ni los escritores ni los luchadores profesionales ganan lo suficiente como para vivir de su arte. No me consta pero según el amigo de San Sebastián a los primeros combatientes de la noche les pagaron en cocacola y empanadillas de pizza.

Dos empanadillas de pizza y dos botellas agua me salieron en ocho pesos. Dos pesos de parking. Veinte por el boleto de entrada general. El ringside estaba a cincuenta. No había casi nadie en ringside. Nota curiosa: Los boletos para la sección de arena en el concierto de Café Tacvba en el Choliseo rondaban los cien dólares. Una apuesta sociológica: las características demográficas del público en la sección más costosa en el Rubén Rodríguez son marcadamente diferentes a las de la audiencia pegada a la tarima en el Choli. Digamos que se bajan en paradas distintas del tren urbano. Digamos que unos jamás cogen el tren a menos que sea noche de conciertos en el Choliseo. Digamos que yo me siento un poco fuera de lugar. Digamos también que no me sé una sola canción de Café Tacvba. Reconozco, sin embargo, la música de entrada del Bronco. Y sé que luego de cada dos golpes que le propine Carlitos Colón a su oponente con la derecha, viene un cabezazo. Digamos que Carlitos Colón es mi héroe. Aunque jamás pagaría 50 pesos para verlo moverse en slow motion dentro del cuadrilátero con la gracia dura y dolorosa de quien ha dado la vida por un arte marginal para el deleite de las masas. En fin, que los compas de San Sebastián tampoco se saben una sola canción de Café Tacvba, pero saben que el arbitro especial para el próximo combate es de Carolina y comenzó su carrera lavándole el carro a TNT. “¡Toledo, carnipuerco!¡Toledo te pareces a Manny Manuel!” La vida es bella.

La cartelera, en términos generales, aburre sin fin. El talento local parecería tener más talento para jugar video juegos en el sofá de la casa. Casi nadie luce fuerte o prensao o atlético. Casi todos pelean con camisilla o t-shirt o camisas Under Armour de manga larga. El cuerpo del luchador profesional boricua es el cuerpo del boricua promedio y como el boricua promedio se mete a la piscina con camisa, pues igualito entran nuestros gladiadores al ring. No los culpo. A mí tampoco me gustaría que me gritaran “sapo tetón” frente a miles de personas. Y de verdad son miles. Me sorprende, considerando la crisis, y la baja calidad de la lucha y que el componente artístico del espectáculo parece haber sido sacado de una edición de Juventud Vibra. Sugerencia a la agrupación Barreto y su Plena: “¡Barreto, retírate!¡Cámbiate el nombre!¡Vete a lavarle el carro a Savio Vega!”

El que grita soy yo, envuelto, con la boca llena de empanadilla, de pie porque son las 10:52pm y Carlitos Colón le acaba de hacer la figura cuatro al Invader en el medio del cuadrilátero y no hay nada que JJ Barea o Yadier Molina o Javier Culson puedan hacer jamás en la vida para igualar la gesta atlética de ese Hombre en estos momentos. “Está la llave cuatro, Pacheco y luego dios creó el mundo” dice mi compañera, recién despierta y de pie junto a miles de desconocidos y desconocidas en la noche bayamonesa. Una hora más tarde el hijo mayor del Acróbata de Puerto Rico perderá su combate estelar contra Sting, debido a la intervención indebida de Ray Fénix. Al final, el gringo siempre gana. No importa. Parafraseando a Manuel Ramos Otero, tengo 34 años, estoy en Puerto Rico y me he enamorado de un viejo hombre viejo— el primer nombre de un atleta profesional que me aprendí en mi vida, el único mito nacional intocable y preciado que nos queda como pueblo. Pa'l carajo la eterna benevolencia de los Taínos. Adiós Filiberto. Bah, Albizu.

En el estacionamiento, camino hacia el carro, pasada la medianoche, de momento solos y cautelosos, con las llaves en la mano para abrir y montarnos rápido, algo en mí me motiva a pensar, que restada la xenofobia standard contra el Bronco y los gritos de “pato” y los piropos de los machos de siete suelas a las pocas mujeres en la audiencia, el cuarenta aniversario de la WWC es sin duda sano entretenimiento familiar. Al menos lo más sano que logramos hacer en y entre familias aquí, considerando que en todas nuestras familias nos hacemos cosas bien jodías. Hoy, pienso, jodimos menos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario