8.8.13

De estar siempre conmigo


Leo los comentarios de un joven aspirante a un escaño en nuestra asamblea legislativa y recuerdo los inmortales versos de José De Diego en el nefasto poema del toro acorralado que muge y recuerdo la renuencia que sentí hacía la poesía en la escuela por culpa de ese poema y otros tantos de nuestros grandes políticos que escribían poesía, o cuyos discursos miembros de su partido aún citan como poesía.

Odio al toro que muge como al que no. Y a menudo me siento acorralado (vaya lenguaje figurativo) por la retórica de nuestros políticos jóvenes y viejos, no hace diferencia, puesto que el discurso político no tiene edad— se estira a través del tiempo, crece, como si jóvenes y viejos anudaran sus lenguas para repetir con una misma voz las mismas metáforas trilladas. Lo demás es marketing y apellidos y peinados. Y suerte, y máquina de partido, y mala leche.

Recuerdo que cuando comencé a escribir poesía utilizaba muchos signos de exclamación en poemas donde el mar batía contra las rocas y el río crecía con la lluvia. Partía de esta noción harto extraña de que la literatura suponía enseñarnos algo.

Algo parecido me sucede cuando escucho a políticos en la radio o leo sus comentarios en las redes sociales y me frustro porque parto de la premisa de que suponen tener algo que decir. Yo me digo que no, que no estoy acorralado por ellos. Que hay algo en algún lugar en mí que muge o que ruge o que embiste o que bate. Pero no sé cómo articularlo.

Estoy cansado de que cada vez que alguien me note cansado o vencido, cite el poema de De Diego, como si el poema pudiera levantarme el ánimo. En venganza, cito del poema de Girondo. O del poema de Neruda, si siento compasión. Es mi manera de decir que el cansancio real no se atiende con poemas “positivos,” sino que se acompaña con literatura sobre el cansancio.

De los políticos, en cambio, sobre todo de los más jóvenes, sí espero que se resistan y que griten y que truenen. Todo lo que quieran.

Pero con palabras nuevas, mano. Al menos eso.  

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