21.8.13

Cavernícolas


Si no fuera por estos ratitos, y los días de cobro.” “¿Tú dices? Yo me quité del depósito directo para poder cambiar el cheque, sentir el dinero en mis manos aunque sea por unos segundos, y entonces entregarlo, perderlo hasta la próxima quincena.” “Coño,  esa es buena.”

El ratito consiste  en intercambiar celulares de un lado al otro del counter. Uno sirve comida en la cafetería de la universidad. El otro trabaja en  Planta Física. Apuntan a las pantallas y sonríen y se llevan las manos a la boca y dicen cosas como “Vaya varón, carajo, eso es serio,” entre risas.

Yo espero semi-desesperadamente para pedir un café y comienzo a imaginar el contenido perverso de las imágenes compartidas, y me molesto porque son las 8:47am y llegué a las 7:59am para mi primer día de clases, que no es hoy, es mañana, según me indicaron en la oficina, y todo el mundo se rió de mí. En fin.
El hombre toma mi orden y cuando me acerco a la caja para pagar, veo uno de los celus sobre el counter. En pantalla, un niño de apenas cuatro años vestido de Bob el Constructor, posando con una perrita recién parida.

Ratitos así.



Su esposa murió hace tres meses, una muerte “repentina” en su lugar de trabajo a mitad de día. Él se sienta a esperarla donde mismo la esperaba todas las tardes los días de semana, sólo que ahora se sienta a esperar todo el día no sé hasta qué hora, pero en algún momento sube a su apartamento, se baña, se afeita. Parece un receptor de reserva en espera de que el regular sufra una lesión y le toque entrar al juego por él. Tiene una gorra roja sin insignias, camiseta. “ Él te mira, no te habla. Buena gente,” me dicen en el ascensor. “Bendito.”

Al pasar, yo lo miro, no le hablo. Siento que está mirando en mi dirección, pero no a mí. Agarra el borde del murito con ambas manos y muchas ganas. La gorra sería lo único de color en el recuadro. Venir vestido para jugar y comer banco es lo peor.


El hijo de P. es adicto. Vive en casa de su padre. Lo veo un promedio de dos veces por semana: una saliendo del ascensor en el lobby, cigarrillo encendido desde su piso. Otra entrando al edificio entre 60 y 72 horas más tarde. Tiene todas las edades. A veces luce demasiado de muy jodío para lo joven que es. A veces se ve demasiado de muy matao como para estar vivo todavía. Esas veces luce igual de viejo que su papá. Su padre es el hombre más viejo del mundo.

He escuchado su voz un total de dos veces en dos años: la vez que tomamos el ascensor juntos y me pidió un cigarrillo y la vez que se abrieron las puertas del elevador, entré y me preguntó si me molestaba el humo. Dije que no. Desde entonces, no tiene por qué preguntarme, y yo no sé de qué podríamos hablar. ¿De música?

Con el papá hablo de mi perro, del calor que hace.


Yo llamaría a estos hombres despiadados, o bellos o “entregados a la maldad," o pobrecitos. No lo he decidido. 
No son los únicos.  

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