28.7.13

Hablando de más.


Tengo 34 años. Soy blanco, heterosexual y vengo de una familia reconocidísima e híper-influyente en los círculos más exclusivos de poder en el País. Me eduqué en un colegio jesuita de varones. Estudié y viví “afuera” por once años. Regresé con un PhD. Me hice abogado.

No es un acto de contrición ni intereso echármelas. Es un resumen de hechos. Pues los hechos son relevantes y vale la pena traerlos a colación cada vez que me aventuro a escribir acerca de alguna temática mayor a mis sentimientos y/o experiencias personales. Y como escritor, tengo una tendencia a aventurarme. Además, me parece que la crítica que se escribe desde y/o en torno al contexto puertorriqueño contemporáneo carece de la apertura textual de ese sujeto que escribe; quien, en ocasiones, es demasiado dado a escudarse tras la postura política que asume, y por ende nunca precisa la posición social desde donde atestigua y analiza lo que acontece en el País. Y sí, la autocrítica es un ejercicio diario; que se nutre de la repetición de la reflexión a medida en que el sujeto se suma a determinadas colectividades, abraza causas, proclama creencias, pretende, mediante su obra diseminada en espacios reconocidos del “saber”, sentar las bases para que la comunidad se piense, se evalúe y se imagine.

Lo cierto es que diariamente somos llamados, como lectores y lectoras, a pensarnos en ocasión de la publicación de un artículo o columna de opinión salida de las manos de poetas, narradoras, profesores, gente que escribe. Hacemos el ejercicio y a su vez invitamos a otras lectoras y lectores a aventurarse al colgar la columna en Facebook o Twitter. Y así, diariamente, pasamos juicio sobre importantísimos elementos de nuestra vida privada y compartida, en respuesta a la invitación que nos hacen las y los autores del patio, mirando nuestras biografías desde su perspectiva. De ahí que hablemos del lector como un sujeto en sincera disposición al riesgo total; abierto a la mirada del otro. Y sin embargo, la gente que hace “crítica cultural” pocas veces hace lo propio. Claro, no tienen por qué hacerlo. Uno escribe y ya. Sin embargo, quien escribe bajo la etiqueta de “crítico” y que como parte de su proyecto escritural argumenta a favor de un “deber ser” de la sociedad puertorriqueña, debe considerar los múltiples lugares donde ubica su yo a medida en que ese yo se inscribe en los textos que escribe, y decidir si procede hacerlo visible o no.

Este es un argumento a favor de su visibilidad pues lo opuesto le permite al crítico fraguar un espacio discursivo de la marginalidad sin más, desde donde reescribir su biografía, obviando aquellas instancias de poder y privilegio (social/económico/político/simbólico) que bien podrían dar forma a su cotidianidad e informar los textos que produce, sin ser explicitadas en ellos. Esta ausencia es significativa (y harto conveniente), puesto que todo aquello que el autor deja fuera del texto queda libre de la mirada y el juicio crítico de sus lectores. Cosa que no es problema en la ficción o en la poesía, pero sí en esos espacios de argumentación expresa en torno a las problemáticas de nuestra vida en comunidad. Hace falta mayor transparencia. De lo contrario:

Tengo 34 años. Soy poeta, ex-huelguista y vivo en una cooperativa. Estudié con beca y con préstamo y viví “afuera” por once años. Regresé con un PhD en sociología. Me hice abogado pero no practico. Enseño ciencias sociales y escritura creativa en la universidad. Cuento con media matrícula del mst, del mas, del mam, del ppt, del cabe en mi lista de amigos en Facebook. Piqueteo. Desobedezco. Más a menudo ando pelú y no me afeito. De paso, Libertad para Oscar.

No es mentira. De hecho, son estos aspectos de mi biografía los que más inciden sobre mis sentimientos y mi manera de ver la vida hoy. Sin embargo, lo de blanco y lo de hombre y lo de heterosexual y lo del nombre de la familia siguen importando más como fuerzas sociales al momento de disertar acerca de la manera en que ha sido estructurada mi vida, quiéralo yo o no; renuncie o resista afectiva y efectivamente a la infinidad de privilegios que me son concedidos a diario por el mero hecho de pertenecer a determinadas clases, categorías de poder, sin importar el carácter contestatario de mis actuales y amadas asociaciones. Procede por tanto repetir el ejercicio de auto-crítica cada vez que extiendo una invitación al lector a mirarse desde mi perspectiva para que a su vez pose su mirada sobre mis ataduras al poder, para entonces aventurarnos a evaluar la situación del País, y teorizar acerca de aspectos importantes de las vidas de otros y otras.

Para esto también está la poesía. Para imaginarnos, desde la (auto) crítica. Y mucho más, por supuesto. La infinidad de cosas.  Lo que pasa es que la poesía tiene a su cargo la belleza también. Y pues, lo bello es mucho más complicao. Tú sabes. 

3 comentarios:

  1. De acuerdo con lo aquí planteado, Guillermo. Particularmente en cuanto a esto: "Procede por tanto repetir el ejercicio de auto-crítica cada vez que extiendo una invitación al lector a mirarse desde mi perspectiva para que a su vez pose su mirada sobre mis ataduras al poder, para entonces aventurarnos a evaluar la situación del País, y teorizar acerca de aspectos importantes de las vidas de otros y otras.". Lo único que añadiría es que hacer transparente esos contextos que nutren nuestras voces, ese proceso de subjetivación, no debe confundirse con que el debate caiga siempre en una disputa o pelea individual o personal entre X versus Y. A A veces se gana en eso, pero mi impresión es que las más de las veces se pierde. No se podría alcanzar vuelo si cada tema lo tocamos sacando al sol las circunstancias de los demás con el objetivo de descalificación o con el objetivo de simplificar tanto y tanto la mirada amplia del tema que se termine atendiendo a las historias personales de cada cual. Reconocer y hacer visible quienes somos cuando hablamos debería ser distinto a la actitud hiper- defensiva que a veces toman las discusiones. Lo digo porque el otro día comentaba mi asombro con como el tema del estar afuera o adentro (del país) generaba una discusión casi testimonial en el que cada cual exponía sus circunstancias particulares defendiendo el por qué su lugar y denunciando el del otro. Y sí, la exposición del lugar de una es importante, quiéralo una o no, pero no necesariamente para asumir una alocución frente a un juicio final sino como aquí lo expones. Salud!. (No sé si te gusta que se comente en tu blog, así que mi disculpas de antemano! ;-) )

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  2. Coincido con el comentario anterior y añado que el peligro es confundir el gesto auto-bio-crítico con lo contextual o lo histórico. El lugar desde donde hablo no se resume en los detalles copiosos de mi biografía. Como la lengua crítica no es una etiqueta, sino una práctica. Como decía Sartre ante los marxistas del primer estadio (y Sartre no me mueve mucho la manigueta): "Paul Valéry es un pequeño burgués, pero no todos los pequeños burgueses escriben como Paul Valéry." El template crítico que comienza y para colomo termina en la biografía es de una convencionalidad moral apabullante y le inyecta mayores bríos a una "conversación" yoica que apenas levanta cabeza teórica o política. Nadie desea obviar nada, al contrario, quizás se trate de dejar de pedir permiso o de desatender las demandas/manías moralizantes de los otros.

    jcqh (palanca izquierda)

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  3. Hola érika! Sí. De acuerdo con tus planteamientos. Como tú, entiendo que los personalismos muchas veces imposibilitan la discusión. A mí me interesa mucho la figura del Crítico o la Crítica Cultural y determinados blind spots que encuentro en su presentación. Mi interés no es que ese sujeto se haga visible para que se torne más personal la dinámica entre él/ella y la comunidad de lectorxs. Al contrario, mi preocupación es que su falta de visibilidad (en términos de sus ejercicios de poder) se presta para otro tipo de personalismo, donde el sujeto se torna irreprochable/incuestionable/in-criticable pues él/ella es la causa o el issue sobre el que se escribe en cada artículo, así acaparando discursivamente el tema. No sé si me explico. Hay una tendencia en nuestra crítica escrita ha invitar al lector a mirar "como yo lo miro," sin ni siquiera plantearse las preguntas de dónde, cómo, con qué beneficios/consecuencias para mí. Eso, me parece, torna al "crítico cultural" en este maravilloso ojo que mira todo a su alrededor y mediante el cual los y las lectoras podemos mirarnos, pero jamás a él. Eso está chévere para otros tipos de escritura, pero para la llamada crítica cultural, me parece que nos causa ciertos problemas. Eso. Y gracias miles por leer y gracias, por comentar, lo aprecio millones. un abrazo!

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