22.5.13

Passing Commentary


No hay nada bueno en entender las causas políticas/sociales como marcas. No lo son, por más que uno quiera. Enmarcar el discurso político dentro del registro conceptual y lingüístico del mercado es renunciar de antemano al potencial afectivo inherente a los movimientos sociales y políticos—esos a los que las personas, desde su cotidianidad, se suman en tanto la causa las conmueve, las sensibiliza, las activa.

Cierto, las y los actores de la política partidista del patio responden y recurren a prácticas y dinámicas propias del mercado y el mercadeo. Sin embargo, asumir—aunque sea con cinismo—la posición de unwilling/unhappy/unsatisfied consumers ante ellos, o peor, pensar las estrategias de lucha ciudadana desde el punto de vista de un vendedor ambulante que va perfeccionando su “sales pitch” de puerta en puerta, es establecer una distancia infranqueable entre el sujeto que toca a la puerta y la causa que promueve. Más aún, imposibilita los lazos que se forman entre actores que verdaderamente asumen la causa social/política como riesgo y esperanza desde su posición particular.

Una de las carencias más evidentes y preocupantes en el debate público sostenido entre nuestros representantes electos es la falta casi total de carga afectiva, de entrega personal, de genuino sentido de que se habla desde el punto de vista de quien se encuentra aferrado a toda costa a una causa que lo/la define y por ende está dispuesta/o a jugarse la vida por ella. No simplemente los votos. Creo, entonces, que una de las formas más valiosas que podría asumir la oposición política en el País es la sinceridad—tan peligrosa en materia de mercadeo, tan brutalmente liberadora en materia social y política.  

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