5.5.13

free comic book day


Me desesperé y abandoné mi lugar en fila. “Lo perdiste,” dice el que estaba atrás. “Lo cedí,” respondo. No hace diferencia. Me voy a oler el popcorn frente a la taquilla del cine en el segundo piso. Me voy para la luna. “Pa'l carajo,” escucho a un chamaco exclamar luego de también ceder su lugar. “Lo perdió.” Me digo, indiferente.

En materia de pérdidas, a la noche asistí a una lectura de poesía en la azotea de dos compas poetas. Hubo un show de magia. El mago era un niño con capa de Superman y varita. Su madre, la poeta, le explicaba al público lo próximo en acontecer: “Y ahora el gran Nicolini.” Y el gran Nicolini adivinaba el color de la bolita que desapareció en el interior de una cajita con compartimientos secretos. “Creo que hemos perdido la magia,” le comenté a un amigo que también traía papeles debajo del brazo. “¿Nos la cederá, tú crees?”

Más tarde, otra compañera leyó un poema que hablaba sobre una cáscara; o más bien sobre la manera en que ella—el cuerpo que le correspondía a la voz en el poema que uno tiende a asociar con la poeta— era una cáscara. Y me parecía tan hermoso como ella—la poeta— decía cáscara que tuve ganas de cederlo todo, darme por perdido y desaparecer, pero entonces era mi turno y no quise ceder mi lugar.

Cáscara
Caparazón
Carroza
Capota
Carcacha

“Este calabozo, practico decir” comienza uno de los poemas leídos anoche en la azotea. El resto es magia con palabras, lo que una poeta alcanza con tan solo apuntar a un niño con una capa. Hermosura. Cesión total. A uno casi ni le dan ganas de tirarse, aunque bregaría brincar de techo en techo en la noche santurcina tras el olor del popcorn. O, vamos, de lo que sea. Algo perdido y grandioso, próximo a acontecer. 

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