10.4.13

Dog Days


“¿Y esos ojos hermosos?” Se refiere al perro, no a mí. “Mi única perrita murió el día que murió Roosevelt. Yo tenía cinco años. No despertaba, así que cogí una latita, la llené de piedras para que sonara al sacudirla junto a su oreja. ¿Qué iba a saber yo de la muerte?” ¿Teodoro o Delano?, me pregunto pero eso no viene al caso. Me limito a escuchar hasta que el elevador se detiene en el piso de la señora. “Son verdaderamente hermosos tus ojos,” dice para despedirse del perro.

Tiene que ser Delano, porque si no la doña tendría 99, 100 años. Eso, o acabo de conversar con una fantasma. Pero, qué sabré yo de la muerte. La expectativa de vida de un perro ronda los trece años. Los músicos famosos viven poquito más del doble. Al morir forman parte de un club, Los 27, como la ganga de presidarios. Antes, cuando te encerraban en la cárcel, morías civilmente. Es un concepto legal. Recuerdo que una vez en elemental, un compañerito de clase respondió “prohibido morir” a la pregunta “y tú, ¿qué ley harías?” La maestra cambió el tema de inmediato. Resulta que el padre del niño languidecía en un hospital. Días más tarde nos acomodaron en fila para decirle que lo sentíamos. Años más tarde, en la high, los rockeros de mi clase se amarraron cintas negras en los brazos el día que murió Kurt Cobain. Ridículos, les dijimos. Entre otras cosas.

Hoy pienso que de haber sido rockero también hubiese sentido la muerte de Kurt. Pero yo quería ser cocolo y había otros muertos para llorar. Lo bueno de los salseros es que tardan más en morir. Cantan más canciones. Hacen a la latita sonar. Casi nadie se alegraría por la muerte de un cantor. “Cada cantor es un soldado menos,” decía Facundo Cabral. A nadie se le ocurriría decir lo mismo acerca de presidentes o ministros. “Nos trató como perros. Hoy murió y estoy contento,” leí que dijo un británico cualquiera sobre Margaret Thatcher. Me alegré mucho por él. Y no lo siento.

Miro a mi perro.
De verdad que sí, que son hermosos.

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