11.3.13

Fracaso, Perfección y Criminalización de la Maternidad: Tres Versiones


I
12 de diciembre 2012
La culpa no es del asesino, sino de la madre que lo parió. A menos que esa madre, se disculpe y mediante la disculpa acepte su culpa públicamente, para que la ciudadanía en general pueda estar en posición de perdonar a la señora por traer a un asesino al mundo. Sin duda, habría que cuestionar la necesidad y el significado del perdón otorgado por la ciudadanía cuando la “agraciada” no ha cometido falta alguna. Pero primero habría que preguntar qué derecho tenemos los ciudadanos y ciudadanas a exigir/recibir la disculpa de la mujer en nombre de su hijo, en sacrificio. Aunque la pregunta originaria debe ser ¿por qué la madre? ¿Cómo es que quedan cifradas en ella la culpa, el perdón y el sacrificio por un hijo? ¿A cuenta de qué se le somete a una especie de juicio publico?
Tal es el caso de Virgen Ortiz, madre de Rubén Delgado, uno de los responsables de la muerte de José Enrique Saladín, el publicista asesinado brutalmente en Caguas el pasado 30 de noviembre, y cuya muerte hoy recibe extensa cobertura mediatica dentro y fuera del País. La Sra. Ortiz hizo las siguientes declaraciones escritas, circuladas por los medios de comunicación locales y las redes sociales:
"Mi nombre es virgen ortiz la madre deRuben Delgado ortiz por este medio deso perdir abierta mente perdon no disculpas sino perdon a la Famila de jose enrique saladin por todo el dolor q le a causado mi hijo . Me duele mucho ya q yo me pongo en su lugar y estoy deacuerdo con el mundo entero q los q esos jovenes hisieron esta mal y tienen q pagar por lo q realisaron no justifico ami hijo ya q al cumplir su mayoria de edad se creia hombre y no escuchava rasones y todo el mundo le desia y yo como madre lo aconsejava pero cuando tu mente esta llena de droga no piensas ni escucha . Se q con pedir perdon no se remedia nada solo quiero desir q estanta mi verguensa y dolor tanto por la orenda muerte del sr. Jose como por los chos de acusacion q caen sobre Rubencito mas solo me queda desir perdon a la familia perdon a el pueblo de puerto rico y lamentable mente RUBENCITO TE AMO CONTODO MI CORAZON PERO COMO HOMBRE TIENES Q PAGAR COMO TAL ESPERO ESTO SILVA DE ESPERIENCIA A OTROS JOVENES Q XQ SUS PAPA NO LE PUEDEN COMPRAR UNOS TENIS RAPIDO PIENSAN EN LO FACIL " VOY A DAR UN PALO" ENVES DE DESIR VOY A LAVAR UN CARRO , UNA MARQUESINA O A UN SUPER A SACAR COMPRA PA TENER LO Q QUIERO . PERDON PUERTO RICO VIRGEN ORTIZ"

Yo me topé con sus expresiones según reproducidas en el perfil de un amigo en Facebook. Y entre los comentarios de los demás usuarios al post, uno leía: “por poco lloro con la ortografía jajaja.” En respuesta, otro usuario comentó “hay que ser bien basura para burlarse de la ortografía de esta señora.” Yo indeciso, me pregunto si habrá que ser bien basura para llamar a alguien basura y considero a quien le tocará pedir disculpas primero y por qué: ¿A la usuaria que se burló de la ortografía de la Sra. Ortiz, considerando el contexto y contenido de sus expresiones escritas? ¿Al usuario que clasificó a la usuaria como basura por su comentario? ¿O al responsable, quienquiera sea, de que la señora haya tenido que hacer semejante declaración pública y exponer su 'mala' ortografía ante los ojos de los demás? ¿Le tocará al hijo, responsable del crimen?, me pregunto. O acaso el peso de la disculpa recae sobre el público (nosotros/as) que en cierta manera, lo exigimos de ella, en tanto nunca basta con detener/apresar/ajusticiar/encerrar responsables de delitos. Siempre tiene que haber algo más. En este caso, la disculpa forzosa/forzada de quien sin tener responsabilidad alguna por lo acontecido, viene a cargar la culpa mayor, incluso por no saber escribir su disculpa correctamente.
Pero entonces, aparecen nuevos comentarios al post en defensa de Virgen Ortiz, como por ejemplo: “El juez Casellas podrá tener una ortografía perfecta, pero esta señora le puede dar cátedra en decencia.” En decencia y vulnerabilidad, pienso yo. En la vulnerabilidad inagotable de la marginalidad de la hablante, de una mujer que sólo adviene visible a partir del fracaso público de su maternidad, al cual se le suman en sus expresiones escritas las carencias socio-económicas que a su vez dejan entrever la magnitud del fracaso. Pues parecería que las buenas intenciones de la señora según evidenciadas en el texto no pudieron vencer las condiciones estructurales bajo las cuales crió a su hijo. Otro comentario lee: “Esto demuestra que no es la falta de valores ni la mala crianza lo que genera el crimen.” Son las circunstancias y condiciones sociales, añado yo. Ahora bien, no por ello vienen las circunstancias y condiciones a ser las responsables de la muerte del Sr. Saladín, puesto que ellas no pueden ser apresadas, ni ajusticiadas, ni mucho menos pueden disculparse ante la familia de la víctima y ante la comunidad mayor. Hace falta una interlocutora de carne y hueso que pida perdón. Y el culpable confeso no basta, pues nunca se le puede tomar por sincero. Siempre podrá tener algún provecho que sacarle a su arrepentimiento. La sinceridad de la disculpa depende pues de haberlo perdido todo de antemano; de no haber nada para ganar. El hijo de la Sra. Ortiz se entregó a la maldad. La Sra. Ortiz, como se dice, “lo perdió.” Y con ello, desde la perspectiva del público, perdió también su mayor propósito en la vida. No hay circunstancia o condición socio-estructural que excuse esa pérdida.
En ese sentido, la Sra. Ortiz no responde simplemente por los actos de su hijo ni por su fracaso personal para con él (y por una extensión harto extraña con todos/as), como madre, sino por la particular ortografía que adquiere la marginación social en su escrito. Lo cierto es que le ha tocado a ella pedir disculpas por su pobreza también. Y falla. Por no saber escribir. Por no lograr comunicar efectivamente algo más allá de la pura, descarnada intención de ofrecerse al público que la lee para que éste decida quién debe rendirle cuentas por lo acontecido. Y decidir perdonar, si así lo estima prudente.
Pero, de nuevo, habría que preguntarnos acerca de la necesidad y el significado de ese perdón. ¿Qué es la ciudadanía para recibir semejante disculpa de la madre? ¿Acaso la recepción de la misma y los comentarios, cuales sean, que el texto inspire, no implican de por sí una especie de confirmación de su culpa y ratificación de su condena? Lo cierto es que la disculpa de la Sra. Ortiz más que recibida ha sido bienvenida por los medios, por los y las comentaristas de radio y televisión, y por la ciudadanía en general. El consenso parece ser que “le tocaba.” Por ser ella a fin de cuentas la causante del problema, aunque no del crimen. Y en tanto no puede ser ajusticiada formalmente, la disculpa pública viene a ser su castigo. Esto, claro, luego de ya haberlo perdido todo, cuando, como dicen, perdió a su hijo.
II
19 de febrero 2012
Asunto: Hombre de 58 años mató a su hijo de 8 de un balazo mientras dormía y procedió a quitarse la vida. Esto, luego de agredir a su esposa y madre del niño.
Otros detalles relevantes: La mujer es cadete de la policía. Huyó de la casa con su hijo mayor. Dejó al chiquillo durmiendo. Intentó buscar ayuda. No funcionó.
Dictamen: El hombre es un cobarde. El niño nunca tiene la culpa. La mujer es responsable por ambas víctimas.
La controversia en este caso no versa sobre los hechos materiales, sino sobre la victimología. Son tres y no son iguales. Primeramente, el niño: No merecía morir. Punto. En segundo plano, el hombre, quien no suponía morir así: cobardemente, de su propia mano, libre de un posible acto justiciero. Finalmente, la mujer, que los sobrevive y es marcada por la victimización de ambos. Me explico.
Es fácil interpretar la matanza del niño a manos del padre agresor como una manera de castigar (ejemplarmente) a la madre. Castigarla, quizás, por lo que fuera el motivo de su ira en el momento y principalísimamente, por la presunción equivocada de que la misma no se extendería a sus hijos. Al menos no a ese. Al menos no de esa forma. De ahí que se discuta en la prensa acerca del buen o mal juicio de la mujer al dejar al chiquillo durmiendo y huir. Más aún, que se cuestione su decisión de mantenerse y mantener a sus hijos en el marco de una relación abusiva.
Dichos debates, cuestionamientos y críticas, en vez de contribuir a la discusión seria sobre la violencia de género, facilitan la aparición discursiva de una co-autora del delito de asesinato que debe responder por el niño en tanto debió haber prevenido la muerte del inocente a manos de un cobarde suicida. Prevenirla no solo al momento del delito, sino “desde un principio.” El problema, claro, es que es difícil precisar exactamente cuándo la vida del niño entró en peligro, o cuándo ella debió salirse de una “mala” relación, o cuándo “trabajar la relación desde adentro” la transformó en una “masoquista” o en una “mujer sin dignidad” o “con la autoestima baja” etc.
Peor aún, la ausencia del verdadero y único autor del delito agudiza este aparente afán de responsabilizar a la mujer por el carácter y las consecuencias de la relación abusiva en que se encontraba inmersa. Se podría argumentar, incluso, que el suicidio opera en este contexto como un suceso interruptor en la cadena de la causalidad. Al menos en la cadena ideológica. Es decir, si el asesinato del niño funge como castigo de la madre, el suicidio representa la absolución del padre. Al hacerlo, dicho actor puede ser casi inmediatamente despachado como cobarde o como loco, sin mayores indagaciones en torno a su responsabilidad como autor de hecho (y sujeto ideológico), mientras que la mujer queda aquí para responder por un hijo y un esposo muertos. Ahora bien, esto no implica una segunda victimización de la mujer, a ser sumada a la violencia sufrida dentro de los contornos de su relación con el difunto. Más bien se trata de la consecuencia lógica, perversa de esa cadena de causalidad que origina no de los hechos, sino del “dictamen” del caso.
Asunto: Hombre mató a su hijo para castigar a la mujer y fue absuelto.
Otros detalles relevantes: La mujer intentó buscar ayuda. No funcionó.
Dictamen: La mujer es culpable.
La controversia versa sobre la manera en que atendemos las múltiples víctimas y sus respectivas victimizaciones en esta tragedia. En particular, la única víctima aquí que es total sin ser perfecta. Imperfección que radica en no poder alegar inocencia ni cobardía. En ser simplemente una más. De las de todos los días.
III
6 de octubre 2011
Cincuenta y cinco personas en su lista de amigos. Gente normal, a juzgar por sus fotos de perfil. Claro, normal hasta que recuerdo que son amigos de una persona capaz de cometer semejante crimen. But then again, qué rayos hago yo pasando juicio sobre ellos cuando heme aquí espiando la página de Annette Morales Rodríguez, considerando enviarle un friend request para hacer contacto. Preguntarle qué programa vio en el Discovery Channel, si practicó antes y con qué (o quiénes).
Todas preguntas hiper-impropias, pero importantes si he de adentrarme en las nefastas maquinaciones de una mente criminal. De mentes criminales, conozco yo par de criminales dementes (get it?). Desde luego, la demencia cancela lo criminal (¿y viceversa?). Aunque quizás lo verdaderamente fundamental desde un punto de vista semi-científico no sea la naturaleza exacta de la maldad o locura de la mujer, sino la sociedad que la produce. A lo que cualquiera (y me incluyo) podría responder: “La sociedad también me produjo a mí y yo no ando por ahí matando mujeres embarazadas.” Por otro lado, tengo 361 amigos en Facebook y francamente no doy fe por ninguno. De hecho, de alguno terminar siendo asesino en serie y me preguntaran los medios al respecto diría: “Pues fíjese, yo siempre le daba “like” a los videos que colgaba en su página, aunque nunca chateamos, debo decir, pero el tipo no me parecía mal del todo.” Lo cual presenta la siguiente interrogante ¿qué realmente sabemos de las personas que no conocemos fuera de que hace media hora informaron estar en el cine, en Hato Rey, en Fine Arts, sentados con su pareja, pero de que bien al frente? El caso es que ya he entrado tantas veces al perfil de Annette, que ahora la máquina piensa que nos conocemos. Y tiene razón.
Yo quizás no comprenderé la naturaleza exacta de su maldad o su locura, de alguna de ellas ser real. Pero sí soy producto de la sociedad que las produjo, y reconozco que el mayor valor que se le reconoce a una mujer (cuidado si el único) es ser madre. Y que el mayor peligro que se corre una mujer es dejar de serlo. Mujer, quiero decir. Porque lo cierto es que el 6 de octubre una mujer perdió la vida a manos de otra, quien a su vez dio por terminada su vida de mujer para convertirse en “basura,” en “cerda asquerosa y prieta.”
Y tiene sentido esta reacción (el coraje) en tanto el crimen fue demasiado horrendo. Sin embargo hay algo sumamente preocupante aquí. A juzgar por muchas de las reacciones recopiladas en las ediciones en línea de algunos de los principales rotativos del País, las mujeres no tienen derecho a tanto horror. A causarlo, quiero decir. Lo cierto es que un hombre mata y es un asesino. En cambio, una mujer mata y simplemente deja de ser. Y bueno, una mujer mata cómo y porqué mató Annette Morales Rodríguez y para los efectos sólo existe en Facebook, posando junto a un árbol de navidad. Pero, ¿posando cómo qué? Ni idea. Sin embargo, ni como “basura” ni como “cerda asquerosa y prieta.” Posando quizás como una perfecta desconocida cuya foto puedo acceder, la cual desafortunadamente no me intima nada acerca de una mujer que recogió a otra en Wisconsin para llevar a cabo un plan macabro y acabó con la vida de la muchacha y la de su bebé.
Demente. Mentira. Criminal. Aún no me he decidido. Es demasiado el horror, supongo. Sin embargo, heme aquí de nuevo frente a la página de Annette, “mirándola.” Por otro lado, ahora que lo pienso, en ningún momento se me ha ocurrido escribir el nombre de la víctima en el buscador (ni aquí, por lo visto). Las víctimas siempre merecen respeto, precisamente porque alguien no lo tuvo para con ellas. Por supuesto.. Pero entonces ¿querrá eso decir que no respeto a Annette? Cuestionamiento ante cual cualquiera (incluyéndome) rápido saldría a mi defensa: La pregunta es si ella lo merece y por qué.
Por criminal. Mentira. Por demente.
También.
IV
Estas tres estampas, armadas a partir de recuentos periodísticos, comentarios y reacciones a las noticias, según fueron publicadas, tienen en común la figura de la madre que es marcada brutalmente por alguna versión del infortunio: La madre cuyo hijo termina siendo asesino, la madre cuyo esposo mata a su hijo, la madre que no pudo ser y en su lugar mata a otra y a su niño por nacer. Las he narrado a destiempo. Quiero decir, en desorden. La más reciente primero, no como una ayuda/favor a nuestra memoria colectiva, sino más bien porque es el punto más cercano en la línea del tiempo hacia donde y desde donde mirar. Es también, propongo, la estampa de la madre perfecta, en tanto no existe duda acerca de su culpabilidad: Virgen Ortiz parió a un asesino. No hay de otra.
Tanto en el caso de Annette Morales como en el de la cadete de la policía, bien las particularidades de lo acontecido o bien las dudas respecto al estado mental de la sujeto, podrían a su vez arrojar dudas en torno al grado de responsabilidad que tuvo cada una desde la perspectiva de la ciudadanía en general. Por un lado, es difícil precisar cuándo y cómo debía la cadete haberse salido de la relación. Por otro, Annette podría estar “loca.” En todo caso, no son las culpables perfectas, y por tanto resultan madres imperfectas. Aunque no por ello menos (o más) fracasadas. Aunque no por ello más (o menos) criminalizadas en un sentido amplio de la palabra.
El caso de Virgen Ortiz, sin embargo, es claro. Su culpa es originaria, perfecta. De hecho, las particularidades de su caso revelan que la maternidad supone ser aquel proyecto/fenómeno social capaz de absorber toda la culpa de los demás actores del mundo, y mediante dicha absorción, supone absolver de toda culpa al mundo, siendo la mujer-autora de dicho proyecto, la única y total responsable. De todo y ante todxs. De ahí que, como ciudadanos y ciudadanas, hayamos recibido con beneplácito las disculpas de Virgen Ortiz. Como si ella nos debiera algo. Como si le tocara de alguna forma explicar la labor que hizo como madre para con su hijo. Como si realmente habría algo más que buscar, luego de haber buscado y hallado al responsable del crimen.
La maternidad, entonces, es ese algo más—el excedente de culpa que queda por asignar luego de que los culpables de delito hayan sido llamados a responder. Por los responsables responderán sus madres. Incluso, cuando éstas no tengan nada que ver con el asunto. De hecho, cuánto menos tengan que ver, mejor. Quiero decir, peor. Para ellas. 

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