6.2.13

Ricky Rosselló, on the occasion of you not showing up


Los mejores días de clases son cuando el profe no va. Uno espera esperanzado en el pasillo, pendiente al sonido de los pasos de cada persona que dobla la esquina en dirección al salón. Uno mira al suelo, a sus propios pies. Uno mira al celu, y levanta la vista levemente pidiendo que por favor no sea el profe que llega desesperado, con cara de “excúsenme, es que el tráfico.” Y uno decepcionado, levemente molesto recoge sus bártulos y procede a entrar al salón, alicaído, tras el profe que para colmo no interesa perder más tiempo y rápido comienza a preguntar acerca del material que alega cubrió la clase pasada y es un verdadero badtrip porque ahora toca hacer memoria, hacer el aguaje de que lo dicho en aquella ocasión es verdaderamente importante y uno decide desde su pupitre que sería mejor morir en ese preciso momento en que él posa la mirada sobre uno y exige escuchar una serie de planteamientos concatenados salir de tu boca así porque sí y uno mira al suelo, a sus propios pies. Uno mira al celu y desvía la vista levemente pidiendo que por favor mande a otro a hablar. Los peores días de clases son así.

Ricky Rosselló de seguro sería el profesor favorito del estudiantado que espera en los pasillos esperanzado, deseante, queriendo con todas sus fuerzas que el profe no llegue más nunca al salón y que la administración nunca se entere de que el semestre corre sin el grupo reunirse una sola vez, y al final pues obvio que tendrían que darle A a todxs lxs que fielmente esperaron, porque la espera también puede ser una estrategia pedagógica. Siempre hay una lección que aprender del mero hecho de esperar por algo o por alguien. En el caso del profesor Rosselló, la lección se extiende más allá de los contornos de un curso universitario. Es lo que llaman una lección de vida y es ésta: su carrera profesional jamás se podría ver reducida a leer y mandar a leer, pues desde niño en salones decididamente distintos a los salones de clases de los que hoy se ausenta, aprendió a mandar sin más y quien manda no lee, y mucho menos interesa que otrxs lo hagan. Interesa que se dejen mandar sencillamente, esperanzados con la idea de que la orden a seguir les haga bien.

Hoy, el Dr. Rosselló se especializa en mandar a sus estudiantes de regreso a sus casas mientras el resto del pueblo supone esperar el día en que él pueda por fin mandarnos a todos y todas por igual. Es, sin duda, una lección en desesperanza y desesperación la que se va fraguando en la docencia de Ricky. Yo jamás quisiera ser su estudiante, como tampoco quisiera ser su gobernado. Lo cierto es que mis profesores y profesoras más queridas, nunca me hicieron esperar o perder el tiempo, ni me permitieron jamás bajar la vista, ni dejarme vencer por el miedo al momento de hablar sobre lo leído. “Toda ocasión para aprender es importante,” decían sin nunca jamás decirlo. Toda ocasión para oponerse también. Sepa el Dr. Rosselló que muchxs ya lo tenemos bien leído y que no dejaremos perder la ocasión. 

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