19.2.13

Llegaron lxs transexuales


y par de gente más. Un tipo que se presentó como un activista de años largos “metido en el meollo del movimiento gay” declaró ante el corillo que “si se hubiese tratado de dos tipos bailando sin camisa en una tarima con música, el parque estaría atestado de locas.” En la radio, unas horas más tarde, Samantha Love hablaría de divisiones y conflictos entre el liderato de la comunidad para explicar el número modesto de manifestantes en el lado sur del Capitolio. Para distraerme, observaba a dos chamacos con camisas de Puerto Rico se Levanta y pantalones de basket acercarse a escuchar a la Lcda. Conde. Apuntaban a dos mujeres trans, reían. Al ratito se les unió una muchacha con una camisa pintorreteada de símbolos de paz y pecesitos de Jesús. Los muchachos le indicaron hacia donde mirar y rieron los tres. Luego se acercaron al guardia más cercano. Y fueron cuatro. A carcajadas. Justo al lado de ellos, una mujer con su hijo de la mano. Tendría tres años quizás. A la mujer la conozco de saludarla en la Librería y de Facebook. A su niño lo conozco de las fotos que ella cuelga en su perfil. Al ratito se les unió un hombre con gafas y boina. Se agarraron las manos los tres. Y permanecieron en silencio, escuchando. Luego aplaudieron cuando el muchacho que tomó el micrófono exigió, con su voz de niño casi, el fin al odio y al discrimen. Luego escucharon de nuevo. El hombre y la mujer se alternaban acariciando la cabeza del niño. Yo le dije hola con la mano a la mujer. Nos sonreímos. Luego me viré a mirar a la gente a mi alrededor, sentada en la grama, en familia, los y las manifestantes de derecha. Gente común y corriente, para nada Mala, supongo, excepto en ese preciso momento, en esa ocasión, donde todo lo malo que puede ser una persona extingue su capacidad de hacerse hermosa y conmover a quien la mira con un gesto tan sencillo como acariciar la cabeza de un niño o tomar el micrófono y con una voz de niño casi exigir el fin del odio y el discrimen. Regresé a mi casa vencido porque ellos son más. Demasiados. Pero no me conmueven. Jamás serán tan hermosxs como nosotrxs.

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