19.2.13

Llegaron los fundamentalistas


Los pasajeros dan contra las ventanas de la guagua escolar, señalan a las y los manifestantes de la oposición y gritan: “los amamos.” Todos y cada uno de ellos, sin excepción. No importa la iglesia. No importa el municipio de origen. No importa si animan sus cánticos celestes con panderetas o a mano pelá. Todos y cada uno de ellos pasan por frente a los cuatro gatos congregados en el parque Luis Muñoz Rivera y proclaman su amor por nosotrxs, sin excepción. Si esto es amor, el amor es una mierda.

Al llegar, una de las organizadoras me preguntó si pertenecía a la comunidad, y contesté algo extraño e inconcluso, como “No, pero me solidarizo con ustedes porque tú sabes, esto...” Y me entregó una pancarta que sujeté por par de horas a orillas del parque mientras pasaba una guagua tras otra camino a la concentración. Los cristianos tienen que ser las personas más ruines del mundo, aún así froté mi chapita de San Judas y pedí por la segunda venida de Cristo para que detuviera el tráfico y les aguara la fiesta. Pero no se me dio.

De camino al parque temprano, cruzaba entre carros de cristianos identificados por bumperstickers pro-familia, y ventanas escritas como estudiantes de cuarto año en su día de fuga. Por poco lloro al darme cuenta que vestía los colores de la bandera oficial de la actividad: Todos los conductores me dieron paso. Caminaba por la calle en zig zags.

“¡Los amamos!” me grita un señor y su señora esposa, quienes según su pancarta llevan 47 años casados. Tras ellos, una pareja más joven y tres niños se bajan de una de las guaguas municipales. El más chiquito sostiene un letrero que lee “No a las enmiendas: Ley 54.” Apenas tiene edad para contar hasta quince, pero creo que acaba de decir que me ama. Viste una camisa de “Jesucristo, única alternativa.” Y yo me pregunto dónde estará que no llega y manda a toda esta gente para sus casas a dar gracias porque finalmente cumplió su promesa y ahora podemos todos y todas vivir en paz. Cada uno con lo suyo y para bien.

Le ofrezco al niño mi pancarta en intercambio, pero no me entiende. El padre sí y lo hala por el brazo hacia los demás. Con demasiada fuerza. El niño se queja un poco, mas no deja caer su letrero. Ni pa dios.

Si esto es amor, el amor es una mierda. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario