27.2.13

Contratos, palabrería.


Salí a empeñar mi palabra pero nadie quiso contratar conmigo. En todos mis préstamos, yo soy el que debo. Lo digo con el particular orgullo de quien no tuvo de otra al momento de pactar. Para hacer un contrato, lo mejor es incluir cláusulas resolutorias en el texto del acuerdo, si no lo mejor es no tener palabra y firmar sin mayores reparos porque la última la paga el diablo. Casi todos los estudiantes que conozco estudian así. Endeudados. Apalabrados. Endiablados porque su palabra como deudor vale más que su palabra como ciudadano. Las palabras que escuché ayer de boca de los ciudadanos y ciudadanas congregadas nuevamente frente a Fortaleza eran de puro rencor y rabia e indignación. Ninguna de esas palabras aparecería en un contrato. Es muy difícil pactar la indignación. Es fácil sentirla cuando el gobierno ratifica pactos del diablo con los bienes del pueblo como objeto. 

Hoy amanezco con la imagen en pantalla de cuatro compañeros y compañeras encadenadas frente a las oficinas del Banco Gubernamental de Fomento. Eso es lo que llaman tener palabra (y fuerza de voluntad y hermosura y valentía sin fin) en algunos círculos. En otros, tener palabra es incumplir con promesas de campaña para honrar pactos con el diablo. Sépase que unos círculos se expanden, otros se achican y hay mucho más espacio en las calles de los pueblos, que en los pasillos del palacio.

Para entendernos, en un país de deudores, todo el mundo sabe lo que es un contrato, a quien le toca pagar y quienes tendrán la última palabra, cuando en las bocas de todos y todas lo que se habla es de indignación y rabia y rencor. Lo digo con el particular orgullo de quien no tiene de otra más que creer en las consignas que escuché en el piquete de ayer. Ninguna aparecería en un contrato. Pero son coreadas con honor y sépase que serán honradas.
La última la paga quién. A ver. A ver. 

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