27.2.13

Contratos, palabrería.


Salí a empeñar mi palabra pero nadie quiso contratar conmigo. En todos mis préstamos, yo soy el que debo. Lo digo con el particular orgullo de quien no tuvo de otra al momento de pactar. Para hacer un contrato, lo mejor es incluir cláusulas resolutorias en el texto del acuerdo, si no lo mejor es no tener palabra y firmar sin mayores reparos porque la última la paga el diablo. Casi todos los estudiantes que conozco estudian así. Endeudados. Apalabrados. Endiablados porque su palabra como deudor vale más que su palabra como ciudadano. Las palabras que escuché ayer de boca de los ciudadanos y ciudadanas congregadas nuevamente frente a Fortaleza eran de puro rencor y rabia e indignación. Ninguna de esas palabras aparecería en un contrato. Es muy difícil pactar la indignación. Es fácil sentirla cuando el gobierno ratifica pactos del diablo con los bienes del pueblo como objeto. 

Hoy amanezco con la imagen en pantalla de cuatro compañeros y compañeras encadenadas frente a las oficinas del Banco Gubernamental de Fomento. Eso es lo que llaman tener palabra (y fuerza de voluntad y hermosura y valentía sin fin) en algunos círculos. En otros, tener palabra es incumplir con promesas de campaña para honrar pactos con el diablo. Sépase que unos círculos se expanden, otros se achican y hay mucho más espacio en las calles de los pueblos, que en los pasillos del palacio.

Para entendernos, en un país de deudores, todo el mundo sabe lo que es un contrato, a quien le toca pagar y quienes tendrán la última palabra, cuando en las bocas de todos y todas lo que se habla es de indignación y rabia y rencor. Lo digo con el particular orgullo de quien no tiene de otra más que creer en las consignas que escuché en el piquete de ayer. Ninguna aparecería en un contrato. Pero son coreadas con honor y sépase que serán honradas.
La última la paga quién. A ver. A ver. 

25.2.13

La Carne de René


De las expresiones que hizo el arzobispo Roberto González Nieves en torno a Ex parte AAR, ésta es mi favorita: “Los derechos de los niños a no ir a la iglesia si no quieren, deben ser una prioridad para la sociedad. No queremos que nadie sea víctima de indoctrinación, y menos en este caso, que la discriminación es el tema principal, el pan para partir, si se quiere, en tantas de nuestras iglesias. El derecho del niño y la niña a ser criados por un padre y una madre, o dos madres, o dos padres, o cómo sea, es un bien a protegerse.”

Es falso. Lo que dijo fue esto: Los derechos de los niños a ser criados por un padre y una madre son una prioridad para la sociedad. No queremos que nadie sea víctima de discriminación, pero en este caso me parece que no es un tema de discriminación, sino más bien del derecho del niño y la niña a ser criados por una madre y un padre.” Pero a mí me gusta mucho más mi versión. En particular, por que, muchas veces, cuando líderes religiosos hablan sobre derechos civiles, sumergen el pan en el vino y pretenden darle a uno de comer. Y, francamente, más que el cuerpo de cristo, me atrae La Carne de René. Pero bueno, la literatura no es para todxs, supongo. La religión tampoco. Aunque no por ello, diría que la literatura es como la religión. Sobre todo, cuando entre escritorxs y lectorxs, la libertad suele ser el eje de todo: el deseo de uno, la carnada de otro, lo que mis ojos me permitan leer de lo que tu mano rayó en el papel.

Es desde la libertad que gozo en la literatura que puedo jugar con las expresiones del arzobispo, aun cuando él no sea la figura idónea del goce o la gozaera. No lo culpo. Yo cuando iba a la iglesia, no gozaba nada. Cero. Y eso era sólo un ratito los domingos. Imagínate trabajar allí.

Mucho en la literatura es imaginación. Por ejemplo: ir a la iglesia y escuchar al cura leer un fragmento de La Carne de René como sermón. Gozaera pura y dura. Aunque no por ello, la literatura se debe leer como la palabra de dios. En este caso, las palabras son de Virgilio Piñera.

De igual forma, las palabras del arzobispo en torno a qué se merecen o no los niños y niñas en términos de crianza y familia, le pertenecen a él y a quienes rehuyen de la libertad y la imaginación como proyecto de vida. La literatura es eso, un proyecto. Algo así como criar a un niño, entre libros quizás. Aunque la literatura no es para todxs. Depende del padre y de la madre, o de las dos madres, o de los dos padres, o cómo sea. Pero, libremente. 

21.2.13

Acerca de Ex Parte A.A.R.


Mi viejo solía decir que si el pueblo tuviera idea del gran poder que ostentaban los jueces del Tribunal Supremo, le prestaría mayor atención a su quehacer. Era una frase que utilizaba las veces que sentía que alguna persona no lo estaba tratando con la deferencia que él solía esperar (y exigir) de los demás. O cuando, en un restaurante, el mesero se demoraba en traerle la comida o la cuenta o el cambio. Lo decía un poco en son de broma. Pero con mucha mala leche, aunque mi viejo no acostumbraba utilizar la expresión “mala leche” que yo recuerde. Sí gustaba incluir en sus opiniones escritas que ciertas cosas, como podría ser un error de parte de uno de sus colegas en el Tribunal, son tan obvias que “salta[n] a la vista y hiere[n] la retina.”

Un ejemplo de semejante error podría ser lo siguiente:

“Mediante la Sentencia mayoritaria que hoy emite el Tribunal en el presente caso, y la Opinión concurrente que sirve de sostén a la misma, el Tribunal jurisprudencialmente abre el camino y sienta las bases para que en nuestra jurisdicción dos personas del mismo sexo, uno de ellos transexual, se puedan casar entre sí.

Esa es la consecuencia jurídica inescapable de la decisión que hoy se emite; ello en vista del hecho de que, a base de una mera aseveración de que se siente mujer y de una intervención quirúrgica que no cambió el sexo de la persona como tal, el Tribunal convierte a Andrés Andino Torres en una mujer para todos los efectos jurídicos, pudiendo esta persona contraer matrimonio, como una mujer, ya que su certificado de matrimonio así lo establece de manera oficial.”

Así leen los primeros dos párrafos de la opinión disidente emitida por mi viejo en Ex Parte Andino Torres, donde una mayoría del Tribunal permitió hacer el cambio al certificado de nacimiento de una persona que se había sometido a un cambio de sexo. En aquella ocasión, el Tribunal decidió, conforme al principio de equidad, que la realidad jurídica contenida en los documentos estatales debía ajustarse a la realidad social, vivida de una persona. Mi viejo, sin embargo, sólo anticipaba y temía de la posibilidad de que Andino pudiera casarse legalmente con un hombre. En cuyo caso, a su parecer, el Tribunal estaría legalizando el matrimonio de dos personas del mismo sexo. El error que saltaba a la vista y hería la retina es que Andino Torres era mujer. Obvio. Pero mi viejo no lo podía o no lo quería ver.

En el día de ayer, una mayoría del Tribunal utilizó el miedo de mi viejo como precedente para su análisis jurídico y dio al traste con los principios fundamentales de nuestro ordenamiento legal. La mayoría no pudo o no quiso ver la realidad social, vivida por una familia compuesta por dos mujeres y una niña. Y en cambio le impuso una realidad jurídica fundamentada en los más nefastos principios de las más burda exclusión legalizada.

“Hay errores que se repiten,” afirmación que no podría atribuirle a mi viejo ni a nadie más, pues medio mundo lo dice. El error, en ocasiones, visibiliza el poder. Lo trae a la luz. Para que salte a la vista. Hiera la retina. Hoy muchxs de nostrxs amanecimos restregándonos los ojos, dolidxs, intentando de nuevo enfocar la vista en nuestro mundo inmediato, para que la inmediatez del error cometido por el Tribunal no nos ciegue.
Y podamos permanecer por siempre vigilantes.

19.2.13

Llegaron lxs transexuales


y par de gente más. Un tipo que se presentó como un activista de años largos “metido en el meollo del movimiento gay” declaró ante el corillo que “si se hubiese tratado de dos tipos bailando sin camisa en una tarima con música, el parque estaría atestado de locas.” En la radio, unas horas más tarde, Samantha Love hablaría de divisiones y conflictos entre el liderato de la comunidad para explicar el número modesto de manifestantes en el lado sur del Capitolio. Para distraerme, observaba a dos chamacos con camisas de Puerto Rico se Levanta y pantalones de basket acercarse a escuchar a la Lcda. Conde. Apuntaban a dos mujeres trans, reían. Al ratito se les unió una muchacha con una camisa pintorreteada de símbolos de paz y pecesitos de Jesús. Los muchachos le indicaron hacia donde mirar y rieron los tres. Luego se acercaron al guardia más cercano. Y fueron cuatro. A carcajadas. Justo al lado de ellos, una mujer con su hijo de la mano. Tendría tres años quizás. A la mujer la conozco de saludarla en la Librería y de Facebook. A su niño lo conozco de las fotos que ella cuelga en su perfil. Al ratito se les unió un hombre con gafas y boina. Se agarraron las manos los tres. Y permanecieron en silencio, escuchando. Luego aplaudieron cuando el muchacho que tomó el micrófono exigió, con su voz de niño casi, el fin al odio y al discrimen. Luego escucharon de nuevo. El hombre y la mujer se alternaban acariciando la cabeza del niño. Yo le dije hola con la mano a la mujer. Nos sonreímos. Luego me viré a mirar a la gente a mi alrededor, sentada en la grama, en familia, los y las manifestantes de derecha. Gente común y corriente, para nada Mala, supongo, excepto en ese preciso momento, en esa ocasión, donde todo lo malo que puede ser una persona extingue su capacidad de hacerse hermosa y conmover a quien la mira con un gesto tan sencillo como acariciar la cabeza de un niño o tomar el micrófono y con una voz de niño casi exigir el fin del odio y el discrimen. Regresé a mi casa vencido porque ellos son más. Demasiados. Pero no me conmueven. Jamás serán tan hermosxs como nosotrxs.

Llegaron los fundamentalistas


Los pasajeros dan contra las ventanas de la guagua escolar, señalan a las y los manifestantes de la oposición y gritan: “los amamos.” Todos y cada uno de ellos, sin excepción. No importa la iglesia. No importa el municipio de origen. No importa si animan sus cánticos celestes con panderetas o a mano pelá. Todos y cada uno de ellos pasan por frente a los cuatro gatos congregados en el parque Luis Muñoz Rivera y proclaman su amor por nosotrxs, sin excepción. Si esto es amor, el amor es una mierda.

Al llegar, una de las organizadoras me preguntó si pertenecía a la comunidad, y contesté algo extraño e inconcluso, como “No, pero me solidarizo con ustedes porque tú sabes, esto...” Y me entregó una pancarta que sujeté por par de horas a orillas del parque mientras pasaba una guagua tras otra camino a la concentración. Los cristianos tienen que ser las personas más ruines del mundo, aún así froté mi chapita de San Judas y pedí por la segunda venida de Cristo para que detuviera el tráfico y les aguara la fiesta. Pero no se me dio.

De camino al parque temprano, cruzaba entre carros de cristianos identificados por bumperstickers pro-familia, y ventanas escritas como estudiantes de cuarto año en su día de fuga. Por poco lloro al darme cuenta que vestía los colores de la bandera oficial de la actividad: Todos los conductores me dieron paso. Caminaba por la calle en zig zags.

“¡Los amamos!” me grita un señor y su señora esposa, quienes según su pancarta llevan 47 años casados. Tras ellos, una pareja más joven y tres niños se bajan de una de las guaguas municipales. El más chiquito sostiene un letrero que lee “No a las enmiendas: Ley 54.” Apenas tiene edad para contar hasta quince, pero creo que acaba de decir que me ama. Viste una camisa de “Jesucristo, única alternativa.” Y yo me pregunto dónde estará que no llega y manda a toda esta gente para sus casas a dar gracias porque finalmente cumplió su promesa y ahora podemos todos y todas vivir en paz. Cada uno con lo suyo y para bien.

Le ofrezco al niño mi pancarta en intercambio, pero no me entiende. El padre sí y lo hala por el brazo hacia los demás. Con demasiada fuerza. El niño se queja un poco, mas no deja caer su letrero. Ni pa dios.

Si esto es amor, el amor es una mierda. 

18.2.13

Disappearing acts


Ni aunque me ponga mi camisa de Yulín donde quiera que vaya lograría que la alcaldesa estuviera en todos lados, se hiciera partidaria de todas las causas que estimo ella estimaría justas. Más camisas de causas que Yulín, nadie. Y nadie lo puede negar. Aún así, no por ello es la más justiciera. Case in point: Sepa la alcaldesa que ayer marchamos por las calles de su Viejo San Juan y al menos uno de los presentes no podía sacar el siguiente estribillo de su cabeza: dónde/ dónde estabas tú/ dónde.

Es la segunda vez que sectores de la sociedad civil, sindicatos y organizaciones políticas se tiran a la calle Fortaleza para protestar contra la APP en el aeropuerto y Yulín no le llegó. Supongo que muy bien podría haber estado luciendo su camisa roja de PUEDA donde quiera que estuviera, pero la muchacha al lado mío tenía un pin de Hello Kitty en su mochila y coreaba que roja, roja es su bandera y roja es la sangre de la clase obrera. Ni idea de que querría decir con eso, pero parecía seria la cosa. Cosa que Yulín a veces no parece. Sobre todo cuando no aparece. Como ayer.

“Ni aunque nos encadenemos a las turbinas de un avión de Jet Blue cancelan el contrato, pero que conste que ando con mis cadenas en el carro,” escuché al compañero de la muchacha decir, y aunque ridiculísimo el comentario, el tipo estaba allí marchando. Y es hermoso saber que uno siempre puede contar con un par de locos dispuestos a volcar los límites de la acción política aunque la acción de seguro redundaría en el chiste. O en la tragedia. La izquierda es tragi-cómica así. Y necesaria. Y bienvenida.

Palabras que medio mundo utilizó (myself included) para describir la llegada de Yulín al poder. Porque parecía ser la más justiciera, con su clóset repleto de camisas de piquetes y marchas y prisioneros políticos. Y ahora no se aparece en nada. Aunque quizás es mucho pedir. Después de todo, Oscar López no ha ido a una sola manifestación. Y tiene un festival a su nombre. 

17.2.13

Wayne Enterprises


El hijo del Comisionado Gordon en Ciudad Gótica es un asesino. Sorprende a su padre mientras éste bebe café en un cafetín de la ciudad. Bromea con que la mancha roja en su camiseta es sangre de la mesera que acaba de estrangular en el baño. Le dice que está bajo tratamiento psiquiátrico. Que se siente mejor. Que busca trabajo. Que necesita una recomendación de su parte para un puesto en las Empresas Bruno Díaz. El café del Comisionado muere de frío. Antes de salir, tira de la puerta del baño temiendo encontrar el cadáver de la mujer. No sé que le sigue en la historia pues nunca compré la continuación.

En la vida real, al comisionado se le conoce como superintendente y murió de causas naturales en diciembre pasado. Su hijo no es un asesino, sino que contra él pesan cargos de narcotráfico. Según la prensa, ofreció la finca de su padre para esconder un cargamento considerable de cocaína. Ya en el 1999 había sido arrestado y encontrado culpable por su participación en un esquema de distribución de droga. Hizo 53 meses de cárcel. En el entierro del viejo, se llamó a sí mismo “la oveja negra de la familia.” Allegados de la familia aseguran que el súper murió sin saber que su hijo "andaba en malos pasos." Lo que le sigue en la historia es nuestra ya emblemática disposición a asombrarnos cuando los hijos de los ricos y/o poderosos se pasean por entre “los más malos” sin perderle pie ni pisá.

En la vida real, las historietas de súper héroes engañan, crean la expectativa—el mito— de las incontables posibilidades de Bien inherentes a todos los Bruno Díaz de la vida, aún cuando unos vendan drogas, otros los principales activos del País. Lo que continúa es el saqueo en el nombre del Padre, a manos del Hijo. El asombro en los ojos de todos nosotros, testigos, al encontrar el cuerpo de la mesera muerto en el piso. 

16.2.13

Marcha familiar


No hace falta una guía de wikén para saber a qué marcha ir. Yo quisiera manifestarme en un ambiente familiar. En familia no. Mis familiares, en términos generales, son gente bastante tierra. Quisiera ver caras conocidas, es lo que quiero decir. En las marchas, uno tiende a ver a la misma gente en contra. La gran mayoría son gente bien chévere, contrario a mi familia que nunca está en contra de nada, en términos políticos. Bueno, están en contra de cambios trascendentales a la política pública del País, como lo sería la protección legal a familias “no tradicionales.” Pero por eso nadie en mi familia estaría dispuesto a marchar. Los que marchan son los que quieren joder la cosa. Y mi familia no es de joder (o sea, joden con cojones) pero no en el espacio público que es a lo que me refiero. Claro, a menos que ocupen puestos de poder en el gobierno, entonces sí que joden con la vida del público en general. Pero eso no los hace activistas. Activistas, en su mayoría, son los que marchan en contra, digamos, de los estrechos vínculos entre iglesia y estado.

La familia es un vínculo harto extraño en tanto no representa un bien de por sí. Más bien es una imposición y uno brega como pueda con el tema, para bien o para mal. Algo así decidí escuchar en un sermón una vez que me prometieron que el cura iba a ser cool con el tema de matrimonio gay, adopción y parejas de hecho. Resultó no ser verdad. Y tuve muchas ganas de montarle un piquete frente a la parroquia. Pero no había quorum. Para que las manifestaciones queden chéveres, hace falta que mucha gente le caiga con su familia al punto de encuentro y se encuentre con un corillo nutrido de gente diversa. Eso es algo que muchas iglesias aún no han comprendido. La manifestación política no es un templo improvisado, círculo cerrado de oración. La manifestación política es un espacio de apertura para quienes estén dispuestos a tratar a todxs con apertura, les interese rezar o no. Apertura y libertad. Apertura y dignidad. Apertura e igual protección.

Por otro lado, muchas familias son abiertamente intolerantes a las múltiples maneras en que las personas optan por darle forma a su vida familiar. Mi familia es una de ellas. Este wikén yo les marcho en contra. 

11.2.13

Ben & Jerry's, Torrimar Station


Pena que Rodríguez Juliá no podía votar por Yulín en Guaynabo. No todo luciría gris para él. But alas, it is what it is. Ahora hace falta alguien que le compre un helado. Que pase por su mesa en La Tertulia, pida permiso, y le diga suavecito “sonríe, campeón.” Alguien en la redacción del periódico que le sugiera escribir una columna de jardinería o de mecánica. O mejor:
  1. Que lo nombren conductor honorario del tren urbano.
  2. Que René lo invite a hacer un featuring: “Cuando termine con Palés, te vua jartar a palos.”
  3. Que lo pongan a guisar como el juez cascarrabia en Idol Puerto Rico.
  4. Que lo nombren Ombudsman.
  5. Que los Caballeros de Colón le regalen un Oldsmobile.
  6. Que cambien el nombre de la 65 de Infantería a Paraíso Perdido.
  7. Que el próximo color de los M&Ms lo escoja él.
  8. Que Wapa le otorgue un contrato multimillonario para el programa “Martes con Edgardo.”
  9. Que Yulín cambie el azul de la bandera a gris.
  10. Que alguien en algún rincón del País vuelva a querer escribir como él. 

8.2.13

Para Oscar


Oliver Stone agarra una camiseta negra con letras blancas que dice FREEDOM NOW para Oscar López Rivera. La exhibe ante el público en una conferencia. La gente acá lo celebra. No es que sea la gran cosa, claro, pero es un bonito gesto. Sobre todo considerando que Stone es un director y guionista famoso, y no tiene conexión alguna con Oscar o con Puerto Rico, fuera de que sus películas a menudo se exhiben en la Isla. Una muy buena película de Stone es Natural Born Killers. Una mala es The Hand. Natural Born Killers trata sobre una pareja de asesinos. The Hand es una película de horror. Salió en el 1981, año en el cual Oscar fue encarcelado por conspiración sediciosa. No existe relación alguna entre estos dos sucesos. Esto no supone ser un comentario sobre los giros que da la vida, a lo “¿se habrá imaginado Oliver en el 1981 que en el trigésimo segundo aniversario de su película estaría exhibiendo una camisa a favor de la excarcelación de un prisionero político puertorriqueño?”

“¡Qué bárbaro!” Exclamo al momento de toparme con un tipo que viste una camisa con la imagen impresa de Stone sujetando la t-shirt de Libertad para Oscar. “Es un gesto,” me dice cuando indago acerca de su selección de camisa. “Me fascinan sus películas,” afirma. “Pero Oscar, que yo sepa, no ha hecho…” Y me callo porque he malinterpretado su gesto. “Mi favorita es Natural Born Killers,” dice y estoy de acuerdo con él pero por alguna razón extraña, no le quiero dar la razón en nada. “Tengo una de Conan que está hijaeputa. Es negra como ésta con las letras blancas y dice Who’s your Barbarian?” El tipo me sonríe con el pecho inflado, orgulloso de sí. “En verdá está medio charra,” le digo “quién rayos se pone una camisa de Oliver Stone.” Y sigo mi camino, contento, orgulloso de mí mismo. No es gran cosa, cierto. Pero es un gesto. Libertad para Oscar.

único camino

Hay más manifestantes que turistas en San Juan. ¿Será eso bueno o malo para la economía? Pregunto porque los turistas no tienen cara de que se quedarán con las ganas de volvernos a visitar muy pronto. Debíamos haber hecho pancartas en inglés, lo sabía. El guía les indica que pasen pegaditos a la derecha “without making eyes at nobody. And no worry, because this have nothing to do with you.” Y tiene razón: Dificultarle el camino al turista al pasar entre los y las piquetaras es frostin. No que nadie aquí necesariamente esté en contra del turismo, o de los turistas como tal, pero se siente bien ver el sol caer entre la gente reunida en las calles de la ciudad. Sentir por un par de horas que la calle aún es punto de encuentro para quien pueda llegarle a la protesta sin temerle a nada, esperanzado y no tener que preocuparse uno por ofrecer direcciones al gringo que pregunta a dónde los mejores “Panama hats.”

Creo que hoy al menos los gringos sienten un chispi de miedo y supongo que preguntarle a un socialista cómo se llega al casino no es la movida política más acertada que la mujer con la pamela podría hacer en el día de hoy. Yo, si fuera socialista, le diría a la mujer, muy pegadito a la izquierda, que al contrario, “this have everything to do with you, so you better open your eyes with worry and look at everybody here.” Yo abro mis ojos maravillado con la cantidad de gente en un piquete a las 5pm hoy día miércoles y si fuera socialista, diría que los caminos que toman para llegar a la protesta son múltiples pero convergen.

El único camino es el fin del turismo. Es decir, vencer la costumbre de andar por las calles del País desprendido de todo menos del sombrero sobre tu cabeza. Yo una vez cometí el error de preguntarle a un socialista dónde consiguió su sombrero y me ofreció una charla larga y tendida sobre todo lo acontecido en la historia del canal de Panamá. Él está aquí hoy piqueteando conmigo, como de costumbre. ¿Será eso bueno o malo para la economía? Pregunto porque de seguro nos volveremos a ver todos y todas aquí muy pronto.

El casino, creo, queda allá por las ventas del...

6.2.13

Ricky Rosselló, on the occasion of you not showing up


Los mejores días de clases son cuando el profe no va. Uno espera esperanzado en el pasillo, pendiente al sonido de los pasos de cada persona que dobla la esquina en dirección al salón. Uno mira al suelo, a sus propios pies. Uno mira al celu, y levanta la vista levemente pidiendo que por favor no sea el profe que llega desesperado, con cara de “excúsenme, es que el tráfico.” Y uno decepcionado, levemente molesto recoge sus bártulos y procede a entrar al salón, alicaído, tras el profe que para colmo no interesa perder más tiempo y rápido comienza a preguntar acerca del material que alega cubrió la clase pasada y es un verdadero badtrip porque ahora toca hacer memoria, hacer el aguaje de que lo dicho en aquella ocasión es verdaderamente importante y uno decide desde su pupitre que sería mejor morir en ese preciso momento en que él posa la mirada sobre uno y exige escuchar una serie de planteamientos concatenados salir de tu boca así porque sí y uno mira al suelo, a sus propios pies. Uno mira al celu y desvía la vista levemente pidiendo que por favor mande a otro a hablar. Los peores días de clases son así.

Ricky Rosselló de seguro sería el profesor favorito del estudiantado que espera en los pasillos esperanzado, deseante, queriendo con todas sus fuerzas que el profe no llegue más nunca al salón y que la administración nunca se entere de que el semestre corre sin el grupo reunirse una sola vez, y al final pues obvio que tendrían que darle A a todxs lxs que fielmente esperaron, porque la espera también puede ser una estrategia pedagógica. Siempre hay una lección que aprender del mero hecho de esperar por algo o por alguien. En el caso del profesor Rosselló, la lección se extiende más allá de los contornos de un curso universitario. Es lo que llaman una lección de vida y es ésta: su carrera profesional jamás se podría ver reducida a leer y mandar a leer, pues desde niño en salones decididamente distintos a los salones de clases de los que hoy se ausenta, aprendió a mandar sin más y quien manda no lee, y mucho menos interesa que otrxs lo hagan. Interesa que se dejen mandar sencillamente, esperanzados con la idea de que la orden a seguir les haga bien.

Hoy, el Dr. Rosselló se especializa en mandar a sus estudiantes de regreso a sus casas mientras el resto del pueblo supone esperar el día en que él pueda por fin mandarnos a todos y todas por igual. Es, sin duda, una lección en desesperanza y desesperación la que se va fraguando en la docencia de Ricky. Yo jamás quisiera ser su estudiante, como tampoco quisiera ser su gobernado. Lo cierto es que mis profesores y profesoras más queridas, nunca me hicieron esperar o perder el tiempo, ni me permitieron jamás bajar la vista, ni dejarme vencer por el miedo al momento de hablar sobre lo leído. “Toda ocasión para aprender es importante,” decían sin nunca jamás decirlo. Toda ocasión para oponerse también. Sepa el Dr. Rosselló que muchxs ya lo tenemos bien leído y que no dejaremos perder la ocasión.