28.1.13

Sobre la eliminación de la cuota y la alegría


Permítaseme decir que se permite la alegría, sin más, de aquellas y aquellos que permanecieron sentados frente a escuadrones de la policía, o se dejaron arrestar, o acamparon durante 62 días, o montaron barricadas, o marcharon hacia los guardias, o corrieron de ellos, o pasaron horas frente al cuartel. O todas las anteriores, y más. Se permite la alegría, sin condiciones, de quienes al repasar los eventos contenidos en las pasadas dos huelgas de la UPR, hacen un inventario íntimo de un asunto colectivo, sonrientes, porque las huelgas también se hicieron con mucha alegría compartida. Que no se nos olvide. ¿O acaso las y los estudiantes luchábamos tristes y apesadumbrados, congregados silenciosamente frente a la torre? ¿O acaso siempre esperamos para cantar victoria hasta el final? ¿O acaso perdimos las huelgas por cantar? La lucha por la universidad, entre tantas cosas, fue alegre de por sí. Porque no tuvimos de otra. Y qué bueno, carajo. Qué bueno.

Propongo entonces un fin al cinismo chic, a la amargura tropical y a las ganas de ser siempre el primero que grita lobo o el primero que escala, triste y apesadumbrado, su montaña de matices a la distancia para tener un punto desde donde mirar lo que acontece en nuestro entorno. En las huelgas mirábamos por entre el espacio abierto entre hombro y hombro, y veíamos todo claritito. Que se sepa.


La eliminación de la cuota es una alegría y recibir la noticia como un triunfo no es claudicar, ni significa que de la noche a la mañana uno se tornó en un iluso político. Si algo aprendí de mis compas en la universidad es que todo movimiento político está fundamentado en una ilusión. La ilusión, por ejemplo, de luchar juntos. Yo me ilusioné con las posibilidades de ese junte. Y no creo estar solo. Y no hay mayor alegría que esa. 

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