17.1.13

Hernán


En el teléfono la voz achiquitada de mi viejo profesor chileno, que salió de Chile cuando Pinochet, y se hizo sociólogo en Kansas. Su primera publicación fue sobre ventanas holandesas, la última sobre cine. “Escribir sólo sobre lo importante,” decía en sus seminarios con la mano sobre el corazón, lo juro. “Al corazón le importa lo que le de la gana. Procuren entonces echarse únicamente lo bueno al cuerpo.” La literatura es buena, decía. Y me regresaba a mi casa corriendo con libros debajo del brazo. Esa es mi escuela. Ese señor. Lo que corrí de su oficina a mi casa. Esta es una nota sobre la velocidad de mi universidad, recién vuelta pequeña en su voz en el teléfono. La palabra de hoy es diálisis. “¿Y cómo uno brega con eso, profe?” Te agarras de lo bueno, dice y yo apunto el título del libro para referencia. Lo sumo a mi lista de En Caso del Tiempo Pasar y Yo Quedarme Largo Rato Acumulando Años Aquí y Me Toque, Más Hacia el Final que Hacia el Principio, Someterme a Tratamientos Agónicos, No Olvidaré Leer lo Siguiente. “Para escribir, uno comienza con una breve lista de sospechas, de aquello que podría ser importante como objeto de estudio. Luego, pasa a una lista de apuestas, aquello por lo cual uno estaría dispuesto a desgastarse conociendo. Finalmente, una lista de compromisos, imposiblemente extensa para siempre tener algo importante que hacer. Al menos eso he hecho yo desde que salí de Chile y ya poco a poco voy sobrepasando el dolor.” Siento que mi universidad se encoge, y le quiero decir antes de colgar, que al principio de cada semestre repaso mis listas, que estoy comprometido con hacer a mis estudiantes correr, que me agarro de lo bueno, que siento que me desgasto, que apuesto a él, con la mano en el corazón, lo juro.

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