23.1.13

All apologies

El tipo ya se disculpó. ¿Qué más quieren? Si total, lo único que dijo fue que mucho gay junto da calor. Perdón, esos son los negros. Ahora mismo, curiosamente, tengo calor y a saber si estaré rodeado de gays, porque aquí nadie es negro. Me disculpo. Los prejuicios no son motivo de risa. Las explicaciones de los prejuicios, sin embargo, lo son. Por ejemplo esta: Wilfredo hizo expresiones de odio hacia los gays porque seguro es un gay de clóset. Es como si yo hablara pestes los cabros porque el cabro que pusieron a velar mis lechugas se las comió y alguien intentara explicar mi malestar diciendo que soy un cabrón en el fondo. El argumento seduce pero no convence. Odio a otros, muchas veces, no es odio a sí mismo, sino que odio al otro simplemente y es al menos un chispi problemático proponer casi siempre lo contrario en casos de homofobia, pues trata a la heterosexualidad en el País como si hubiera sido concebida sin pecado alguno.

Pero nada, no pasa nada. El tipo ya se disculpó. Una disculpa es como decir mala mía porque me comí la última ciruela en la nevera y era tuya. Como ser en extremo desconsiderado pero tener buenos modales. Como escribir una mala palabra en la pizarra e intentar borrar lo escrito antes de que llegue la missy, pero el trazo no desaparece del todo así que escribes otra cosa encima para disimular (el nombre de un país, por ejemplo: Turquía). No obstante, la missy puede leer el texto original y le pregunta a la clase quién es el responsable y antes de que alguien más te chotee, tú confiesas y como parte de tu confesión pides perdón. Pero nadie te toma por sincero. Y tú le preguntas a la missy y a la clase “¿Qué más quieren?” Porque ya te disculpaste y una disculpa debería bastar. Pero no, no basta. Y todos te miran como si fueras un cabro o un cabrón en el fondo, y te sientes como si tuvieras la barriga llena de lechugas o de odio, y te arrepientes, claro, de que te mangaran, pero no de comer o de odiar. Sino de que te manguen públicamente. Y por más que quisieras, nadie se está riendo. Porque no es cómico. Ni un chispito.


Entonces, se te ocurre, que una disculpa debería venir acompañada de un acto mucho más radical, como lo sería abrir tu barriga y devolver las lechugas o simplemente sacar tu odio a la luz pública, admitir que la palabra en la pizarra jamás se podría borrar del todo porque una palabra no es como la última ciruela en la nevera que ya no está. Las palabras nunca no están. En el fondo todo se reduce a una palabra: “Cabrón.”
Mala mía. 

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