15.12.12

Writers


Eddie está hablando de hospitalidad. Noto un tono hostil: “viene esta pendeja y...” Esto no lo dice Eddie, lo tomo de una conversación anterior. “Coño Eddie, ¿sería demasiado de muy novato tatuarme 'suplicante' entre ceja y ceja, producto de un entendimiento entre dos, no tú y yo propiamente, sino gente dispuesta a morir a la guarda de yo no sé quién me recibirá esta noche, ya despedido de ti? O sea, sé Quien. Pero no conozco la manera en que suplicaban los griegos por protección; el protocolo quiero decir.¿Eso me hará menos rehén? “Los rehenes no pueden preguntar,” me responde, visiblemente molesto y a mi guarda.

¿Qué tal si te ofrezco mi reino por tu copia de Caballo de Palo? Será esa la manera perfecta de pedir klemencia. “Es una manera de perder.” Esto contesta Eddie, aunque no en atención a mi pregunta. Está hablando de las prácticas escriturales del autor del libro que tiene en sus manos. Yo miro las portadas de los libros sobre la mesa y juego a adivinar qué autor perdió más en su carrera de escritor. “Los suicidas tienden a escribir las historias más alegres, por eso lo único que vale la pena leer son sus biografías.” Esto no lo digo yo, lo dice un escritor a mi lado cuyos libros hace tiempo perdieron lo que se conoce como “relevancia.” Su reino son cajas repletas de copias de sus libros metidos en un clóset en la casa de sus padres.


Concertamos una cita para intercambiar libros. “Eso haría del mundo literario local uno más hospitalario,” me asegura. Y yo contesto: “Nadie debería tener que suplicar para que lo lean.” El asiente alegremente, se despide y se va. Un suicida.  

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