17.12.12

The Road


Todos somos la madre del muerto que me identifica por error como su hijo en la calle. Cuidado, un asesino anda suelto y es dios, que no pasó el trabajo de diferenciarnos. “Dios te bendice,” me dice la señora, mirándome con detenimiento para cerciorarse de que de veras no soy su nene de vuelta pisando duro la tierra.
Yo iba camino a mirar las pistolas en oferta, con una novela debajo del brazo. En la novela, un hombre hace camino con su hijo en un mundo post-apocalíptico. El personaje anda armado.

Reescribo lo anterior: yo iba camino a mirar las pistolas en oferta, con una navaja debajo del brazo. Ando armado pues el libro no es protección, al menos que lo lea como manual de auto-defensa. Ahora, ¿dónde dejé mi auto?

En la novela, el hombre y el niño viajan a patita empujando un carrito de compras. En la vida real, me pregunto si tendré el presupuesto para una pistola, municiones, membresía al club de tiro etc. Me pregunto además si estaré loco por matar a alguien o si es miedo a que me maten.

Todo está cubierto de polvo y ceniza (en el libro). En la vida real, hay veintitantos chiquillos muertos a balazos en Connecticut. Otros tantos en China (a cuchillazos). En el espíritu de sobrevivencia, el hombre verifica que su hijo respira en medio de su sueño. En el espíritu de querer que el amor pueda contra la muerte, una mujer identifica a su hijo difunto en mí. Cuidado, un cadáver anda suelto. Dios lo bendice.


Yo voy de camino a comprar otra novela por el mismo autor, con mi libreta debajo del brazo. No ando armado. Vamos mundo, acábate. Acábame. A que no. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario