26.12.12

Paul O'Neill


La muerte de un extoletero siempre es motivo de tristeza. Perdón, la muerte de un exsuperintendente de la policía siempre es motivo de regocijo. Digo, si es que eres un fanático de a verdura. Estamos hablando de béisbol, que es de lo que más yo sé. En comparación con política.

Los Yankees del 1998 son considerados una de las mejores novenas en la historia del béisbol. En el 1998, los y las empleadas de la telefónica se fueron a la huelga. Algo con la privatización. Novena es un término de fanático, gente que sabe de béisbol habla de novenas, no de meros equipos, en tanto un equipo puede ser de casi cualquier cosa, pero una novena es béisbol puro. Fanatismo.

Toledo era el superintendente para el año en que los Yankees tenían una novena de ensueño. Si digo equipo pierdo, pues la fanaticada está clara en que el único equipo de ensueño es el equipo de baloncesto que ganó las Olimpiadas en el 1992. Yanquis también.

Un toletero, por definición, es un bateador de gran poder. En cuestiones políticas, el poder que ejerce el superintendente de la policía se presta para muchos abusos. De ahí que los toleteros de la novena contraria sean objetos del odio de la fanaticada local. Digo, si son fanáticos de a verdura. De ahí también que la gente común y corriente, fanática o no, odie al superintendente. Le desee la muerte, incluso. Por ejemplo yo, que odiaba de sobremanera a Paul O'Neill, toletero de los Yankees para la fecha en que Toledo mandó a tumbar las cabezas de manifestantes durante la huelga de la telefónica.

Lo peor que llegué a desearle a O'Neill fue que cayera muerto sobre el plato. Esto, momentos antes de haber conectado para un doblete. Deseo fútil el mío. Lo peor que escuché a otros desearle a Toledo en ocasión de su deceso era que ojalá hubiese muerto bien duro, o muchas veces o que hubiese sufrido, o que reviva milagrosamente, coja confianza y vuelva a morir de nuevo, más duro aún, más veces aún. Fanatismo. Del puro.

Yo, si me encuentro a O'Neill de frente hoy, tantos años después, no lo reconocería. Mi fanatismo tiene sus límites. Pero si me hubiese encontrado a Toledo momentos antes de morir, lo que no le hubiese deseado yo, fanático al fin.


Tres strikes, mirando. 

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