29.12.12

Cotidiano y Clemencia (fragmento)


La primera vez que vi a Augusto Angosto era el fotógrafo en la fiesta donde conocí a Clemencia. Donde conocí a la mujer que más tarde llamaría Clemencia al recordar nuestra primera conversación con ganas de haber respondido distinto.
-Lo mío es la interferencia, bailar.
-¿Me estás retando?
En la foto aparece el rostro de Angosto encimita del hombro derecho de Clemencia. “¿Truco de cámara?,” indagué. “Es una de las formas que cobra la persecución en mí.” “Forma remite al lector al trazo de la mano sobre el papel donde ha quedado plasmado el texto que glosa.” “Whatever,” contestó
el hombre con su boca “de tina atiborrada de alfileres.” Cito del poema porque me tropecé al salir y caí en ella. No fue un accidente. ¿Es eso bailar?


Cotidiano es por el trazo de la mano sobre el papel. Para efectos de caracterización, me podría haber llamado Vencedor o Vencido, sólo pido agua de su tinaja, carajo. La madrugada que desapareció Clemencia, vacié la casa en un saco, vendí el saco a un hombre menudo y apesadumbrado. Regresé. La casa había sido tomada por un Puerco Espín. Me ofreció cama. Me ofreció sombra. Me ofreció fuego. Por veinte pesos.
Esto fue después.


Se podría decir que la busqué. Que me la. Que cuando uno desea reencontrar a la mujer del nombre que te vendió el hombre por cigarrillos y semillitas, con su boca de tenaza sujetándote a través del tiempo desde el momento mismo en que pronunció su nombre de tina, de taza, de tinaja con agua bendita para beber, esa mujer se podría haber llamado Conejo, mi hermano, haberse ido hoyo abajo en la tierra y yo la estaría buscando.
Se podría decir que ella me encontró a mí.


¿Clemencia?”
“Sí.”
“Es Cotidiano.”
“Es de las cosas más lindas que haces.”

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