6.12.12

Bebo &. co.


El poeta desea matarlo. No él, sino alguien, algo, mediante algún mecanismo legal avalado por la comunidad de seres vivos. El poeta cita de la filosofía y en la cita se alega no haber encontrado nunca nada contundente en la filosofía en contra de la pena de muerte. En contra de la pena de muerte está la vida y muchos de los vivos. Parte de estar vivo es ver a unos morir; desearles la muerte a otros. El derecho penal moderno (¿cosa viva?) está fundamentado en la idea (¿demasiado poética?) de que el deseo sin más no es razón suficiente para gestionar la muerte de unos u otros. La poesía tiene en común con el derecho la necesidad de seres vivos que la conciban como una necesidad y acaten sus normas. Acatar las normas de la poesía es un acto pleno de libertad: uno lee y escribe cuanto y como quiere, reproduciendo el gesto poético en cantidad y manera. No tanto así con las normas legales, que se acatan (o no) en atención a su manera y la necesidad demostrada de ellas para propiciar la vida en comunidad. Como lo sería ‘’no matar.’’ De aquí que la violación a dicha norma incite el deseo entre algunos poetas  y demás sujetos de derecho a matar al que mata para inscribir en su epitafio la necesidad de respetar la vida ajena. Yo, en cambio, deseo del derecho lo mismo que deseo de la poesía: que fomente en mí la necesidad de mantener a aquellas y aquellos a mi alrededor vivos,  independiente de sus deseos de vida o muerte para mí. Deseo, además, mirar al derecho desde la poesía, deseoso de que mi deseo de vida para todos y todas se filtre en su registro y cobre forma de garantía sin condición. Para ello existe el mecanismo legal de la palabra (¡cosa viva!), en boca de juristas, poetas y sujetos cualesquiera, por siempre en contra de la pena de muerte. Me puedes citar.

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