11.12.12

Arnaldo


Los poetas son los peores mensajeros, no se dejan matar. Se mueren muy rápida o desapercibidamente. O’Hara, por ejemplo, muerto a causa de un bizarro accidente vehicular en la playa a los 40 años. El “poeta” en la novela Trance de Cabiya es otro ejemplo. Mas no recuerdo cómo, o si en efecto murió. Aunque en esa novela muere todo el mundo excepto un asesino interplanetario al final. 

Los poetas son los peores asesinos. Burroughs, por ejemplo, no escribía poesía. O no se le conoce por su poesía. Se le conoce por matar a su mujer equivocadamente (suponía insertar la bala en la manzana sobre la cabeza de su mujer, falló). Eso en materia jurídica se conoce como error en el golpe (creo). Yo una vez fallé intentando golpear mi imagen en el espejo, una cuestión en extremo poética. Arremetí con todas mis fuerzas contra el cristal, pero mi reflejo logró esquivar el golpe. Nos encontramos en el piso mi reflejo y yo, el recuerdo de mi reflejo y yo, habiendo él logrado evadirme justo a tiempo, una defensa perfecta, la de mi reflejo, intacto y ausente del espejo hasta una próxima ocasión. No obstante, no se me conoce por eso. 

Los poetas son los peores conocedores de las muertes de otros. Incluso las más bizarras, como la de O’Hara, muerto a causa de un encuentro fortuito con un vehículo tipo todo terreno en la playa a los 40 años. Una muerte perfecta como la manzanía. Suponía escribir manzana, pero es demasiado salvaje el detalle como para remitirnos a la fruta en la cabeza de la mujer, más bien la jungla acabada de descender sobre su cabeza, a manos de un “poeta” que la mata por error. 

Los poetas hacen muy pocas cosas bien. La mensajería es un ejemplo. De lo que no. Yo suponía enviar esta nota electrónicamente a un compañero poeta cuya muerte pasó desapercibida para mí. Murió en el Hudson. Muy a propósito. Se llamaba Arnaldo Sepulveda. No puedo decir que lo conocía.

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