19.11.12

Wallace & co.


Como funciona es que tu pones la foto del perrito desamparado y pides ayuda: para que lo cuiden, o lo curen, o se lo queden para siempre. La gente entonces comparte la foto de inmediato. Hace un comentario acerca del perrito, con más o menos lástima. Otra gente le da like. Al cabo de un rato la administradora de la página que coordina el recogido, cuido, y adopción de perritos desamparados pide que dejemos de simplemente compartir o comentar la foto y actually hagamos algo dirigido a rescatar, curar y/o brindarle hogar al perrito. Los likes paran de inmediato.

Al cabo de unas horas o unos días, aparece de nuevo el perrito, con su nueva familia. Amado. Fuera de peligro. Como por arte de magia. Compartimos la foto. Hacemos comentarios alegres. Acumulamos likes en nuestros respectivos perfiles.

Más tarde aparecerán tantos otros más en necesidad de rescate, tratamiento médico, amor de por vida. Compartimos fotos, comentamos, recibimos un regaño y...al final, la magia. Aunque de seguro los finales no son felices en todos los casos.

Yo no miro las fotos muy de cerca. Me da sentimiento, explico, a quien interese saber porqué. “Porque si las mirara, mano, tendría el apartamento lleno de perritos rescatados. O terminaría yo con ellos y otros tantos perritos en la calle, quebrao.”

Algo así diría a quien preguntara, para explicar que mi falta de atención se debe a un exceso de sentimiento que seguro me llevaría a tomar un curso de acción tan y tan radical, que mejor compartir la foto sin mirar ni mirarme mucho, y continuar “gozando” de la preocupación generalizada por tanto perrito corriendo peligro en nuestro País.

A mí un perrito realengo me salvó la vida. Así contesto a quienes preguntan “¿por qué Wallace?” “Por un escritor,” esa es la contestación corta. La larga es porque me salvó la vida. Porque la apertura a su amor me salva de a poquito cada vez. “¿Cada vez que qué?”

Cada vez que me siento como tierra y él se sienta a mi lado sin decir nada. Porque Wallace es mudo. Y siniestro. Y amado. Y ya no corre peligro allá afuera. Afortunadamente.

Yo no miro las fotos porque conlleva comprometerme. Y me es más fácil no hacerlo. Esa es la pura verdad. Me pasa con los perritos. Con casi todo lo que corre peligro allá afuera. Yo miro así, por encimita, confiado en que la magia obrará sobre sus vidas. Para entonces comentarlo siniestramente. Con alegría. Aliviado.


Wallace, sin embargo, no cree en la magia. Depende de mí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario