23.11.12

Macho Camacho (un guaguancó)


Lamentar la muerte cerebral del Macho Camacho no es darle un pase gratis a la violencia doméstica, ni fomentar el sexismo institucionalizado en el País. Por otro lado, celebrar su vida y su obra (dentro y fuera del ring) como somehow culturalmente importante no requiere atribuirle inmortalidad literaria en una novela que simple y sencillamente no tiene nada que ver con él.

La "importancia" del Macho, quizá, recae en que previo a leer la novela, muchos/as de mi generación pensábamos que trataba sobre el boxeador. Y pasamos las páginas de la lectura obligada, pendientes a cuándo carajo el Macho iba a salir.

Algo parecido nos hemos preguntado desde que ingresó al hospital. Y está bien desearle lo mejor, rezar por él, genuinamente creer que de alguna forma nuestra vida colectiva fue mejor con él aquí dando tumbos (dentro y fuera del ring). Claro, habrá que matizar esa creencia, ese entusiasmo. Pero, me parece, procede la compasión. Ese sentir de que está cabrón que se lo lleven así.

Sé que me aventuro a entrar en terreno discursivo peligroso: la muerte violenta y terrible como borrón y cuenta nueva para un sujeto indigno (en ocasiones) y en vida responsable (según lo que he leído) de actos despreciables de violencia doméstica. Lo que me lleva a cuestionarme: ¿tendría yo la misma consideración con otra figura menos simpática? Osvaldo Ríos, por ejemplo.

Depende de la forma que cobre la muerte en su vida. El Macho fue víctima de una de las formas de morir más cotidianamente viles, más terriblemente contemporáneas y más inevitablemente nuestras que conocemos, y eso no borra los aspectos más despreciables de su vida (mucho menos cuando fueron tan terribles, tan contemporáneos y tan nuestros como la forma que cobró la muerte en su vida), pero no impide sufrir porque uno más de nosotros/as haya caído víctima de la violencia callejera. No es menos trágico por ello. No es menos pérdida.


Cuando leí la novela de Luis Rafael pensaba que lo único que tenía del Macho era su Ferrari. Y su guaracha. Porque al Macho, según lo que había leído, le gustaba guarachar. Y boxear. Y cómo boxeaba. Guau.  

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