27.10.12

Tengo la heredad de Luis Fortuño



El título es una variación de la manera en que otro escritor traza, explica una coincidencia a través de espacios compartidos en las biografías de Luis y él. De ahí que la edad sea buen referente al cual apuntar para decir que no se parecen en nada sus vidas, pues las coincidencias no necesariamente redundan en semejanzas. Y menos cuando se trata de clase social y privilegios. Procede entonces hablar de posesión y pertenencia, aun cuando los sujetos no hayan coincidido en la diversidad de espacios a lo largo de dos vidas que se comparan.

Tengo la heredad de Luis Fortuño, con 18 años de menos. Sumo el título de la pieza al texto, para que el peso de la afirmación vuelque la opinión del lector en mi contra. Tomo nota sobre la diferencia en edad, aunque al privilegio no se le suma ni se le resta con años de más o de menos. Basta con nacer.

Recientemente, un candidato a la gobernación pretendía explicar la situación económica en la Isla-- el estancamiento, propiamente—haciendo referencia al “problema del mantengo” entre los sectores más desaventajados en nuestro País. No procede aquí repetir el consabido estribillo que a menudo se proclama con indignación y “sapiencia” como un diagnostico generalizado para entender nuestros males sociales. Todos lo conocemos. Basta con decir que Dalmau lo dijo en el debate del jueves pasado. Desde su heredad, propiamente. Sea cuál sea.

Yo sólo pretendo hablar de Luis y de mí, como dos mantenidos. Con heredad y títulos y licencia para decir y decidir sobre la vida de otros/as, sin hacer referencia al verdadero problema del mantengo a familias e individuos en esta sociedad, por abolengo y geografía, y color y modales a la hora de sentarse a la mesa.

Que conste, yo no quiero ser llamado a la mesa de la que habló Fortuño en el debate—esa donde se pide por favor que nos pasen la estadidad con la sal, y muchas gracias—, pero he comido en la mesa de Luis toda mi vida, como buen señorito.

Yo no sé en qué mesa acostumbra a comer Juan Dalmau. Pero en la mía, a través de los años, se nos ha servido y hemos comido hasta la saciedad, sin noción del verdadero valor del trabajo, con las simples ganas de comernos el rinconcito de mundo prometido y asegurado por nuestros progenitores y antepasados.

Yo aprendí a comer así. Educadito y todo. De hecho, así también me eduqué. Como un mantenido, a tiempo completo y sin dificultades mayores, más allá de la materia a estudiar. Basta con decir que he aprendido lo que es realmente estudiar, su verdadero valor en Puerto Rico y lo que cuesta, de mis estudiantes universitarios.

No obstante, se me ocurre que aún como igualito que Luis. Que su hijos también. El detalle aquí es la heredad, no los años. 


Cuando los miro largo rato, los diplomas en la pared me resultan tan extraños si los considero desde la perspectiva de quien trabaja consecuentemente para un fin en particular. Yo los obtuve gracias al “problema del mantengo” en este País. Habla claro, Juan. ¿Qué mesa ostentas?

El título es una verdad. Invariable.

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