9.10.12

ghosts that we knew


Carlos Centeno murió. Lo enterraron ayer. Me entero hoy. Vivía en los altos de una funeraria en Villa Palmeras. Natural de Jayuya. Tendría cualquier cosa entre cuarentaicinco y cincuenta años. No sé. Tal vez más, o menos. En su tiempo libre conducía el carro fúnebre de su casero, escuchaba salsa, salía con mujeres (muchas). Tocó con varias orquestas de merengue. Fanático del béisbol.

Carlos Centeno era mi “amigo.” A mis trece años era mi amigo favorito. Lo que se dice El Mejor. Trabajaba a tiempo completo para el Tribunal Supremo como alguacil. Escoltaba a mi viejo.

Hacía unos dieciséis años que no sabía nada de él. Hoy sé que fue sepultado en Villa Palmeras. Y se me ocurre preguntar quién condujo el carro donde viajaba su cuerpo. Hoy se me ocurre extrañarlo estúpidamente, cuando no queda nada por hacer más que pronunciar su nombre una y otra vez para provocarme el llanto.

Carlos Centeno era mi “amigo.” Las comillas responden a que el contexto de nuestra amistad fue extraño. Aquí procede una nota sobre el poder y la estructuración simbólica y sentimental de nuestras vidas—la de Carlos y la mía. Pero ahora mismo tengo ganas de que me duela mi porción del Dolor sencillamente.

Carlos me enseñó a boxear en su horario de trabajo. Me enseñó cómo pegarle a la curva, cómo mirar a la cara a mi viejo, aún cuando él no suponía mirarlo nunca a la cara por cuestiones de trabajo y de poder y de la manera en que estaban estructuradas nuestras vidas.

Carlos Centeno era mi amigo, y me duele perderlo hoy aún cuando murió el viernes pasado y han pasado incontables viernes en dieciséis años sin yo pronunciar su nombre que hoy se siente como el único nombre al que le debo mi porción de Amor sencillamente.

Y me duele, Carlos, me duele. Aunque nunca te llamé “Carlos” a la cara. Tu nombre de alguacil era “Centeno,” sin más. El nombre de mi amor por ti también. Y es una cosa bien jodía, mano, eso de los nombres que responden a estructuras de poder y al Amor al mismo tiempo.


Gracias por ser mi amigo. No me hacen falta las comillas. Me haces falta tú. 

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