20.9.12

Teníamos otras causas, pero las perdimos


1) Is it astonishing?
-Kenneth Koch

Los poemas/manifiestos aburren. Más si suponen hablar por una generación literaria o por un grupúsculo de literatos y literatas que se conocen y se quieren y se leen mutuamente porque muy pocos los conocen o los quieren. Y cada vez son menos los que los leen. La convocatoria, sin embargo, no era para poemas ni para manifiestos. Suponían ser ensayos sobre algún aspecto de la poesía puertorriqueña reciente. (Había una lista, creo).

Pues, de ser así, recién la poesía me apesta o me apetece. No estoy seguro. Por un lado, no aguanto estar cerca de ella. Es decir, en los lugares donde se hace/ se lee poesía. Por otro lado, me la quiero comer para acabar de una vez y por todas con la ilusión común entre mi grupúsculo particular de escritores de que realmente hacemos poesía al conocernos, querernos y leernos mutuamente. En todo caso, hacemos comunidad. O competencia. No estoy seguro.

Por ejemplo, Urayoán y yo coordinamos un almuerzo o un café y él llega con un libro nuevo debajo del brazo. Parte de mí dice “¡qué bien!”. La otra, “me jodí.” Yo lo leo con ganas de que sea verdaderamente maravilloso, porque conozco a Ura y lo quiero. Pero también, con ganas de que sea pésimo, para no sentirme tan mal de llegar al almuerzo o al café con él sin un libro o manuscrito nuevo debajo del brazo. Sin poder hacer ¡tah dah! Y es eso, uno como escritor siempre quiere hacer ¡tah dah! Es la única razón por la que estamos dispuestos a andar en grupo o identificarnos como movimiento. A falta de un público lector extenso, una generación. Es nuestra forma de hacer comunidad, supongo. Porque no tenemos de otra.

Se me ocurre que las comunidades deben de surgir así. Más que por un deseo compartido, por una necesidad. Circunstancia antes que voluntad. Esto porque la única voluntad reconocida y valorada en mi comunidad particular es escribir. Hasta las últimas consecuencias. En este caso, las consecuencias se remontan a tener que convivir y concertar citas con Ura para café y dejarlo que haga ¡tah dah! cuando yo realmente me estoy muriendo por hacer ¡tah dah! también. Supongo que hay otros motivos para o causas sobre las que escribir poesía, pero las perdimos Urayoán, yo y el resto de nuestra generación. Lo que nos queda es sorprender(nos). El poema entonces es nuestra forma de decir “¡Sorpresa! Te conozco, te quiero y te leo. Tu poesía me apesta o me apetece. No estoy seguro. Pero, espero que la mía tenga el mismo efecto en ti.”

Claro, visto de esta forma, nadie nunca moriría a causa de escribir poesía. Mejor así. Lo cierto es que yo siempre quise pertenecer a un grupo, por más pequeño o insignificante que fuera, y para nada quisiera perderlos. A ustedes. (Ura y su libro nuevo, included). Escribo esto y me sorprendo: ¿Se tratará realmente de un deseo de pertenencia? ¿Deseo yo hacer comunidad con mi poesía? ¿Será la concreción de la comunidad la sorpresa cifrada en el poema? En fin, no tengo de otra. 

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