25.8.12

Sí/No/Fortu/Yo

A mí me criaron para gobernador. Es decir, crecí con y desarrollé un sentido de entitlement de que yo podía, si quería o mejor, que yo me merecía, si así lo deseaba, tener el País a mi disposición. Esto por mi abuelo, o por mi padre, o por mi tío. De hecho, una de las últimas lecciones que me dio mi viejo fue precisamente que uno nunca debe renunciar a su cuna si la cuna es tan cómoda y tan amplia como para mantener al bebé contento toda su vida. Se me ocurre entonces que mi niño interior es un ser despreciable. Y que lo mejor que le podría pasar es que volcaran su cuna o que en medio de un aburrimiento extremo y con trabajo se aventurara a escalarla para luego caer de culo al suelo. A eso, en algunos círculos, le llaman madurez política. En mi casa le llamaban un blanquito venido a menos. Y por pendejo.

Yo no sé nada de la crianza de Fortuño, pero el tipo ciertamente se comporta como si su destino siempre fue tenernos a su disposición. Sé que es de Marista. Que se educó en el sur de los Estados Unidos. Que votó Sí en la Academia San José de Caparra. Que explica cualquier situación nacional o conflicto entre grupos en los mismos términos que la explicaría mi viejo: “En un país de ley y orden, tus derechos acaban donde empiezan los míos.”

Curiosamente, en casa, mi viejo me hablaba de derechos como juguetes: A mí me tocaba estar agradecido por los que tenía con conciencia de que no todos éramos tan afortunados. Y dar gracias por eso también. Aunque, lo mejor, debo decir, era que en mi casa los juguetes no tenían fin.

Yo soy de San Ignacio. Me eduqué en el sur de los Estados Unidos. Hice la primera comunión en la Iglesia San José de Caparra. Y voté No en la Escuela Julio Sellés Solá en Villa Nevarez.

Mucho se ha escrito ya sobre las posibles razones por las cuales la gente votó como votó y sobre cuáles podrán haber sido los más efectivos vehículos de movilización del electorado. Yo sólo sé que de chiquito se me presentó el País como un bien para mi adquisición permanente. Peor. Como un legado. Y genuinamente siento que mi niño interior aun tiene ganas de quedarse cómodo en la cuna mirando escenas selectas de la vida en su País. Y a saber cómo él hubiese votado.

Yo, por mi parte, aprendí a decir que No— a no jugar con los derechos de todos y todas— en la calle.

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