24.6.09

Sam I Am

En el 1998 todo Estados Unidos adoraba a Sammy Sosa porque era una máquina de jonrones y sonreía y se persignaba y tiraba besos y estaba contento contento de estar en América porque ya no tenía que jugar pelota descalzo con escoba y chapitas de refresco. Y se reían con y de él, pero siempre de buena fe. Y Sammy daba a Dios gracias siempre, a los fanáticos, al dueño del equipo, a los reporteros, al destino (you get the picture).

Y en ese entonces los comentaristas deportivos hablaban de una pequeña isla-nación orgullosa de sus hijos pródigos que enviaba de solares baldíos a diamantes impecables y celebraban los curiosos atributos de ese pueblo pobre, pero noble, casi disculpándose por tanta yola perdida y denegación de visa, porque después de todo ahí estaba Sammy en el estrellato dándole gracias al Presidente, al párroco, a su asociación de vecinos, a toda esa gente linda, “lifting himself up by his own bootstraps”, Con zapatos más caros que carros o casas en ese maravilloso país atolondrado. (“It’s just a wonder how he’s made it so far”).

Pero ahora todo Estados Unidos sabe que Sammy tenía corcho en el bate y que se puyaba y por eso sus jonrones no lo llevaron tan lejos na’, y la República dejó de ser esa isla bendita aunque deprimida. Ahora la ven como laboratorio de substancias prohibidas, como criadero de peloteros pillos que amenazan la integridad de un juego con tan larga y rica historia de segregación racial, que arribó al país perdido tanto en junio como en enero gracias a la mano franca de las fuerzas armadas, e hizo de niños tristes, estrellas a bajo costo siempre que no olvidaran sonreír y dar gracias frente a las cámaras para que fueran casi tan famosos como los peloteros blancos huraños que también se puyaron aunque nunca tiraron besos, ni se persignaron, ni le debieron nada a nadie, pero bueno...

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