1.3.09

The Election’s Hollywoodless Ending or Don’t Worry Morgan Freeman, We Still Love You (Sort of)

I. Living at the Movies

“It’s enough to make you crazy.”
-Richard Pryor

Dicta el sentido común en Hollywood que un actor negro muy bien puede ser un éxito en la taquilla—aunque, a decir verdad, la lista de candidatos viables es corta, cortísima—siempre y cuando esté rodeado de suficientes actores y actrices blanc@s, puesto que las películas con elencos total o mayormente negros no venden o no venden tanto. Las mismas, incluso, dejan de ser películas de policías o de carros o lo que sea para convertirse en películas de negros como policías, o de negros en carros o simplemente de negros.

Esto no es problema cuando dichas películas tienen como propósito documentar—énfasis en el corte “verídico” de las producciones—algún aspecto de la vida afro-americana. Cosa que tiene su género particular, su partida presupuestaria limitada, su público definido, sus cuatro o cinco actores y actrices de siempre que uno no ve en ninguna otra producción en roles que requieran más de 15 minutos en pantalla; o donde no estén haciendo a todo el mundo reír with their funny Black talk, or their funny Black body or their funny Black ways; o donde no se les requiera morir a causa de un balazo, monstruo, o ente desconocido y letal, que vaya usted a saber cómo, pero siempre alcanza atrapar al único negro de la película primero.

Dicha tendencia nos deja, generalmente, con filmes sobre personas blancas o más bien, sobre personas comunes y corrientes en el sentido de que la humanidad plena de los blancos se presume y el uso del calificativo racial resulta redundante. Pero bueno, el punto es que quedamos con películas sobre un grupo de personas cualesquiera, en cuyas vidas inciden negros random como compañeros de trabajo, panas, consejeros, etc.

Es el efecto Morgan Freeman. ¿Y quién no ama a Morgan Freeman? Pero el caso es que estos personajes— incluyendo el repertorio completo del afamado actor—en su mayoría son irremediablemente solitarios. Por lo general, nunca tienen familia (Lethal Weapon siendo una excepción particularmente agónica) ni habitan unos espacios propiamente suyos (alguien trate de explicar la presencia de Dave Chappelle en You’ve got Mail, por ejemplo) y parecen estar en total dependencia del personaje principal blanco. De hecho, su vida queda completamente circunscrita a las rutinas, deseos, preocupaciones y issues en general de los personajes centrales de una manera mucho más marcada que cualquier otro personaje secundario no-negro. Se podría argumentar que la dinámica racial estadounidense forma e informa estas representaciones, imponiéndole un carácter servil a los personajes.

Nada más hay que pensar en el Freeman de Unforgiven, de Seven o de Million Dollar Baby (so as to not be all that obvious) para apreciar como todas los actos, gestos, y/o parlamentos significativos no simplemente resaltan aquellos del personaje principal, sino que la naturaleza de las mismos es puramente reflexiva. No tienden a ser indicativos de una vida interior propia. Lo que nos muestran es cómo se ve el personaje blanco ante la mirada siempre atenta y al final, siempre favorable del personaje negro.

Por eso, por más que el querido Freeman haya interpretado tanto a un presidente (Deep Impact) como a Dios (Bruce Almighty), dichas imagenes, en vez de comunicar su poderío inherente, son más análogas a los icónicos sellos de la servidumbre afro-americana: Uncle Ben y Aunt Jemima. ¿Y quién no ama a Aunt Jemima? Pero tan afable señora no existe fuera de nuestros deseos de comer panqueques hasta la saciedad, y Morgan Freeman no tiene una vida en pantalla aparte de los deseos y necesidades de Clint Eastwood, o Brad Pitt o Jim Carey, etc.

Es aquí precisamente donde recae el atractivo y la popularidad de Freeman y whoever (insert the name your favorite white actor): en que representan en pantalla una relación basada en la desigualdad racial histórica, pero camuflada exitosamente como cariño, amor y aprecio entre blanco y negro. La “magia” de Morgan Freeman en Hollywood es que excusa no sólo el control que el personaje blanco tiene sobre el, sino al sistema racista estadounidense mediante su carácter afable, su dedicación y su buena voluntad. Y es aceptado por ese sistema. ¡Claro que es aceptado! Sin embargo, el precio de esta aceptación es la soledad endémica de sus personajes.

II. Morgan Freeman Ain’t Got Shit on Barack Obama

“Though we do not wholly believe it yet,
the interior life is a real life, and the intangible
dreams of people have a tangible effect on the World.”
-James Baldwin


Contrario a la opinión de algunos comentaristas, el triunfo de Barack Obama el martes pasado, en especial la histórica concentración en Grant Park en Chicago, distó mucho de un final tipo Hollywood. El desenlace típico de la narrativa hollywoodense en cuanto a raza es el reconocimiento superficial del derecho a existir del Otro seguido por la reconciliación sincera (¿?) con su opresor. Es decir, “probar” de una manera llana cómo es que todos somos humanos, y si tan sólo echáramos a un lado los prejuicios que TODOS tenemos, cesarían las tensiones (nunca desigualdades) raciales. Pienso en A Time to Kill y en Crash, sobre todo.

No. Definitivamente, Grant Park no fue Hollywood. La imagen de una “primera familia” afro-americana freakea. En ella convergen los estereotipos clásicos de padres negros ausentes, overbearing black mothers, niñ@s perdidos etc. con los valores tradicionales del país, que en el imaginario nacional son propiedad exclusiva de la familia blanca del presidente (the fairest of them all). El encuentro con esta imagen, por ende, puede incitar a un@s a la auto-reflexión crítica acerca de los constructos ideológicos de raza y nacionalidad. A l@s que no, confunde. Aterra. Y Hollywood hace tiempo no hace películas de miedo sobre el fin del racismo. Por tanto, ver como la nación decidió de manera abrumadora presenciar este choque por encontrarlo necesario para el futuro político y espiritual del país conmueve (quizás a unos más que otros, y por distintas razones, pero bueno…).

El caso es que la presencia del clan Obama en tarima marca la primera vez que una familia afro-americana aparece ante la nación no como ente patológico, desestabilizador, marginal y/o curioso, sino como un clan complejo, solidario y real. La primera vez que aparece ante nosotros no como objeto de observación y estudio para “arreglarla,” sino como un conjunto de sujetos amorosos, con una vida interna propia, que resulta ser ahora la nueva cara de la nación (tired clichés notwithstanding). Por eso fue significativa la promesa de Obama a sus hijas. La misma—en que se compromete a adoptar/comprar un perro— quebró momentáneamente con el tono formal del discurso y le otorgó profundidad a la imagen de ese “personaje” afro-americano en pantalla, que lejos de Hollywood, se presentaba como parte de y no como sumado a América.

Barack Obama, afortunadamente, tiene muy poco en común con Morgan Freeman. Su propuesta no es conciliadora en el sentido de que abandona su justa causa contra el racismo institucionalizado de EU con tal de establecer lazos afectivos y políticos entre razas, mas bien intenta validar públicamente la experiencia negra bajo dicho sistema de opresión como una inherentemente americana. Por tanto, Obama, contrario a Freeman, no incidirá en las vidas de los americanos blancos—de los americanos punto—randomly, carente de contexto, en busca de un reconocimiento facilón, condicional de su derecho a existir. Su elección demanda de los americanos blancos—de los americanos punto—una rearticulación de los términos bajo los cuales se reconocen a si mismos como parte de la nación en su debido contexto: dinámico, difuso, difícil.

Who’s got love for Morgan Freeman now?

No hay comentarios:

Publicar un comentario